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Lunes, 09 de Diciembre de 2019

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Cuando la memoria es capaz de transformar el presente

Marisa González, Carolina Meloni y Carola Saiegh cuentan su historia de extrañeza y adaptación entre la infancia en Argentina y el exilio en España en el libro 'Transterradas'

Una de las lecturas de la infancia de las autoras. /

Cuando la experiencia personal trasciende a la propia historia, la vivencia se convierte en universal. Ocurre en el libro Transterradas (Ed. Tren en movimiento), una suerte de recuerdos, retazos, olores y sabores que se entrelazan desde la infancia en una Argentina en plena dictadura hasta ahora. Echar la vista atrás. Ver qué queda en el presente de lo que fue. Los nombres podrían ser de muchos, pero quienes se lanzan a este proyecto con alma colectiva son Marisa González, Carolina Meloni y Carola Saiegh. “No somos adultas hablando con voz de niñas, sino que desde nuestra mirada actual intentamos traer al presente todo lo que en aquel momento no acertamos a decir o no fue”, explica Carola, quien aterrizó en España con ocho años. Cinco tenía Carolina y 15 Marisa.

Una de las hojas del pasaporte de Carola. / Hernando Gómez Gómez

Era el año 75, uno antes de la dictadura, cuando Marisa tenía 15 años y simpatizaba con la izquierda. Sus padres eran exiliados de la Guerra Civil española. La historia se repetía. Volvieron a Asturias. “El regreso fue traumático. Yo viví una doble transición: la Argentina de la dictadura a la democracia, luego los aires de golpe y otra vez en España. Franco murió en noviembre y yo llegué en agosto”, explica Marisa, quien aterrizó aquí con rabia, con profundo dolor por la gente que dejó allí y una terrible sensación de soledad. “Cuando regresé a Argentina 15 años después, sentí que tampoco era de allí, era como estar en un limbo. La sensación de no pertenecer a ningún lugar”, confiesa.

Los transterrados de hoy

Marisa explica que el libro no es una terapia, sino que nace con una clara voluntad política y con la reivindicación a los poderes públicos. “Que nuestra experiencia pueda servir a los que elaboran políticas para los refugiados de ahora, los transterrados de hoy. Los niños a las puertas de EEUU, los menores no acompañados que vienen de Marruecos y los refugiados en la frontera de Europa no necesitan solo apoyo material, necesitan también otro tipo de apoyo. Hay que visibilizar lo que les pasa. Los que gestionan políticas deberían estar más cerca de poder ayudar a esta gente”, explica Marisa.

Marisa González, Carolina Meloni y Carola Saiegh. / Hernando Gómez Gómez

“La escritura, el lenguaje y las palabras nos han servido como metáforas errantes, como hogares precarios, en los que relatar unas identidades marcadas por el destierro. Siempre con la idea de crear en otros transterrados, en otras experiencias parecidas a las nuestras, sintonías, resonancias, sonidos que, de alguna manera, permitan reconocerse en nuestros relatos”, asegura Carolina.

Nacer en cautiverio

Carolina nació en una cárcel de Tucumán. Fue su hogar durante un año y medio; junto a su madre que estaba detenida. Recuerda los viajes para visitarla una vez al mes. Hay relatos sobre el miedo y la inseguridad, otros que narran travesías eternas en tren y otros que nos cuentan cómo muchos niños y niñas de mi generación aprendimos a convivir con la orfandad y el vacío de nuestros padres”. Cuenta Carolina en el libro su llegada a Madrid y el exilio. Madre e hija salieron de Argentina en 1980. Por fin. “El choque con una cultura diferente, con una lengua que, aunque fuera la misma, dista mucho de ser igual y posee matices, palabras, giros y expresiones a veces incomprensibles, los olores, sabores, ritmos de una ciudad desconocida y a la que debes adaptarte por la fuerza. Poco a poco, la condición de extranjera, de fuera de lugar, comienza a apoderarse de ti de manera definitiva”, asegura.

¿Qué significa transterrados?

La palabra se la inventa el filósofo José Gaos, exiliado republicano español en México, que habla de transterrados. “Queríamos transformar la expulsión del país, la pérdida de todos los referentes en algo positivo. Que no fuera una expulsión, sino un cambio de tierras”, explica Marisa.

El libro retoma el trabajo de la memoria a través de objetos y de lugares. Vemos fotografías de pasaportes, cartas, imágenes antiguas, parques, cárceles y casas. Espacios que forman parte de las autoras. Un universo propio y compartido. “Escribir desde la propia experiencia, poner nuestro cuerpo y memoria al servicio de la palabra, hace necesariamente que una no salga indemne de esta experiencia”, confiesa Carolina.

La soledad de quedarse en tierra de nadie

Carola nació en el 68, pasó la infancia en Buenos Aires. Sus primeros años estuvieron ligados a la convulsa historia del país: luchas de movimientos políticos, persecuciones, la triple A y finalmente la dictadura en el 76. “Ese año fue cuando tuvimos que salir de la Argentina pues mi padre estaba en las listas de candidatos a ser ‘desaparecido’, pero previamente, del 74 al 76 sobre todo, mi vida en la Argentina se movió en la clandestinidad para que mi familia no corriera peligro debido a la militancia de mi padre”, explica.

La búsqueda de una raíz permanece que no se difumina con el paso del tiempo. “La soledad no es una soledad de sentirse solo en lo afectivo, pues el núcleo familiar hizo lazo de manera muy fuerte, sino soledad de no ser parte de una comunidad, de una historia común, de un relato común. Siempre he huido de todo sentimiento patriótico, me sobran tanto las enseñas de argentinidad como las de españolidad, pero sentirse parte de una herencia cultural es importante. Y yo me quedé en el medio buscando un lugar, ni de aquí ni de allí”, cuenta Carola.

Las tres autoras se sienten felices por este trabajo colectivo, esta experiencia conjunta, esta investigación sobre uno mismo, la mirada, el entorno y hasta el doble retorno. “Lo único que nos puede salvar de este mundo cada vez más individualizado es formar comunidad. Y hacerlo en la diferencia. Me siento más acompañada ahora, con ellas, que antes”, resume Marisa. Una compañía que arropa a lo largo de la lectura del libro. 

LA DICTADURA DE VIDELA

El 24 de marzo de 1976, un golpe militar encabezado por el general Jorge Videla derrocó a la presidenta argentina, María Estela Martínez de Perón e implantó una dictadura en el país que duró 7 años. Argentina ha sido un ejemplo de justicia al juzgar y condenar a los genocidas de la Junta Militar. El propio Jorge Videla murió en prisión a los 87 años. No hay un consenso sobre el número de víctimas, pero en la etapa de los Gobiernos del matrimonio Kirchner, se declaró oficial el número de 30.000 desaparecidos.

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