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Jueves, 19 de Septiembre de 2019

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Tres años de revolución, odio y violencia

En estos tres años, el movimiento islamista ha pasado de ocupar el Gobierno, controlar el Parlamento y haber redactado a su antojo una Constitución, a ser considerado un grupo terrorista

Miles de personas se reúnen en la plaza Tahrir en una manifestación convocada por los Hermanos musulmanes egipcios, en protesta al retraso del anuncio oficial de los resultados electorales. /

La revolución que acabó con los treinta años de dictadura de Hosni Mubarak duró 18 días. Pero Egipto parece estar sumido en una revolución permanente salpicada de violencia, división y odios viscerales. Para recordar al país el momento en el que se encuentra, una cadena de atentados en El Cairo dejó este viernes seis fallecidos, a los que se suman otros 14 en enfrenamientos posteriores tras las manifestaciones convocadas por todo el país por los Hermanos Musulmanes.

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Quedó grabado en la historia del siglo XXI que la revolución que acabó con los treinta años de dictadura de Hosni Mubarak duró 18 días. Pero Egipto parece más bien vivir una revolución permanente, un interminable periodo transitorio, salpicado de violencia, división y odios viscerales difícilmente reconciliables. Para recordar al país el momento en el que se encuentra, una cadena de atentados en El Cairo dejó este viernes seis fallecidos, a los que se suman otros 14 en enfrenamientos posteriores tras las manifestaciones convocadas por todo el país por los Hermanos Musulmanes.

El movimiento islamista ha pasado de ocupar el Gobierno, controlar el Parlamento y haber redactado a su antojo una Constitución, a ser considerado un grupo terrorista. Cualquier simpatizante de la cofradía puede ir a la cárcel simplemente por sintonizar con sus postulados. Sus máximos dirigentes, incluido el ex presidente Mohamed Morsi, se encuentran en prisión y sus bienes declarados oficialmente han sido confiscados.

Ocuparon las instituciones, aunque realmente apenas saborearon el poder. El peso del antiguo régimen nunca se fue y cuando se sintió amenazado dio el golpe final. Tuvo que esperar un año para encontrar el respaldo de una gran porción de la sociedad, hastiada principalmente ante la ausencia de prosperidad y preocupada -en segundo término- porque la Hermandad quisiera extender sus tentáculos a todas las extremidades del Estado.

La herida mortal se produjo en agosto del año pasado, cuando el Gobierno ordenó el desalojo de las acampadas islamistas provocando la muerte de más de un millar de personas en apenas una semana. El jefe del Ejército, Abdel Fatah Al Sisi, se aupó a la cúspide de la nación y comenzó una guerra abierta no sólo contra los Hermanos Musulmanes, sino contra todo elemento discordante.

Las emboscadas contra las fuerzas de seguridad se han repetido de forma constante, como el de este viernes contra la Dirección General de la Policía en El Cairo o como el del pasado diciembre en la ciudad de Mansura, que provocó 16 víctimas mortales. Un grupo yihadista, Ansar Beit Al Maqdis (Seguidores de la Casa de Jerusalén), inspirado en Al Qaeda ha reivindicado la mayoría de los ataques. Pero aunque este oscuro grupo islamista, instigado por la erradicación del islam político que representaba la Hermandad, haya cargado con la responsabilidad, ha sido la poderosa cofradía la señalada por el Ejecutivo.

"El sistema político es sumamente inclusivo menos con aquellos que no se quieren sumar a la corriente principal", declaraba hace unos días en una rueda de prensa el asesor de la Presidencia Mustafa el Hegazy. Las autoridades se erigen como los héroes de la revolución del 25 de enero de 2011 porque la salvaron de las garras de los Hermanos Musulmanes y la vinculan al 30 de junio del pasado año, cuando una multitud tomó las calles en contra de los islamistas.

Así, el Gobierno ha levantado una placa en la plaza Tahrir rememorando ambas fechas y homenajeando a los mártires que se han dejado la vida por el camino. La mayoría de ellos murieron a manos de las fuerzas de seguridad, aunque este sábado no sólo será recordado por el comienzo de las protestas contra Mubarak, sino por ser el día nacional de la Policía.

El Ministerio del Interior ha llamado al pueblo egipcio a conmemorar la efeméride con las fuerzas del orden, lo que en la práctica se interpreta como una nueva jornada de gloria para el general Al Sisi. Pero el nuevo régimen no ha sido el único en intentar reescribir la historia a su manera, sino que los Hermanos Musulmanes también apelaban a la "unidad" de los revolucionarios para acabar con los "golpistas".

Los activistas laicos no tardaron en apartarse de los islamistas, evidenciando que todos se consideran hijos de la revolución pero ninguno quiere oír hablar de su vecino. "Yo no veo un paso atrás, porque nunca vi uno adelante. El régimen de los Hermanos Musulmanes fue muy excluyente en contra de los liberales o de los defensores de los derechos humanos y el régimen actual es particularmente excluyente contra los islamistas, aunque ahora parecen querer eliminar cualquier voz de la oposición", subraya Heba Jalil, subdirectora del Centro Egipcio para los Derechos Sociales y Económicos.

Al amparo de una ley aprobada para restringir las manifestaciones, las autoridades han encarcelado a varios de los activistas más influyentes en las revueltas de hace tres años, como el fundador del movimiento juvenil 6 de abril, Ahmed Maher, o el bloguero Ala Abdel Fatah. Pero ni siquiera entre estos jóvenes de ideología progresista hay consenso.

Algunos como Ahmed Harara, quien se quedó ciego al recibir sendos disparos en los ojos durante las protestas contra Mubarak y después contra la Junta Militar, le otorga al Ejército el beneficio de la duda por haber acabado con los Hermanos Musulmanes. "Sabemos que mienten, pero tenemos que comer, así que de momento, dejémosles jugar", señala. Mientras otros, como el izquierdista Tarek Shalaby, se lamenta de "no haber encontrado una alternativa" para aquellos no alineados con los dos grandes poderes: Ejército y Hermanos Musulmanes.

Los militares vuelven ahora al primer plano, con los islamistas deslavazados y los jóvenes revolucionarios buscando de nuevo su ser. Tres grupos que hace tres años se encontraron en la plaza Tahrir y que ahora la rondarán, una vez más, repletos de odio y prejuicios contra el otro.

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