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Tumbas perdidas en el Siglo de Oro

Tan viejo como el hombre, es su preocupación por encontrar un lugar donde sus restos puedan descansar en paz, sin que su cuerpo ni sus pertenencias sean profanados

Existen innumerables ejemplos de esto, como emperadores chinos que se fabrican un ejército que les acompañe al más allá, o faraones que levantan monumentales y laberínticas tumbas en el Valle de los Reyes o la del viejo señor de Sipán en Perú, enterrado con parte de su séquito. Siempre habrá retos nuevos para un historiador como es encontrar las tumbas ilustres de Alejandro Magno, de Gengis Khan, Atila, Almanzor o los reyes godos, por poner varios ejemplos.

Otras veces el destino juega una mala pasada a sus restos y se pierden en algún ignoto de la geografía donde las únicas pistas que tenemos son leyendas o crónicas incompletas.

En España, durante el Siglo de Oro, fueron muchos los escritores y artistas insignes cuyos restos se fueron perdiendo. Madrid engulle a sus cadáveres famosos y los hace desaparecer irremisiblemente. Parece su sino. Los restos mortuorios de personajes de la talla de Cervantes, Lope de Vega y Calderón de la Barca (tres figuras señeras de la literatura del Siglo de Oro) o los de Diego Velázquez (uno de los mayores pintores que ha tenido el mundo) no se sabe con exactitud dónde están. A todos ellos el destino les ha deparado una suerte parecida: sus cuerpos fueron enterrados solemnemente y, por distintas causas, sus fieles admiradores nunca podrán visitar las tumbas donde se albergan sus cuerpos, sus despojos o sus cenizas. Bueno, la de Quevedo y Cervantes, ahora sí.

En 2007 un grupo de investigadores de la Escuela de Medicina Legal de la Universidad Complutense de Madrid consiguieron demostrar la autenticidad de los restos de Francisco de Quevedo y Villegas hallados en una cripta de la iglesia de San Andrés Apóstol, en la localidad de Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), donde el escritor vivió sus últimos días. José Antonio Sánchez, director de la investigación, reveló que la cojera atribuida al escritor a través de informes técnicos y la literatura, fue determinante para atribuirle las diez piezas halladas en la cripta. Y en 2015 se estableció el lugar exacto donde reposaban los restos de Cervantes, dentro del convento de las Trinitarias Descalzas de Madrid.

Pero los restos de Velázquez, Tirso de Molina, Lope de Vega y los de Calderón de la Barca sufrieron tantas peripecias y penalidades que las que tuvo que pasar Segismundo, el protagonista de “La vida es sueño”. Es como si se hubiera puesto en marcha una extraña conspiración por la cual nos han querido dejar huérfanos de catafalcos, panteones, mausoleos o tumbas de las personas que han ejercido una importante labor cultural por la cual España es conocida en el mundo entero.

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