Sábado, 25 de Junio de 2022

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El envejecimiento de la Democracia Española

Extracto del artículo que publica el 'New York Time' en sus páginas de opinión y que está firmado por el periodista Jonhatan Blitzer

Artículo publicado en 'The New York Times' sobre el envejecimiento de los candidatos españoles

Artículo publicado en 'The New York Times' sobre el envejecimiento de los candidatos españoles

Artículo en el New York Times sobre el envejecimiento, no de la todavía joven democracia española, sino de sus candidatos para las próximas elecciones. Por primera vez desde que existe esta democracia, el próximo ocupante del Palacio de la Moncloa estará más cerca de los 60 años que de los 50.

"Todos los hombres extraordinarios, escribió el novelista Uruguayo Juan Carlos Onetti, se apartan cuando cumplen los cuarenta. Después de eso, comienza el principio del fin. Esto puede ser aplicable en cualquier espectro, menos el político, donde cuanto más joven sea tu comienzo más posibilidades tienes de convertirte en prematuramente canoso.

En España ahora, la clase política está de nuevo, como advirtió Onetti, en la madurez que huele a senilidad.

El 20 de Noviembre, coincidiendo con el 36 aniversario de la muerte de Francisco Franco, los españoles elegirán entre el sesentón socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, y el conservador de 56 Mariano Rajoy. Según los parámetros de la reciente democracia española, que solo tiene 34 años, estos hombres son viejos y un signo claro de que sus partidos no han envejecido bien. Desde el fin de la dictadura franquista en 1975, todos los primeros ministros electos han sido jóvenes, cuarentones cuando asumieron el poder.

El reformista Adolfo Suarez, tenía 48 en aquel momento, y fue obligado a abandonar en 1981 por un desencanto irreprimible hacia su liderazgo, que una generación de izquierdas más joven consideraba manchado por las viejas mentalidades institucionales. El carismático Felipe González, que ganó con rotundidad las elecciones del siguiente año, con 40, dejó el Palacio de la Moncloa, sede oficial de la presidencia, tras el escándalo de 1996. Su sucesor, el conservador Jose María Aznar, tenía 43. Pero en el 2004, después de haber metido a España en la guerra de Iraq, Aznar había agriado las posibilidades de su partido; después del ataque terrorista antes de las elecciones, el líder socialista de 43 años José Luis Rodríguez Zapatero emergió como ganador. Ahora su impopularidad le ha llevado a un adelanto electoral.

La desaparición de Zapatero parece marcar el final de una línea. En lugar de un rostro fresco que le reemplace, es un superviviente de las luchas partidistas, quien se enfrenta a un electorado cada vez más cínico sobre las soluciones que proponen los políticos a una atolladero social y económico. Llámese, la crisis de la medida edad de la democracia.

La opción ahora, se lamenta un periodista de 'El País', es entre políticos que han sido durante mucho tiempo los números 2 de su partido. El señor Rubalcaba un tecnócrata y estratega y el señor Rajoy un perdedor por dos veces consecutivas (2004-2008). Ninguno ha tocado la música de los jóvenes de la renovación que sonó con González y Zapatero.

"La clase política española podía haberse renovado pero no lo ha hecho" dice el novelista español Javier Cercas, que escribió 'Anatomía de un momento' un recuento del intento de golpe de estado de 1981 y la caída de Adolfo Suarez.

La historia de los últimos años de Franco, y la transición a la democracia que siguieron, explican la tendencia generacional. Con una joven izquierda tomando forma a mitad de los 70 y la derecha desesperada por romper su vinculación con Franco, aparecen las caras frescas de los nuevos líderes para dirigir la regeneración. Desde entonces, los candidatos han hablado de nuevos comienzos, hasta ahora, cuando escasean las ideas frescas. El gobierno español es esclavo de Bruselas y la desgastada red de bienestar social hace que ambos partidos prometan ahora no cortar los servicios sociales muy profundamente, pero el público sabe que viene una época de mayor austeridad. Así pues no hay cambios de creencia y el público ha manifestado su indignación. Y este es el paso fatal: cuanto más tiempo lleve un político en activo, más difícil es alejar sus manos del partidismo" (...).

El artículo completo pueden leerlo en el New York Times

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