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LA COLUMNA DE ALMUDENA GRANDES

Cuestión de siglos

Nos hallamos ante un combate singular, entre el sentido patrimonial que un líder carismático atribuye al partido que dirige sobre sus comienzos, y una maniobra de quien ambiciona sucederle

La primera idea que me asalta cuando pienso en los jóvenes de Podemos, es que nunca podré llamarles compañeros. No es una cuestión de años, sino de siglos, porque el XXI no es el mío. Con todas sus calamidades, sus crueldades y sus crímenes, sigo echando de menos la fe, la ilusión que vertebró el siglo XX, aunque la nostalgia no me paraliza. No siento envidia ni rencor por los triunfos que ya no me pertenecerán.

Al contrario, deseo el éxito de Podemos porque, al margen de lo que a mí me habría gustado, soy consciente de que es lo que hay, lo que habrá, seguramente, durante muchos años. Por eso habría preferido no tener que opinar sobre el enfrentamiento entre Iglesias y Errejón, pero voy a hacerlo desde mi experiencia de izquierdista del siglo pasado. Porque no me creo ni una sola palabra. No me creo la dicotomía calle/parlamento, resuelta desde hace décadas por partidos que han llegado o no al poder, no me creo la dicotomía documentos/personas, ni el programa revolucionario frente a la serena transversalidad.

Mi sensación es que nos hallamos ante un combate singular, entre el sentido patrimonial que un líder carismático atribuye al partido que dirige sobre sus comienzos, y una maniobra de quien ambiciona sucederle y se propone marcar su territorio mientras llega el momento ideal para asaltar el liderato. No es nada nuevo. Yo ya he vivido esto otras veces, y no estoy dispuesta a elegir un campeón en este torneo. Sólo lamento que los líderes de la izquierda del siglo XXI hayan heredado los defectos de los del siglo XX, y ni una sola de sus virtudes.

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