Opinión

Dónde vamos a parar

Una profunda e interesante reflexión alrededor de la muerte del fotógrafo René Robert

La Firma de María González López 28/01/2022

La Firma de María González López 28/01/2022

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Aranda de Duero

El fotógrafo suizo René Robert de 84 años, fallecía la pasada madrugada del 19 al 20 de enero en las calles de París, tendido sobre un pedazo de acera por causa de una caída que le propició indirectamente una hipotermia severa, sin que nadie se detuviese a ayudarlo en las nueve horas que lo sepultaron en un sueño glacial, donde hasta Morfeo lo abandonó.

El artista como acostumbraba salió a dar su paseo nocturno habitual por el corazón de la capital francesa. El reloj marcaba las nueve de la noche pasadas de un miércoles rutinario y su barrio, el de la plaza de la República, caracterizada por un bullicio frecuente y una confluencia de personas elevada, ejercía de escenario para el fatídico acontecimiento.

Un mareo o tropiezo, todavía sin especificar, generó a Robert la caída hacia la tumba a los pies del número 89 de la calle de Turbigo, entre una tienda de vinos y una óptica.

A la vista de muchos parisinos que regresaban a sus casas del trabajo, turistas ajetreados por coleccionar todos los emplaces turísticos y monumentos de la urbe, y parejas ciegas de amor y humanidad, con rumbo a cafés y restaurantes, el suizo se mimetizaba con el resto de vagabundos de la ciudad, pese a su reconocimiento y no ser un sin techo.

El fotógrafo con la única cobertura de su sombra y ropas frente a la noche de enero, que lentamente se vaciaba de transeúntes hasta despoblar por completo las calles de la capital haciendo de la aglomeración previa un mito, donde las bajas temperaturas del termómetro con su signo negativo y las nueve horas con las agujas del reloj, lo apuñalaron, envolviéndole en un frío difícil de limpiar.

Al salir el Sol, el primer ciudadano que se paró a socorrer a Robert, llamó a los bomberos, que inmediatamente lo transportaron al hospital, donde los profesionales sanitarios dictaminaron que era demasiado tarde, había muerto congelado. El único que se percató del estado del artista entre toda la población que discurrió por esa zona, era un sin techo, que estos últimos días prefirió permanecer en el anonimato.

Su fiel amigo y periodista francés, Michel Mompontet, daba a conocer el trágico suceso, denunciando en la cadena BFM TV como Robert moría “asesinado por la indiferencia”, y sin embargo a la par, como la rabia de su ausencia se clavaba en el francés, engordando una culpa que le atañe como participante en la tragedia del deceso, Mompontet aclaró en el mismo programa “Antes de dar lecciones y acusar a quien sea, hay que responder a una pregunta que me incomoda: ¿Estoy seguro al 100% que si me viese confrontado a esta escena, un hombre en el suelo, me habría detenido? ¿Nunca me habría apartado de un sin techo que veo acostado ante una puerta? No poder estar seguro al 100% es un dolor que me persigue. Pero tenemos prisa, tenemos prisa, tenemos nuestras vidas, y apartamos la mirada”.

Personalmente, las palabras del periodista se enredan en mis cuerdas vocales hasta hacer de ellas un nudo, pues no puedo amarrar una realidad distinta en las mías. Tampoco hubiese sabido frenar la velocidad que persigue nuestras vidas ahuyentando la humanidad de ellas, haciendo de esta sociedad una carrera de metas difusas y podios sin premio, y permitiendo que este modo de vida ponga el rumbo a la mía, adelantándome en el camino con el que describía Machado la existencia, y por el que se nos olvida que están confiados a ser caminados disfrutando del trayecto en lugar de corridos fugándose de la tranquilidad.

Aunque haya parecido una pausa que obligase a hibernar a los calendarios, la pandemia ha acentuado la vertiginosa rapidez que aceleraba la existencia, haciéndonos mudar de costumbres, a otras distantes y seguras, que nos han encerrado más en nosotros mismos y el egoísmo que arrastrábamos con anterioridad, como la capa de un rey que no gobierna en solitario pese a su soledad. La necesidad de arrebañar los relojes, por si se agotan demasiado pronto, ha tergiversado el tópico carpe diem con una impaciencia que debería estar inscrita en los ocho pecados veniales y que termina por dinamitar la paz pese a que creamos extintas las guerras mundiales, ya que la peor de todas es contra nosotros mismos y esta prisa que nos hace enfermar.

Querido lector, ahora que conserva un valioso momento de calma en su horario, destinándolo a la lectura de esta columna de opinión, me gustaría encomendarle un favor, deténgase a replantearse la siguiente pregunta: ¿A dónde vamos a parar? Si ni siquiera nos paramos a ayudarnos entre nosotros, permitiendo que incluso el frío que habita en la distancia que adquirimos con los años nos mate.

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