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Gastro

Tirar comida

En mi última depresión, hace dos días, perdí la ironía. Y por poco (quizás) pierdo la vida. Me salvó un vino de siete euros (el más caro que encontré en el súper), porque comer de contenedor deprime por muy indi que parezca (que ya no se sabe si viene de independiente o de indigente). Me dicen mis amigos que ellos no son pobres, que ellos tienen el Barça-Betis o su Atleti y que la cosecha ya saldrá pa'lante. Y me contacta un compi que trabaja para el Gobierno para preguntarme cómo lo veo yo, porque para él las calles de Madrid siguen hirviendo, con los restaurantes llenos y las barras sin parar, caña viene, caña va. Y veo que el informativo de Tele5 sigue hablando de los bancos de alimentos para "los más desfavorecidos" sin asumir que el favor del dinero no va con el éxito profesional, ni con la formación, quizás porque están tan alejados como Rajoy en su Moncloa.

Me leo Despilfarro, del inglés Tristam Stuart, y me siento culpable de lo que algún día tiré. Y veo Pesadilla en la cocina y me muero del asco porque en esas cocinas no se tira nada. Ni tampoco en la de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, que son de la escuela que reconvierte la putrefacción en dulce. Una vez, desde el fanzine enCrudo, propusimos hacer una comida de vertedero, pero qué poco mola frente a las virguerías que nos hacen soñar. Lo fresco, lo nuevo, sin caducar. Una imagen que vale más que cien ideas, por muy contundentes que sean, como lo que prima es el aspecto por encima del sabor (cosa que me jode). Tirar comida es como tirar la vida. Lo hacemos todos, poco a poco. Y así la seguimos, sin ironía.

    * Foto: Getty.