Así es la panadería de una cárcel

Entramos en el Centro Penitenciario de Estremera para comprobar qué significa el pan para algunas de sus internas

Reportaje elaborado en el Centro Penitenciario Madrid VII, el 15/10/18. / ROBERTO CUADRADO / C. G. CANO

El 16 de octubre es el Día Mundial del Pan y cada cual puede celebrarlo como le venga en gana: desayunando una tostada, elaborando pan en casa, peregrinando a una panadería de pueblo... Pero Judit y Viridiana no tienen mucha opción. Las dos llevan tiempo recluidas en la prisión de Estremera, el Centro Pentenciario Madrid VII, y las dos trabajan en la panadería, una actividad que les permite ingresar unos 400 euros al mes y que, según cuentan, les hace mucho más llevadera su condena.

Para poder trabajar en la panadería, que abastece al propio centro y también a la cárcel de Cuenca, antes hay que hacer un curso oficial que también permite ejercer 'fuera'. El trabajo en el taller del centro, de hecho, no dista demasiado del de cualquier panadera profesional: harina, agua, sal, masa madre...

Lo que más sorprende al verlas trabajar, teniendo en cuenta dónde están, son las risas y el buen humor. Sus turnos son de cuatro horas diarias, seis días a la semana, y cuentan con hornos de grandes dimensiones y todo tipo de máquinas para amasar, fermentar y dar forma a sus creaciones, como en cualquier obrador industrial. En Estremera, de hecho, producen unos 3.500 panecillos al día y también bollería para los desayunos: madalenas, palmeras, suizos, churros...

Viridiana, que es mexicana y está en prisión por tráfico de drogas —aceptó dinero, en un momento complicado de su vida, por viajar con 'un paquete'—, ya goza de cuatro días de permiso al mes y, según dice, en ninguna panadería 'de fuera' ha probado un pan o una madalena que esté al nivel de lo que ella produce en Estremera. No puede disimular lo orgullosa que está de sus madalenas. Pero es que el trabajo en la panadería, para todas ellas, es una actividad terapéutica: "¡Estás pendiente de que salga el pan y no piensas en otra cosa!".

Judit, que es de Vallecas, pasó tres años en el ejército y también trabajó como cajera, cumple condena por robo con fuerza y lo que le queda —dos años y medio— espera poder pasarlo haciendo pan: "Es el mejor trabajo que hay en prisión. Aquí los vínculos entre compañeras son distintos a los del patio. Además llegas cansada al módulo, te duchas y parece que el día se ha pasado".

Ángel Luis Cárabe, Jefe de Servicio de Producción III del Ente Público de Trabajo Penitenciario y Formación para el Empleo, explica que en España hay algo más de 50.000 reclusos y que uno de cada cuatro, aproximadamente, trabaja en algún taller. Una proporción que también se cumple en Estremera, donde trabajan unos 300 reclusos del total de 1.100 que habitan el centro penitenciario.

Las panaderas de Estremera. / C. G. CANO

El objetivo de los 50 talleres de panadería que actualmente funcionan en las cárceles españolas, según Cárabe, es triple: formar a los internos, mejorar la calidad de la comida y ahorrar costes. "Intentamos incluir al máximo número de personas porque, cuantas más internos haya trabajando, mayor será la reinserción".

"Aquí hay personas que, obviamente, cometimos un error y lo estamos pagando, pero aquí hay muy buenas personas", señala Viridiana. "No se puede decir que no valgamos la pena. Somos personas buenas y ese error no significa que no podamos formar parte de la sociedad".

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