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El Ojo Izquierdo

El Supremo y los gestos simbólicos

No se merecen aquellos catalanes que han luchado con convicción y firmeza por un sueño, el de la independencia de Cataluña, sea cual sea nuestra opinión sobre ello, estos dirigentes vergonzantes

En este largo y pedregoso camino hacia la nada que ha emprendido el independentismo irredento del huido Puigdemont, anoche se produjo la aparición estelar del juez Pablo Llarena, del Tribunal Supremo, pocas bromas, que desoyendo a la Fiscalía del implacable Maza, dictó medidas serias, muy serias, contra Carme Forcadell y el resto de integrantes de la Mesa del Parlament, pero lejos de la virulencia de la jueza Lamela. Antes, a lo largo del día, nos habíamos enterado de que aquella declaración de la República catalana, que tantas y tan desagradables consecuencias ha tenido, tiene y tendrá, no era más que una inocente broma, un gesto simbólico, que como tal carece de efectividad, por lo que los acusados acatan con todas sus consecuencias la aplicación del artículo 155. Dos consideraciones, dos, además de la obvia guerra de tribunales. La primera, recordar aquella máxima de los malos periodistas que decían que la realidad nunca te estropee un buen reportaje. ¿Mantenemos que manda el Gobierno en los jueces, sí o no? Y dos: no se merecen aquellos catalanes que han luchado con convicción y firmeza por un sueño, el de la independencia de Cataluña, sea cual sea nuestra opinión sobre ello, estos dirigentes vergonzantes, uno tras otro carentes de cualquier sentido no ya épico o heroico, sino ni tan siquiera decente. ¿Gesto simbólico? Al foso de la indignidad con ellos

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