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A desnudarse

Lo cierto es que la crisis de Cataluña se ha convertido en una especie de tribunal de autentificación y está obligando a todos los partidos a desnudarse -disfraces fuera- y enfrentarse consigo mismos.

El realismo político es como el cactus, de crecimiento lento, y como el cactus, ese realismo desparrama una nube de pelusilla urticante que provoca muchos escozores. Ahora, provocando muchos escozores, estamos asistiendo al striptease de algunos dirigentes independentistas, que en nombre del realismo, desnudan su sinceridad y reconocen que calcularon mal, que subestimaron la capacidad de reacción del Estado. Ceguera inaudita en quienes alardeaban de tenerlo todo planeado astuta y meticulosamente. Por eso su striptease produce una cierta vergüenza ajena, como un Full Monty sin gracia.

Esta semana empezaremos a comprobar si esa corriente de realismo de personalidades soberanistas tiene fuerza suficiente para serenar las cosas, o si por el contrario, los vientos procedentes de Flandes y la sentencia del caso Palau refuerzan la tormenta. De hecho, la principal incógnita política ahora mismo es saber si el llamado bloque independentista va a seguir actuando como un bloque, o si presenta fisuras, o si se resquebraja. Lo cierto es que la crisis de Cataluña se ha convertido en una especie de tribunal de autentificación y está obligando a todos los partidos a desnudarse -disfraces fuera- y enfrentarse consigo mismos. Esta mañana le toca el PP, que en la reunión extraordinaria de su Junta Directiva Nacional tiene que vérselas con su avestrucismo. Avestrucismo que simboliza como nadie la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, la escondida.

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