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Augustus Le Plongeon y su obsesión por los Mayas

El XIX es el siglo de las grandes misiones arqueológicas y el de las grandes rapiñas. El precedente hay que buscarlo en la figura de Lord Elgin, embajador inglés en Constantinopla que consiguió de las autoridades turcas llevarse hasta Inglaterra 253 piezas entre frisos, metopas y partes de los frontones del Partenón (Lo hizo en 1801 y ahí siguen, en el Britis Museum, desde 1816). Era otras épocas.

Lo cierto es que el siglo XIX fue pródigo en el ansia de encontrar tesoros arqueológicos y ciudades perdidas en los desiertos o las junglas del lejano Oriente o en territorios de Mesoamérica. Y, entre todas, había una civilización que dejaba volar la imaginación a más de un explorador: los mayas.

Hacía allí fue el protagonista de nuestro cronovisor, el británico Augusto Le Plongeon, acompañado de su mujer Alice Dixon, para fotografiar, desbrozar, excavar y a ser posible encontrar restos de esta antigua civilización que había dejado tras de sí grandes conocimientos astronómicos, increíbles calendarios e impresionantes pirámides. Se fueron al Yucatán, en concreto a Uxmal y Chichén Itzá, y allí permanecieron doce largos años.

Pretendió leer y descifrar los glifos de la escritura maya y se puso a excavar bajo una pequeña pirámide truncada que llamaban “Plataforma de las Águilas y los Jaguares”, dentro del recinto arqueológico de Chichen Itzá y, efectivamente, sus esfuerzos fueron recompensados al poco tiempo al encontrar una gigantesca estatua de casi 400 kilos que representaba a un supuesto guerrero que denominó Chac Mool (que en maya significaría “gran jaguar rojo”). No sabían si pertenecía a la cultura tolteca, azteca o a la maya. Luego aparecieron más figuras similares y todas ellas relacionados con lugares de sacrificios humanos. Quiso llevarse su Chac Mool a Estados Unidos, pero el gobierno mexicano se lo impidió.

Lo bueno de Augustus Le Plongeon es que se convirtió en un destacado mayólogo gracias a sus investigaciones arqueológicas y estereogramas, esas fotografías de alta calidad que realizó en diversos lugares del Yucatán y que han permitido ver esos monumentos y construcciones tal como estaban en 1875, e incluso hizo un loable intento de traducir el Códice Troano. Lo malo fue que con el tiempo se convirtió en un detestado mayanista pues se obsesionó con los mayas y creyó a pies juntillas en los mitos de la Atlántida, creyó que ese continente se hundió hará unos 12.500 años y que sus herederos, los mayas, fundaron ni más ni menos que la civilización egipcia. Hasta creyó ver en ellos los fundamentos y principios de la masonería, pues él era un masón activo. Su gran problema fue la cronología y sus colegas que se le echaron encima.

No fue el único que quedó subyugado por la Atlántida. Coetáneos suyos como el sacerdote francés Brasseur de Bourbour o el político estadounidense Ignatius Donnelly o incluso el astrónomo escocés Piazzi Smyth (con el uso y abuso de la piramidología) pasaron de la ortodoxia a la heterodoxia con gran facilidad y algunos estaban totalmente convencidos de las ideas teosóficas de Blavatsky o de que hubo colonias atlantes diseminadas por todo el planeta que practicaban un culto al Sol, a las viejas divinidades de aquel remoto continente sumergido (que otros llamaban Lemuria), y que algunos de esos herederos pensaban que eran los incas, los egipcios y, como no, los mayas.

Brindaremos por tanto un recuerdo a estos personajes, en particular a Le Plongeon, que con sus sombras y sus luces hicieron que el mundo de la arqueología avanzara un poco más, aunque hoy casi sea un completo desconocido para muchos historiadores.

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