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Domingo, 15 de Septiembre de 2019

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Un día con una cuidadora de ancianos

La SER ha pasado un día entero con una inmigrante boliviana que cuida una anciana

Antonia pasea a Matilde todos los días por el barrio, su amigas le saludan al pasar /

¿Cómo viven las cuidadoras internas? ¿Qué hora empieza su día y a qué hora termina? ¿Es duro o llevadero pasar 24 horas al día y, en algunos casos, siete días de la semana encerradas, pendiente de un anciano?. Su vida no es fácil y en muchos casos son engañadas por sus empleadores por no tener papeles, en otros, maltratados por los mismos ancianos que cuidan

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Antonia Patiño tiene 48 años y desde hace más de dos años trabaja como interna en Madrid. Dejó tres hijos y un marido en Bolivia, para buscar en España el dinero que pondrá fin a sus deudas y necesidades económicas. Aun no tiene papeles de residencia, le faltan unos meses para cumplir los tres años y así empezar los trámites de su arraigo.

Su día comienza temprano a las 5:00, cuando Matilde, la anciana de 92 años a la que atiende, la llama con una voz ronca e insistente. Baja desde su habitación a calmarla, después regresa a cambiarse porque sabe que Matilde volverá a llamarla y en efecto, ella insiste, quiere agua, siente calor, quiere cambiar de posición. Los quejidos no paran. Cuando la anciana por fin se queda dormida, Antonia aprovecha para hacer una pequeña caminata de 20 minutos por la zona para "despejarse y no estar encerrada".

Matilde despierta a las 11:00, Antonia ya tiene listo su vaso con leche y galletas. Con mucha paciencia, sorbo a sorbo y de las manos de Antonia, la anciana desayuna placidamente en su cama. Llega el momento del baño, Antonia la desviste, le saca el pañal y con mucho cuidado la traslada en brazos al baño. Pero este rito que se repite todos los días, tiene un plus de cariño que Matilde agradece con una amplia sonrisa. Antonia la coloca frente al televisor en un sillón acolchado al lado de la cama, mientras le dice lo guapa que está ese día y le besa la frente. Matilde, pese a su edad sólo tiene el cuerpo débil, todas sus facultades están perfectas, escucha, mira y habla, aunque sea poco. Refunfuña con el vestido de flores que lleva; su cuidadora le responde que antes del almuerzo irán donde su sobrina que vive muy cerca y entonces le pondrá ropa de calle. Ella se calma

El pequeño chalet de dos plantas se encuentra en el distrito de Hortaleza en Madrid y en él solo viven las dos ya que Matilde nunca tuvo hijos y es su sobrina quien se hace cargo de ella. En la sala se encuentra instalado el armario de ropa y la cama de Matilde y de las paredes cuelgan las fotografías de su boda, está vestida de negro. Por su vejez, hace mucho que ya no sube al primer piso de su casa que es donde Antonia tiene su habitación.

Mientras la anciana mira la televisión, Antonia cuece unas verduras y pone a la plancha dos trozos de pescado. Alza la cabeza cada cierto tiempo para vigilarla. "Cuando llegué estaba estreñida, la otra cuidante sólo le daba alimentos secos y calientes por lo que Matilde estaba perdiendo la voz", dice. No sólo es su cuidante, además es su nutricionista, masajista y compañera. Con las recomendaciones de los médicos, Antonia se ha hecho una experta a la hora de darle sus medicamentos, prepararle alimentos sanos y aliviarle con masajes y fisioterapia cuando Matilde tiene dolores de músculos

Antonia está pulcramente peinada y lleva un vestido de casa y unas zapatillas planas, es fuerte y de estatura mediana. Cada objeto de la cocina reluce por su limpieza y en la sala del comedor se apilan decenas de revistas del corazón y periódicos gratuitos. "Me gusta leer y enterarme de todo. A Matilde le gustan los cotilleos y se los leo cada día", dice orgullosa.

Pero detrás de esa mujer de rasgos latinos y cabello corto se esconde otra aguerrida mujer de política y cabeza de familia. Fue alcaldesa de Guaqui, un pueblo que se encuentra a orillas del lago Titicaca y a 60 kilómetros de La Paz. Su marido un policía retirado, ha tomado el lugar en las labores de la casa mientras ella busca el dinero en España. "Llegué a Madrid sin conocer nada ni a nadie y me han engañado mucho por no tener papeles", relata con resignación.

Después de apagar todas sus ollas va al armario y le deja escoger a Matilde la ropa que quiere ponerse. "Es una coqueta, cuando cobro el sueldo la llevo a la peluquería ya que su sobrina ni se preocupa" dice mientras la peina y la rocía con perfume. Colocarla en la silla de ruedas es toda una hazaña, pese al cuerpo delgado de la anciana quien colabora y se apoya en la silla. "Cuando se pone terca cuesta levantarla se pone pesada", añade

La visita a la casa de su sobrina dura unos minutos luego retorna con "su abuelita" a la casa, le da su comida y la acomoda en su cama para su siesta. Ese par de horas aprovecha para limpiar la casa. Cuando la tarde está por terminar, vuelve a cambiar a Matilde y la lleva a un centro cercano donde se reúnen todas las personas mayores o en otros casos a dar una vuelta por el barrio. Todos los días, a la misma hora y el mismo recorrido.

Su único día libre, los domingos, los dedica a capacitarse en la casa de los bolivianos donde ya ha tomado cursos de alzhéimer, geriatría y ahora quiere hacer uno sobre las leyes españolas ya que ella cursó hasta el segundo año de Derecho antes de casarse. También aprovecha ese día para mandar un poco de dinero a su casa y hablarles por teléfono a sus hijos. "Los dos mayores ya están en la universidad", dice orgullosa.

"Aprendí a bailar pasodoble con mi abuelito"

El primer trabajo de Antonia fue de cuidadora de un anciano de 83 años, cuya hija le pagaba 600 euros por cuidarlo los siete días de la semana. "Me decía que los inmigrantes ilegales no tenemos derecho a nada, menos a días libres", relata con la mirada perdida como quien busca entre sus recuerdos dolorosos.

La casa del anciano quedaba en el mismo barrio donde ahora trabaja y también lo llevaba a las reuniones de los mayores. "Nadie quería bailar con él , así que aprendí a bailar pasodoble mirando la televisión y cuando íbamos a sus reuniones yo bailaba con él", dice emocionada , pero cuando recuerda el día se su renuncia por lo mal que le trataba la hija se pone a llorar.

"Trabajamos como esclavos y les damos cariño a estas personas. Algunos españoles creen que pagando ya han cumplido pero sus ancianos necesitan cariño", dice que al aclarar que cuando cuida una anciana piensa en su madre que tiene 81 años y que ha dejado en Bolivia

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