El alimento de la dignidad

La Cocina Solidaria de la Yedra no es un comedor social al uso; allí trabajan con las personas fomentando su autonomía y apuestan por su inserción

Participantes y voluntarios de la Cocina Solidaria Esperanza de la Yedra /

Por una vez, en #Abocallena pasaremos por alto la calidad, el sabor, el punto de cocción y la textura del producto. No nos detendremos en valorar la originalidad y complejidad del plato, el menú degustación, la oferta fuera de carta, la selección de los vinos ni en cómo está vestida la mesa. Tampoco repararemos en la decoración y lo acogedor del local, en la atención del personal ni en la limpieza de los aseos. Esta vez no toca una crítica gastronómica al uso.

Pasan minutos de las nueve y media de la mañana de un bochornoso martes de los albores del otoño. La espesa niebla de las primeras horas del día no se ha acabado de despejar y desde uno de los parques situados entre los modestos bloques de viviendas de la calle Tío Juane, en Estancia Barrera, apenas se divisa la estampa habitual de la zona sur de la ciudad, con sus barriadas más populosas y de fondo el polígono industrial de El Portal, la antigua carretera de El Puerto y la Sierra de San Cristóbal. Voy algo tarde porque no ha sido fácil encontrar aparcamiento en una de las bolsas próximas. En esta zona hay demasiada gente que no tiene que madrugar para ir a trabajar. La cita es en una cocina donde, más que el cuerpo, se alimenta la dignidad. La Cocina Solidaria Esperanza de la Yedra atiende desde hace cinco años las necesidades de las familias que participan, pero se aleja del modelo asistencialista de los comedores sociales y apuesta por la promoción de la persona, basada en que a ésta no sólo hay que ayudarla a satisfacer sus necesidades de alimentación, sino dignificarlas.

María José Orellana, responsable de Comunicación de Cáritas, sale a mi encuentro porque de otra forma no sería sencillo dar con el local en cuestión, que carece de rótulo identificativo. Tras cruzar un breve pasillo en el que se alinean perfectamente ordenados varios carritos de la compra, entramos en una cocina de considerables dimensiones en la que predomina el color blanco de la escayola, los azulejos y apliques en contraste con el gris metalizado de los peroles, las mesas auxiliares y los electrodomésticos industriales, además de dos grandes fotos enmarcadas del Señor de la Sentencia y la Virgen de la Esperanza, de la Hermandad de la Yedra. En esos momentos hay en el aire un fuerte olor a vinagre. Es Paqui, de una de las familias participantes, que está utilizando el vino fermentado y acetizado para que se desprendan del fondo de una gran olla los restos que se han agarrado de un guiso anterior.

“Las zanahorias grandes no, chiquititas”, aconseja una de las voluntarias a otro de los participantes, que ajeno a todo está cortando a trocitos la verdura para el guiso de lentejas que están preparando hoy de plato principal. Menú que completan unas croquetas y unas berenjenas rehogadas. El hombre se llama Salvador, un peón de albañil prejubilado al que los 430 euros de paga no le llegan para él y para su hija, que estudia cuarto curso de la ESO. Le encantaría poder demostrar sus habilidades como pinche, y no va por mal camino.

Puerros, berenjenas, zanahorias, aceites y todo lo necesario para los guisos llega cada quince días desde los huertos de Madre Coraje y a diario desde el Merca o el Banco de Alimentos.

En este proyecto participan durante cinco meses un total de 12 familias de las que dependen unas 40 personas. Este grupo se incorporó el 10 de septiembre después de pasar el filtro de las Cáritas parroquiales. La Cocina Solidaria Esperanza de la Yedra se propone dignificar a la persona fomentando su autonomía y haciéndole partícipe del proceso de elaboración y manipulación de los alimentos. No es un comedor social, sino que se trabaja con personas apostando por su inserción.

"ESTA COCINA ES UNA BENDICIÓN, PERO UNA BENDICIÓN DE DIOS"

Paqui, una de las participantes en la cocina solidaria

La cocina la componen dos equipos de seis miembros cada uno. Cada día, de lunes a viernes, los participantes elaboran los menús que luego comparten en casa con sus respectivas familias, dignificando así la alimentación. El último día “laborable”, el viernes, procuran hacer menús contundentes con carnes guisadas para aprovechar los restos y las salsas para hacer un arroz o pasta el fin de semana.

Aunque están muy aplicados en sus labores, reina un buen ambiente en el local. Hay quien hace del mal humor su profesión, pero no es este el caso. Aquí sonríen, se gastan bromas y le hacen un guiño a la vida, que falta les hace después de tantas penurias pasadas. “Esta cocina es una bendición, pero una bendición de Dios”. La que habla alto y claro es Paqui, pero no la del vinagre y el perol. Ella llegó desde Cáritas de la parroquia de la Inmaculada. Está casada y tiene tres hijas. La mayor se independizó, pero las otras dos, de 29 y 27 años viven aún con ellos. Su marido tiene una enfermedad pulmonar crónica por la que percibe una ayuda de 370 euros al mes. Hasta hace tres años, él sacaba algo de dinero gracias a trabajos puntuales, pero la enfermedad ha aumentado su dependencia, lo que obligó también a Paqui a dejar su trabajo como empleada de hogar. En menos de un mes, el alimento del alma, el que sirve de estímulo para una autoestima durante años sepultada, está dando a su familia motivos para la esperanza.

Aquí, la dignificación a través del trabajo comienza antes incluso de tomar contacto con los pucheros. Es mediante sesiones formativas relacionadas con la alimentación, el valor nutricional, la salud, las medidas higiénicas, el tratamiento adecuado de los alimentos, la prevención y seguridad en el trabajo, entre otros.

El proyecto se sostiene también gracias al voluntariado. Con catorce cuenta esta Cocina Solidaria, que se reparten en turnos diarios de dos personas. A finales de septiembre ha abierto sus puertas en Sanlúcar la Cocina Solidaria Nuestra Señora del Carmen de Bonanza, replicando así el modelo de la de las Puertas del Sol y dándole así la razón a los que apuestan por una labor asistencial basada en la recuperación de la dignidad de las personas. Ya pueden empezar a presumir de ello a boca llena.

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