Últimas noticias Hemeroteca

De cargar muebles a ser el mejor panadero de la ciudad: la increíble historia de 'Moha'

Llegó a España sin haber tocado la harina y sus hogazas ya están en un restaurante con estrella Michelin

Mohamed Kabore, en la panadería Chokopan. /

Corteza crujiente, miga esponjosa, potente aroma a masa madre y, sobre todo, un sabor que recuerda a las hogazas de antes. Un pan que está buenísimo, que se vende a precios populares —la barra, a 95 céntimos— y que incluso se ha colado en el restaurante Lillas Pastia (1 estrella Michelin). Posiblemente, el mejor de la ciudad.

Así es el pan de Mohamed Kabore, Moha, un artesano de 30 años que lleva media vida en España, pero que se crió en Korhogo, una ciudad del norte Costa de Marfil, cercana a la frontera con Malí, de donde procede su familia. "Allí también se come pan, pero es diferente. Son barras parecidas a la baguette, pero más grandes", explica sonriente en una de las dos panaderías (Chokopan) que tiene en Huesca.

Su historia es todo un ejemplo de empeño y dedicación. "Llegué a España en 2005", cuenta en un perfecto castellano, con ligero acento oscense. "Mi padre ya estaba aquí y me vine para estudiar con un visado que conseguí en Mauritania".

Sin saber nada de español, Moha empezó segundo de ESO, pero en esa época le interesaba más el fútbol. De hecho, jugaba de delantero en el Peñas Oscenses —un equipo que actualmente compite en Primera Regional— y, según cuenta, marcaba muchos goles. "El entrenador me decía que podía llegar a ser muy bueno, pero me faltaba el apoyo familiar", recuerda pesaroso.

Barra francesa (Chokopan, Huesca). / C. G. CANO

Sus primeras botas, de hecho, se las tuvo que comprar él mismo trabajando con el dinero que ganó ayudando en una mudanza. Pero al final se cansó de luchar contra lo imposible y, después de volver temporalmente a Costa de Marfil, optó por alejarse del área y buscar trabajo en Huesca.

"Mi padre trabajaba en la Mildred [una fábricante de productos de marca blanca de Lidl] y su jefe me hizo un contrato con el conseguí el permiso de trabajo. Pero al cabo de unos meses la empresa empezó a ir mal", relata. "Un día entré en una panadería, hablé con el jefe y me dijo que había un panadero a punto de jubilarse, así que si me interesaba a aprender"...

¡Aprendió mucho! Primero, como ayudante de pastelería y, luego, aprovechando vacaciones y jubilaciones, todo lo demás: "Siempre llegaba un poco antes y así, poco a poco, fui aprendiendo a hacer pan. ¡Me gustaba mucho! El jefe siempre me traía libros para que siguiera aprendiendo trucos y procedimientos. Me decía que era muy buen trabajador y que en el futuro me veía con mi propia panadería".

Tanto aprendió que Moha también enseñó a su padre a hacer pan y cuando este decidió marcharse a París, empezó a trabajar en un obrador situado en uno de los barrios más adinerados de la capital francesa: "Todos los años me cogía 10 o 15 días y me iba para aprender cómo se hacía todo. Luego, poco a poco, me fui haciendo amigo de panaderos de Pau y Lorraine, vi cómo hacían el pan... y con todo lo que aprendí en Francia, más lo que sabía ya de aquí, di con mi propia fórmula".

Pero no bastaba con saber hacer buen pan. Invirtió sus ahorros en un local en el que, pasado un año, seguía sin ganar dinero. Y se cambió a otro en el que le pasaba lo mismo. Y luego un tercero... "Haciendo el mismo pan, el negocio no empezó a funcionar hasta el cuarto local", explica aliviado.

Finalmente dio con la tecla adecuada —más bien la ubicación— y ya ha fidelizado a muchos clientes. "Mucha gente me dice que tengo el mejor pan de Huesca, pero hasta que no veo gestos así [refieriéndose a la entrevista], no te das cuenta. Esto me da ganas de seguir creciendo y mejorando".

Su producto estrella, con un 40 % de la producción total, es la "barra francesa", de corteza crujiente y color tostado, pero miga esponjosa y sabor "un poco dulzón". ¿El secreto? Según Moha, es muy simple: "Usar buena harina de Villamayor, no echar más levadura de la cuenta y dejar que la masa fermente lentamente todo un día".

El resultado no deja a nadie indiferente. Ni a los vecinos de Huesca que cruzan media ciudad para comprar en Chokopan, ni a algunos de los futbolistas de la Sociedad Deportiva Huesca (clientes habituales), ni a los esquiadores que paran en una de sus tiendas para volver a Barcelona o Zaragoza con un par de barras, ni tampoco a Carmelo Bosque, chef del restaurante Lillas Pastia, quien define el pan de masa madre que hace Mohamed como "la esencia del oficio".

Cargando
Cadena SER

¿Quieres recibir notificaciones con las noticias más importantes?