Jueves, 22 de Octubre de 2020

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Jerusalén también estrena rey

La ciudad triplemente santa también estrenaba hoy rey, el mismo Felipe VI que juraba su cargo en el Congreso de los Diputados

El rey Felipe VI, durante su primer discurso ante las Cortes Generales tras su proclamación.

El rey Felipe VI, durante su primer discurso ante las Cortes Generales tras su proclamación. / EFE/Paco Campos

Ni banderitas, ni calles cortadas, ni televisión en directo... Jerusalén amanecía este jueves como cualquier día, otra jornada de pelea sobre la piedra milenaria. Y, sin embargo, la ciudad triplemente santa también estrenaba hoy rey, el mismo Felipe VI que juraba su cargo en el Congreso de los Diputados. Entre la larga lista de títulos que el rey Juan Carlos le ha cedido a su hijo está el de monarca de un reino que no existe desde el siglo XIII pero cuyo legado ostenta España desde Fernando el Católico.

"Nuestro querido rey", decía el histórico líder palestino, Yaser Arafat, cuando se encontraba con el abdicado Juan Carlos, al que rogaba por sus "súbditos de Jerusalén". "El monarca de los santos lugares", recuerda insistente el aún presidente de Israel, Simón Peres, cuando habla con algún periodista español. Muchos guiños al cargo sirvieron para distender momentos difíciles durante las negociaciones de paz que palestinos e israelíes mantuvieron en Madrid de 1991.

El origen del título hay que buscarlo en la Primera Cruzada, lanzada por el Papa Urbano II en 1095. Cuatro años más tarde, Godofredo de Bouillon se hace con el control de los puntos clave de la Cristiandad en Jerusalén, como el Santo Sepulcro, fundando un reino cristiano que incluyó en los llamados Estados Cruzados. Se dio a sí mismo el cargo de "protector" de los santos lugares, porque llevar una corona de oro donde Cristo llevó la de espinas le parecía irrespetuoso. Fue su hermano Balduino I quien por primera vez ejerció como rey de Jerusalén poco después.

El cargo, sometido a no pocos problemas de descendencia, fue pasando de generación en generación, curiosamente por manos de hasta cuatro mujeres -Melisenda, Sibila, Isabel I, María de Montferrato-. Su palacio estaba en la Torre de David, en la ciudad vieja, uno de los símbolos más reconocibles de la capital y hoy imán diario para miles de turistas. En 1187 la ciudad cede bajo el poder de Saladino, en tiempos de la reina Sibila. La capital se traslada a San Juan de Acre, la ciudad de los templarios. Sólo durante 15 años, entre 1229 y 1244, Jerusalén sería recuperada durante la Quinta Cruzada, siempre ya bajo el control del Sacro Imperio Romano Germánico. Los reyes se apoyaban en este tiempo en sus regentes, satélites de su dominio. Ninguno vivía ya en Jerusalén.

Cansada de los problemas que llegaban de Oriente, ingobernables, y dicen las crónicas que apurada de dinero, María de Antioquia, nieta de la reina Isabel I, decide vender el título en 1277, con el visto bueno papal. El comprador fue Carlos de Anjou, rey de Nápoles, cargo al que la distinción ya estuvo unida por siempre. De fondo, las disputas de los reyes de Chipre, que siempre han reclamado sus vínculos por matrimonio con los herederos de esta corona difusa. Siete años después de la transacción caía también San Juan de Acre ante el poder sarraceno. Ya nunca más ha habido tierra para ese reino fabuloso.

En 1504 Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, conquistó Nápoles para España, para el católico rey Fernando. Así es como la corona española se hizo con el reinado sobre Jerusalén. En las llamadas "armas grandes", el escudo que representa todas las distinciones de los monarcas, comenzó a aparecer la Cruz de Jerusalén, oculta o reluciente según los herederos que fueron llegando, y sus intereses. Felipe II fue uno de los que lo lució con más claridad. Su padre, Carlos I, le dio el título de rey de Jerusalén y Nápoles al casarse con María Tudor, que ya era reina, para igualarles el rango. Luego, tras la abdicación de su padre, Felipe II recordó su deber con Jerusalén dejando huella de sus cruces en los medallones de piedra de El Escorial, y también en esa pareja de reyes, David y Salomón, en la entrada de la basílica.

Con la Guerra de Sucesión y la llegada de los Borbones se perdieron las posesiones italianas, así que España se quedó sin Nápoles y sin Jerusalén temporalmente, pero Felipe V recuperó la isla para su hijo Carlos y, al regresar este a Madrid como Carlos III, volvió a fundir los cargos en el mismo trono. Hasta los Borbones de hoy.

La ligazón de Jerusalén con la Casa Real española se evidencia, aún hoy, y más allá de la reverencia de los políticos locales, en la Terraza de os Reyes de España, en el hermosísimo barrio de Yemin Moshe, en el oeste de la ciudad. El mirador fue inaugurado en 2010 por la entonces ministra de Cultura, Ángeles González Sinde, y lo preside un mapa, un escudo y los nombres de don Juan Carlos y Doña Sofía. Los nuevos reyes, don Felipe y doña Letizia, estuvieron de visita oficial en la ciudad en mayo de 2011.

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