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Cuando el bosque se convierte en el colegio

Las escuelas al aire libre son una alternativa para las familias que destacan sus beneficios

Un grupo de niños de la escuela al aire libre 'El Saltamontes' /

"Los niños están acostumbrados a tenerlo todo antes de desearlo y sin esfuerzo [...]. Necesitan más que nunca acostumbrarse pacientemente mirando cómo se arrastra un caracol, observando cómo una flor crece, cómo una gota de lluvia resbala por el cuerpo de un ciempiés peludo". Es un párrafo del bestseller 'Educar en el asombro' de Catherine L’Ecuyer. En un mundo que pone etiquetas a todo, también ha surgido la que se refiere a las consecuencias de vivir en un entorno exclusivamente urbanita. Se llama 'síndrome de déficit de naturaleza' y lo acuñó Richard Louv en su libro 'El último niño en los bosques'.

No le faltaron bosques y montañas a Katia Hueso en la sierra de Madrid cuando era pequeña. Quizá por eso al crecer y ser madre se instaló en el que había sido su hogar y se sorprendía de que las guarderías y colegios que visitaba vivieran dando la espalda a la naturaleza que les rodea. "Se les daba una gran cantidad de directrices. También había hitos que alcanzar a la vez por todos, por ejemplo, que a tal edad me garantizaban que mis hijos se lavaría los dientes solos".

Katia es bióloga "de bota", como le gusta decir. Ha recorrido medio mundo, desde la sabana africana hasta la tundra lapona. Ser madre le reforzó el deseo de estar cerca de la naturaleza. Hace seis años creó en Madrid la escuela al aire libre El Saltamontes, enfocada a niños de 3 a 6 años y acaba de publicar 'Somos naturaleza', un libro que acompaña y reconforta como la charla con un buen amigo. "Antes las familias venían a la escuela porque sabían lo que no querían, ahora buscan proyectos con pedagogía activa", explica Katia en una época en la que la enseñanza tradicional comienza a estar cuestionada y los docentes buscan aplicar otros métodos. 

Alumnos de una escuela al aire libre. / Cedida

Soledad y Juan eligieron una escuela al aire libre después de visitar otras que no les convencían. "Van equipados así que si llueve o hace frío lo llevan bien. Se acostumbran desde pequeñitos a ser autónomos. Por ejemplo, para ir al baño tienen una zona acotada aparte de la de juegos. Los profes llevan una bolsa con papel, otra para echar los usados y una pala para tapar lo que hagan. Al acabar señalan con unas piedrecitas para que no desentierren lo que no deben", cuenta Juan. 

A Teresa no le convenció el hecho de que su hijo pasara todo el día a la intemperie. "Lo veo como un proyecto adecuado si son excursiones para hacer de vez en cuando, pero no me imagino a mi hijo yendo a diario". Esta madre optó por una guardería tradicional. "Mi hijo va feliz, está bien que haya otras opciones, pero no son para mí". Ya sea de forma esporádica o habitual, la naturaleza ofrece algunos beneficios que Katia Hueso esboza en su libro.

1. Sensación de serenidad

Todos hemos dicho a veces, voy a salir a que me de el aire. "Está unido a la intimidad porque el hecho de estar al aire libre nos permite esparcirnos de otra forma por el terreno y podemos elegir estar solo o con otra persona. Los niños suelen estar confinados en un espacio concreto y bajo unas normas muy estrictas. Eso incluye tanto el colegio como las comidas familiares. Recuerdo de pequeña las comidas con los niños en un lado y los adultos en otro. Siempre hay muchas normas respecto a la formación del espacio físico. Esto en la naturaleza no sucede. Un niño puede tener su momento de intimidad porque quiera contemplar el paisaje o pensar en sus cosas", explica Katia.

2. Coherencia en los estímulos

Cuando estamos fuera,los estímulos son más sutiles, no son tan estridentes como lo son en los espacios diseñados supuestamente para niños como por ejemplo, "un parque de bolas, donde todos son colores planos, muy intensos, con la música, quizá los olores de los locales que pueden estar cerca. Son estímulos disonantes entre sí, no tienen relación; en cambio en la naturaleza todo tiene coherencia". Si estoy sintiendo el viento en mi cara y a la vez veo las hojas moverse, eso es coherencia, eso es lógico. "Son estímulos que tienen relación y eso en los niños, en esta edad, de 3 a 6, les va bien porque están en esta fase en la que descubren de donde les viene la información". 

Una niña juega con el barro. / Cedida

3. El sentido de pertenencia

Las raíces son importantes porque nos da un marco de referencia al que acudir cuando nos vamos a otros lugares y nos ayuda a entender las diferencias en otros sitios.  

4. Sensación de empatía

La etapa de 3 a 6 es la del juego paralelo o en solitario. "Las profesoras que hemos tenido en El Saltamontes y que han estado en otros centros, nos cuentan que no han visto en otros lugares el ánimo de cooperación, de empatía, de buscar al otro que hay aquí. Tampoco sabemos si es por estar en la naturaleza o es la combinación de otros factores como estar en un entorno de no juicio, no castigo".

La bióloga y escritora Katia Hueso / Cedida

Katia explica que mucha gente le dice: si la solución es estar en la naturaleza, ¿para qué apuntarte a un proyecto? Vas tu solo, te sale gratis y ya está. "No, porque estar en grupo te aporta otras cosas", afirma. 

5. La imaginación y la creatividad

Se trabajan mucho en la naturaleza, tienen qué imaginar y fabricar sus propios juguetes. "Si yo cojo un palo, un adulto verá un palo, pero un niño puede ver una lanza, una bandera, una caña de pescar, una vara de mando, una varita mágica. Es infinito. Trabajan la fantasía porque tienen que ver en qué se convierte esa piña, esa hoja. La arena se convierte en grandes recetas del chef, con un palo puede pintar en el suelo y no es un folio, sino algo mucho más amplio".

6. Habilidad de comunicación

Tanto a nivel social como de lenguaje. Los niños tienen que explicar cuáles son las reglas, buscar aliados y el consenso para hacer el mismo juego. Se hace a base de diálogo, de descripción, de negociación. Son habilidades que están desarrollando como la escucha. "Es casi más importante el proceso que le momento del juego. La escucha y el respeto se trabaja de manera muy intensa", cuenta Katia Hueso. 

Los sentidos en la naturaleza trabajan de forma más tranquila y más variada. Los niños se escuchan mejor, se corrigen mejor entre sí o ellos mismo. Pasa también con la vista. "Cuando estamos en un entorno cerrado acostumbramos a utilizar la vista con una iluminación uniforme, siempre la misma y a una distancia de foco relativamente corto.  Si estamos en la naturaleza, ese foco varía hasta el infinito y en condiciones de iluminación variables: podemos tener un día nublado, cambia según la hora del día"

7. Resiliencia o capacidad para adaptarse a los cambios.

No controlamos cómo es la naturaleza que puede variar y trae sorpresas. "Por un lado es estimulante y por otro inquietante en el sentido de cómo va a estar hoy el campo, qué me voy a encontrar. No es lo mismo un día de sol que un día de lluvia que de repente te encuentras con un charco, otro día ha helado, otro ha pasado un animal y te ha destrozado una construcción que habías dejado hecha. Bonitas y no tan bonitas. Te puedes encontrar un animal muerto o con un arco iris magnífico. Cada día hay cosas nuevas de las que sorprenderse y esto para un niño pequeño que suelen necesitar la rutina diaria les supone un cierto grado de angustia. Les ayuda a ejercitarse en la capacidad de adaptación, en la valoración de los riesgos. La naturaleza no ha sido diseñada por una empresa de seguros y hay ciertos riesgos. Hay también una labor de acompañamiento importante para determinar si el riesgo es asumible o no". 

Alumnos de una escuela libre en la sierra de Madrid. / Cedida

8. Salud física

En el campo no hay escaleras mecánicas ni ascensores y tienes que subir y bajar por tu cuenta. Aguantar las condiciones ambientales. "El cuerpo se acostumbra a distintas situaciones y se traduce en la prevención de la obesidad y enfermedades asociadas a la vida sedentaria". 

9. Salud mental

La tranquilidad, la serenidad que da estar fuera, el desahogo de poder moverme a mi antojo. "A lo mejor me quiero mover mucho o no me quiero mover nada. Esto tiene que ver también con los juicios. La naturaleza no nos evalúa, no nos dice si estamos haciendo las cosas bien o mal": 

A partir de los seis años la inquietud intelectual aumenta y necesitan otros estímulos. La naturaleza siempre estará ahí para acudir en cualquier momento y situación. 

 

 

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