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La mirada de Soledad Gallego-Díaz

Minimizar daños

Cada cual con su hoja de ruta tiene que asegurarse sobre todo de una cosa: cometer los menos errores posibles. De esta crisis, nada va a salir igual que estaba

Es posible que a estas alturas el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, acepte ya, sin margen para la duda, dos cosas importantes: primero, que el Gobierno central va a poner en marcha el artículo 155 de la Constitución, por el que se obligará a las instituciones catalanas a cumplir con las obligaciones legales establecidas en la Constitución y en el Estatuto de Autonomía; y segundo, que ningún país de la Unión Europea tiene la menor intención de expresar su desagrado por ello, siempre que se haga de manera pacífica y legal. Ambas cosas deberían ser decisivas a la hora de que Puigdemont prepare su propia hoja de ruta para la próxima semana.

En la del gobierno central, los pasos están ya prácticamente seguros. El Consejo de Ministros del sábado enviará a la Mesa del Senado la lista de medidas que considera necesario adoptar y que, según los portavoces socialistas, será concreta y corta. La Mesa tiene dos opciones: enviar la documentación a la Comisión General de Comunidades Autónomas o crear una comisión de las llamadas conjuntas, previstas en el artículo 58 del reglamento de la Cámara Alta. Una de las diferencias es que en la Comisión General tienen derecho a hablar todos los presidentes de las Comunidades Autónomas, mientras que no pueden hacerlo en la Comisión Conjunta. Quiere también decirse que en la primera se podrían producir discursos de voltaje político (por ejemplo, de la presidenta de Andalucía) mientras que en la segunda se optaría por un perfil más técnico y discreto. Ayer en el Senado se consideraba mucho más probable la segunda opción.

Ahora, cada cual con su propia hoja de ruta tiene que asegurarse sobre todo de una cosa: cometer los menos errores posibles. De esta crisis, nada va a salir igual que estaba. Ni Cataluña, que se ha jugado en un abrir y cerrar de ojos un prestigio político y económico de muchos años, y lo que es peor, una convivencia interna modélica, ni el resto de España, donde se han visto aparecer más banderas que nunca, para desolación de aquellos ciudadanos que no aprecian las claves nacionalistas en política. Seria muy de agradecer que el primer objetivo fuera minimizar los daños.

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