Sábado, 24 de Octubre de 2020

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Coronavirus Covid-19

Deseando contagiarse para descansar: las graves secuelas del COVID entre los sanitarios de Madrid

El sufrimiento de quienes han combatido el COVID-19 en primera línea se ha ido transformando y agravando

Miguel, en la residencia en la que trabaja.

Miguel, en la residencia en la que trabaja. / CADENA SER

Miguel trabaja como enfermero interino en una residencia pública del sur de Madrid. Prefiere no decir en cuál —tampoco revela su verdadero nombre—, pero sí detalla que se trata de un centro sociosanitario con algo más de 200 plazas.

Ya había trabajado en ese mismo centro, enlazando sustituciones y contratos temporales, así que a muchas de las personas a las que atiende las conoce desde hace años. Por eso, además de saber sus nombres, de cada uno de ellos también puede contar qué le gusta, cuándo está de mal humor o qué manías tiene. "He pasado más tiempo con ellos que con mis propios abuelos", explica.

Pero los últimos meses han sido una pesadilla. Solo en su centro, el COVID se ha llevado por delante a más de 60 residentes y casi todos los trabajadores se han infectado. "Aquí se han derramado muchas lágrimas. Empezamos con dos casos aislados, pero a los dos días ya eran 30 y, poco después, una planta entera con 80 personas", cuenta. "Al principio nos dijeron que no nos pusiéramos mascarilla por no asustar. Luego me puse a hacer EPI con bolsas de basura".

Al preguntarle por los momentos más duros se le ocurren varios: "Tener que llevar tú solo una planta con 80 personas y no tener tiempo material para controlar las constantes de todos porque había que desinfectar todo cada vez. O que se mueran cinco personas en tu turno y tener que llamar tú a sus familias porque los médicos están de baja, y tener que asimilar toda su rabia porque algunas son muy comprensivas pero otras se descargan contigo. O darte cuenta de que le estás hablando mal a un compañero que no tiene culpa de nada". 

Tomando de la mano de un paciente ingresado en el Hospital General de Praga. / DAVID W CERNY (REUTERS)

Miguel nunca ha estado de baja por ansiedad, pero confiesa que desde que empezó la pandemia le cuesta dormir y ha perdido peso: "No me la cogí porque no había nadie para sustituirme. No podía hacerle eso a mis compañeros. Pero teníamos tanto estrés que muchos deseábamos una PCR positiva para que nos mandaran a casa. Lo decíamos casi cada día".

Un psiquiátrico en plena pandemia

Patricia lleva 12 años trabajando en la Unidad de Trastornos de la Personalidad de un centro público del norte de Madrid especializado en psiquiatría. Pero el pasado 18 de mayo no pudo más y, aprovechando el día libre que había pedido para celebrar su cumpleaños, se acercó al centro de salud, empezó a contar cómo se sentía y rompió en llanto. Desde entonces está de baja, tomando antidepresivos y con muchos problemas para dormir más de tres horas.

"Las cosas que hemos visto se te quedan para siempre", explica por teléfono. "Un día, de repente, tuvimos que acoger a siete pacientes de otra planta a los que no conocíamos de nada. ¡Eso no lo puedes hacer con un paciente psiquiátrico! Uno de ellos era esquizofrénico y ya le habían trasladado tres veces. Después de 15 días con nosotras se acabó suicidando. Y yo fui una de las últimas que habló con él. Por un lado sabes que no es culpa tuya, pero la sensación de fracaso es total".

La situación era caótica. Su centro tuvo que acoger a pacientes psiquiátricos de La Paz y del Ramón y Cajal que, además, llegaron acompañados de equipo asistencial, por lo que, de un día para otro, Patricia y otras muchas enfermeras tuvieron que empezar a tratar con enfermos a los que no conocían de nada, en espacios ajenos y cambiando de turno constantemente.

Por si eso fuera poco, además, tuvieron que hacerlo vistiendo un EPI —con las limitaciones de comunicación que eso conlleva, especialmente ante patologías de esta índole— y restringiendo las actividades que se pueden llevar a cabo en una planta de este tipo: sin posibilidad de salidas para fumar, sin televisión en las habitaciones... "Algunos pacientes se enfadaban, te insultaban y empezaban a aporrear puertas", recuerda. "Después de haber visto esas cosas tan de cerca, estaba claro lo que nos iba a pasar".

Del miedo a las ideas de suicidio

Lo que Miguel y Patricia han sentido en los últimos meses no ha sido algo excepcional. Ángel Luis Rodríguez, responsable del gabinete psicológico de la Asociación de Médicos y Titulados Superiores de Madrid (Amyts), ha atendido a cientos de colegas desde el estallido de la pandemia y detalla que el sufrimiento de quienes han combatido el COVID-19 en primera línea se ha ido transformando y agravando con el paso del tiempo.

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, durante su comparecencia en rueda de prensa para detallar las nuevas medidas en la región ante el COVID-19. / M. FERNÁNDEZ (Europa Press)

"Al principio había mucho miedo a lo desconocido, a entrar en la UCI, a contagiar a los tuyos... Y eso se manifestaba con irritabilidad, insomnio o trastornos de la alimentación. Pero con el tiempo eso se ha convertido en depresión, deseos de dejar la profesión e incluso ideas de suicidio", explica. "Un 24,8% de los médicos que nos han llamado se ha planteado dejar la profesión y dedicarse a otra cosa".

Los sanitarios, según cuenta Rodríguez, se sienten traicionados por los políticos, pero también por la población en general: "Son ellos quienes tienen que dar las malas noticias, pagando las consecuencias de una mala gestión, y no se les hace caso. Sufren muchas agresiones verbales, sobre todo en los centros de salud, y en muchas ocasiones ya no disfrutan con su trabajo. Han perdido la empatía. Sienten frialdad emocional. Están tan agotados que ya ni siquiera pueden ayudar a la persona que tienen enfrente y todo les empieza a dar un poco igual".

El propio psicoterapeuta reconoce que la gran mayoría de los médicos con los que habla debería estar de baja. Pero lo evitan por dos razones: la responsabilidad ante sus pacientes y, sobre todo, la solidaridad con sus propios compañeros.

"En muchos centros de salud la plantilla está al 50% y los médicos, aunque tengan que visitar a 100 pacientes al día, piensan: 'Tendríamos que ser 10, pero somos 5. Y si yo falto, como no me suplen, serán cuatro'… Están yendo como zombies", explica. "Muchos ni siquiera saben si están haciendo lo correcto porque están al límite y pueden cometer errores".

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