Lunes, 18 de Octubre de 2021

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Peio Riaño: "No podemos imponer la herencia de los símbolos a quien venga detrás"

El periodista publica 'Decapitados', un ensayo donde analiza la relación de la sociedad, la cultura y las ciudades con las , estatuas y símbolos

Estatua de Cristóbal Colón, decapitado en Waterbury, Connecticut.

Estatua de Cristóbal Colón, decapitado en Waterbury, Connecticut. / GETTY IMAGES

A pocos días de que se celebre el 12 de octubre, festividad que sigue conmemorando la conquista de América por parte de Cristóbal Colón, eso es de la Corona Española, y con el debate caldeado tras las declaraciones de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, a la que se han sumado otros dirigentes de su partido, el PP, el debate sobre los símbolos, las ofensas y la revisión de la historia y el pasado está más vigente que nunca.

De ahí la propuesta de Peio H. Riaño en 'Decapitados', un ensayo que publica Ediciones B y que supone un recorrido por una serie de monumentos con el fin de cuestionar aquellos que representan valores como el racismo, el machismo y la exclusión. ¿Es lícito acabar con la propaganda de genocidas, dictadores, esclavistas, invasores y otros personajes tan deleznables en el espacio público?

Colón, Lenin o Sadam Husein han sufrido el auge y caída de su figura a través de lsa estatuas que han sido colocadas y expulsadas en la calle, en el espacio urbano que comparten sus defensores y también los antepasados de sus víctimas. El historiador del arte y periodista aborda un debate en auge que se pregun-ta cómo queremos que sea la ciudad del siglo XXI, tras la eclosión de movimientos como Black Lives Matter o las protestas contra símbolos racistas en Latinoamérica.

¿Cuál es el límite para revisar la historia?

La ofensa la determina la víctima clarísimamente, no la determina un ofendidito desde luego. Los símbolos que se instauran desde hace 200 años como es Cristóbal Colón tienen que ser revisados, porque cada generación, cada comunidad tiene el derecho de generar sus propios símbolos. Son una parte de nuestra identidad que se revisan y se transforman. Estamos legitimados a hacerlo, igual que los romanos hicieron lo mismo con esa figura que instauraron que era la damnatio memoriae para justificar cualquier expurgo de figuras que ya no tenían nada que ver con ellos.

Pones varios ejemplos de países que han hecho una revisión sin problema de sus estatuas y sus símbolos, ¿de qué depende que se haga bien esa lectura del pasado?

Tiene que ver con la cuestión de la soberanía nacional. Si un país se atreve a cuestionar sus símbolos es porque está seguro de quién es. Si un país mantiene símbolos de dos tres siglos intactos es porque no sabe muy bien quién es ni quién quiere ser. La revisión monumental de iconos y mitos es continua en Europa. La más llamativa y la más reciente es la de Lenin. En cuanto cae el muro, las cinco mil estatuas de Ucrania desaparecen. Los monumentos son apariciones con la aspiración de ser inmortales, pero tienen una caducidad muy breve. En el caso de un dictador, cuando muere desaparecen esas figuras. En el caso de símbolos que apelan al racismo o la esclavitud, en cuanto llega una sociedad progresista como la que frecuentamos y en la que queremos continuar, desaparecen de la calle porque ofenden a una parte importante de nuestra población. Lo importante es que reflexionemos cómo queremos diseñar nuestro trazado urbano, quién queremos que nos represente en esos símbolos.

Eso abre el debate de qué cosas deben estar en la calle y qué cosas en un museo y qué funciones deben tener de ahora en adelante los museos...

De lo que se trata es de la soberanía de la mirada. Los líderes de opinón no tienen que tener tanto miedo a la hora de abrir el debate de la revisión del pasado. No somos el pasado, el pasado forma parte de nosotros, pero el pasado no forma parte de nosotros. Como sociedad progresista que es la española, a pesar de las fuerzas que intentan hacernos retroceder, tenemos que revisar desde el presente qué ha pasado, porque no somos esas generaciones. Se trata de darle potestad a una mirada que se ha gestado en un momento completamente diferente al momento en que fueron erigidas esas estatuas. Ese debate puede llevar a una retirada de esos monumentos que vuelvan a un museo.

Algo que en España no pasa...

En España no tenemos esto, pero esta interesante iniciativa existe en Spandau, cerca de Berlín, donde hay una historiadora que construyó un museo con los monumentos y las estatuas que a lo largo de la historia de Berlín fueron relacionándose con las sociedades. Una vez dentro, el historiador contextualiza, reconduce esas estatuas. Un monumento no es historia, no son decisivos para la historia del arte, como tampoco lo son para el relato de la historia. No son historia, como mucho son el interés de alguien que mandó pagar para que hiciera algo que beneficiaba a sus planteamientos ideológicos.

¿Es posible cambiar el rumbo de la historia del arte? ¿salirse del canón? ¿están los museos españoles en posición de desarrollar esta función?

La historia del arte no debería ser una historia de perpetuación del canón, yo la entiendo como una mirada oblicua que te permite cuestionar cuáles son los iconos que nos plantan y nos imponen. De esa manera, vamos a demostrar cuál es la soberanía de la ciudadanía en la que creemos y quiénes somos realmente como ciudadanos. Sobre todo, a la hora de debatir qué símbolos nos representan y a la hora de decidir si esos símbolos pasan a estar en un museo. Es lo que va a pasar en Madrid con la escultura del legionario, si nadie lo impide, que se va a situar en la Plaza de Oriente. Ese debate previo a la estatua es lo que deberíamos tener con todos los monumentos.

Hay estatuas que al hilo de las protestas de movimientos dolidos con determinados símbolos, las pintan, las reactualizan, les dan un nuevo significado, ¿Qué hay que hacer que estos monumentos?

En Chile sucede ahora mismo este debate en plenas manifestaciones. Se ha retirado un monumento al general Baquedano, que en principio no tenía nada que ver con las protestas, más allá de que estaba situado en el lugar donde se celebraban las manifestaciones de cada viernes por la subida del precio de transporte, que derivaron en una reforma de la Constitución de Pinochet. Los manifestantes encuentran en ese monumento algo vinculado a lo que están atacando y se manifiestan contra él. Ese monumento se desplaza, se derriba, se le cortan las patas. La orden que se dio en su día, y espero no se haya cumplido era restaurarlo. Lo rico del monumento era precisamente todas las intervenciones, toda la respuesta que la ciudadanía ha tenido sobre ella. Así tendría que llegar a los museos, conservarla como tal y explicar cómo ha llegado a ese estado.

¿Y en España que hacemos con esto?

En España tenemos un Franco decapitado en unos almacenes de Barcelona que fue sacado en la primera era Colau, exhibido en una exposición temporal en las calles y fue de nuevo mancillado. El ayuntamiento decidió retirarla y volverla a ocultar con toda esa intervención, toda esa expresión de rabia de los ciudadanos es con lo que se tiene que quedar para la posteridad, porque ilustra un momento concreto, no la historia de España.

¿Y dónde entra la protección del patrimonio en esto?

Dentro del debate de la revisión de símbolos, la protección del patrimonio es una derivada a tener en cuenta. Ninguna obra merece ser destruida, para nada.

¿Incluso la de Víctor Ochoa?

Incluso la de Víctor Ochoa para la Comunidad de Madrid durante el COVID. Toda obra es un ejemplo de algo, en este caso, es un ejemplo de la malversación del presente y del hecho artístico, cómo se adapta a esos mendigos que se ofrecen al poder a cambio de un precio. En esa derivada de la protección patrimonial esas estatuas deben quedar guardadas en algún sitio, quizá en un museo de los símbolos destruidos, de los símbolos inutilizados, de los símbolos contra los que nos hemos levantado. Eso también es parte del relato de quiénes somos, pero no de lo que ocurrió. Un monumento no es la verdad, es la mentira. A los defensores del patrimonio hay que escucharles, pero también hay que escuchar a los que les está ofendiendo la presencia de Colón en una plaza.

Hay un ejemplo que escribes en Decapitados que es la retirada de la estatua de Sadam Hussein en Irak, ¿qué nos enseña ese acontecimiento?

La retirada de la estatua de Sadam es la más simbólica en cuanto a la contrapropaganda del ejército americano. Una acción programada y controlada para los intereses propagandísticos americanos, que habían avisado a las televisiones. La plaza estaba vacía, algo que se veía cuando se abría el plano de las cámaras. Fue la reconstrucción de algo falso que fue el final de Sadam Hussein. De nuevo vemos para lo que sirven los monumentos, para perpetuar una idea propagandística, se cae uno y se levanta otro, sin consultar con la sociedad. No podemos imponer la herencia de los símbolos a quien venga detrás. Mis símbolos no son los de mis hijos, ni serán los de mis nietos. Tenemos que asumir que la sociedad progresa.

¿Hay en España una reacción al cambio, incluso en la izquierda? Lo digo porque por un lado sí hay una revisión de los símbolos, como la Conquista, pero por otro lado una reacción a eso, ¿por qué en España cuesta más?

Hablas de tocar un símbolo que supone casi tocar a una madre. Es una figura patriarcal, como casi todos los monumentos, porque no hay monumentos a mujeres. Por tanto, tocar un monumento es tocar la identidad nacional, la más retrógrada y reaccionaria. Quien cuestiona un símbolo nacional es el progresista, el que quiere avanzar, el que quiere que los símbolos que representan su idea de nación tengan que ver con el presente y el futuro, pero no con el pasado. El pasado es un lastre y una ofensa para quienes ven en esas figuras un elemento agresivo contra su propia identidad. Por ejemplo, el Arco de La Victoria de Colón o El Valle de los Caídos. Parece increíble que todavía esté en pie el Arco de la Moncloa. Ese monumento tiene que ser derribado.

¿Y El Valle de los Caídos?

El Valle de los Caídos es muy difícil de resignificar. No creo que se pueda convertir en el museo de la Guerra Civil, se puede intentar, eso sí.

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