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Salvaje Oeste

Que el Tribunal Supremo haya hecho el ridículo es muy triste. Que su lamentable actuación haya coincidido con una sentencia de Estrasburgo que duda de la imparcialidad de nuestros tribunales, acentúa la sensación de fracaso colectivo. Que la ciudadanía española tenga hoy más dudas que los magistrados europeos, debería haber provocado algo más que las simples excusas del presidente del Supremo, que ha culpado de todo a la redacción de la ley. Pero nada me parece tan escandaloso como ciertas reacciones producidas por el anuncio de que Sánchez se dispone a complacerle, cambiando la ley para que quede claro que los impuestos los tienen que pagar los bancos. Que no nos hagamos ilusiones, han dicho los enterados, los que siempre afirman saber más que los demás, porque los bancos ya se las apañarán para repercutir el coste en las hipotecas. Después se sonríen, jiji, jaja, mirándonos a todos, pobres ingenuos, desde la atalaya de su soberbia. Y yo me pregunto, pero ¿esto qué es, el Salvaje Oeste? ¿Por qué se supone que tenemos que aceptar sin rechistar que los bancos se salgan siempre con la suya? ¿No se llama organismo regulador al Banco de España? ¿Y qué regula? Si en una democracia todos los ciudadanos son iguales ante la ley, ¿qué clase de democracia es esta, en la que se da por sentado que unos pocos se la van a saltar antes de que se publique? Habrá que observar con mucha atención la evolución de este conflicto. Porque lo que está en juego no es el dinero que vaya a pagar o no el cliente, sino la calidad de nuestro Estado democrático.

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