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Una familia de acogida: el sueño truncado de miles de niños en España

El acogimiento familiar se ha convertido en algo inalcanzable para miles de niños en nuestro país. Según datos del Ministerio de Derechos Sociales, hay más de 35.000 niños tutelados en España. Casi la mitad está en residencias y no dispone de una familia de acogida

Una familia de acogida. / Anadolu Agency

Una familia de acogida: el sueño truncado de miles de niños en España

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Madrid

María era voluntaria en dos centros de menores. En el tiempo que estuvo allí, no vio a ninguno ser acogido por alguna familia. Ni siquiera volver con sus padres al salir. Ella tenía ya dos hijos biológicos, pero quería aumentar la familia. Entonces le propuso a su marido, Aitor, acoger en su casa a un menor tutelado. Pasaron un "sencillo" examen psicológico, sus hijos aceptaron desde el principio, y en unos meses tenían en su casa a una niña de 6 años. La pequeña, que al principio solo pasaba ratos con la que iba a ser su familia de acogida, preguntaba a las educadoras sociales que "cuándo volvía a ver" a su "segunda mamá". De eso, han pasado 11 años. Amina va a cumplir este año la mayoría de edad y ha tenido que elegir si se quiere quedar en su casa de acogida.

El acogimiento familiar en España debería ser la norma, pero en la actualidad se ha convertido en algo inalcanzable para miles de niños: la ley de protección a la infancia dice que las residencias para menores tutelados tienen que ser la última opción, pero la realidad es que están prácticamente al nivel que las familias de acogida. Según datos del Ministerio de Derechos Sociales, ahora mismo hay en nuestro país 17.000 niños y niñas tutelados en residencias, y casi 19.000 en hogares de acogida. Es decir: casi un 50% en cada grupo.

Ese número tan elevado de menores de edad en centros en los que faltan recursos, incrementa sus carencias afectivas y los convierte en blancos perfectos para las mafias: "Son especialmente vulnerables a poder ser víctimas de vulneración de derechos y de distintas formas de violencia, porque la situación extraordinaria que están viviendo tiene consecuencias en su bienestar emocional, psicológico y afectivo" dice Carmela del Moral de Save the Children. Y esa merma en sus relaciones y en el amor que reciben es algo de lo que se aprovechan las redes de explotación: en el caso de las 10 menores liberadas en Madrid, varios de los 37 adultos finalmente detenidos se hacían pasar primero por sus novios, para después generar una fidelidad que podía con todo. Paula Marcos Carregal, psicóloga infantil que trabaja con menores en riesgo, explica que "debido a estas carencias afectivas, cuando se recibe un mínimo de afecto, de cariño y de buen trato por parte de los otros, estos niños pueden correr el riesgo de engancharse a esas relaciones independientemente del daño que a largo plazo les pueda hacer. Minimizan un poco los riesgos o el dolor".

"Tenemos un modelo basado en el acogimiento residencial"

Lo que promete el acogimiento familiar es precisamente combatir ese tipo de situaciones y dar a los menores un sentimiento de arraigo: "En España tenemos un modelo basado en el acogimiento residencial, y es absolutamente necesario cambiar el sistema por uno que apueste por el acogimiento familiar. Entornos donde los menores puedan recibir afecto o modelos de conducta y donde puedan proyectarse, porque saben que tienen un futuro más allá de los 18 años, que es cuando se acaba la protección y la vida en un centro de menores. Los políticos han de ser valientes y apostar por las familias de acogida." dice María Arauz, presidenta de la Asociación Estatal de Acogimiento Familiar (ASEAF).

Durante todo este tiempo, María y Aitor han pasado algunas "rachas y momentos malos". "Traen muchos daños. Necesitan tiempo, perseverancia y mucho cariño", explica María. "Tienen que curar la herida. El acogimiento lo que hace es acompañarles y enseñarles a lo que es una familia", indica Aitor. Amina vivía en la calle cuando fue recogida por los servicios sociales. Había sufrido tanto que María recuerda que no lloraba nunca, "porque no sabía llorar". Incluso que el daño psicológico que traía le hacía "leer al revés".

La ayuda psicológica que ha recibido durante estos años y el cariño le han hecho ir avanzando. Una evolución que al principio se cortaba de raíz con las visitas programadas de su madre biológica. "No es sencillo entender que tienes 2 madres y 2 padres. Le animamos a que viese a su madre biológica porque es parte de su historia y es fundamental para que pueda seguir adelante", cuenta Aitor. Ahora, mantienen reuniones cada dos meses, aunque para Amina ella "es como una conocida" con la que no tiene confianza.

A nivel psicológico, los beneficios se multiplican: "Les proporciona un sentido de seguridad y de pertenencia, de normalidad. Les ayuda (a los menores) a procesar afectivamente que sus propias familias de origen no fueron las adecuadas y que no está en ellos el problema, porque sí que funcionan bien en otras familias de acogida" dice Marcos Carregal.

"Un niño en una residencia le cuesta a la administración más de 4000 euros al mes"

Ese es el principal beneficio de que los niños crezcan en una familia de acogida, el otro es la eficiencia y el ahorro para las arcas públicas: "Un niño en una residencia le cuesta a la administración más de 4000 euros al mes. Un niño en una familia, veinte veces menos" -dice Arauz desde ASEAF- "no solo es mejor para el niño, sino que además es un sistema infinitamente más eficiente".

Amina se siente la hija biológica de Aitor y María. Dice que "todo" se lo han enseñado ellos. Aunque para sus padres de acogida es ella la que les ha cambiado la vida. "Me ha aportado todo lo que pensaba que no me iba a aportar", indica María. "Estoy muy feliz con ella", expresa Aitor emocionado. Ellos han ido solventando las dudas que tenían a través de la Asociación Familias para la Acogida. Allí han podido ver otros casos en los que la acogida ha sido más difícil, como niños con diferentes trastornos y han ido a grupos de trabajo donde comentar con otros padres sus frustraciones. María, por ejemplo, al principio sufría porque no quería a Amina como a sus hijos biológicos, hasta que lo comentó con otras familias y se dio cuenta de que era "normal porque estaba metiendo a una extraña en casa".

Con el paso del tiempo, el miedo se fue convirtiendo en otro. El de poder perder a su hija algún día. Pero se acabó dando cuenta de que lo bonito era verla "crecer y evolucionar" y que eso era lo realmente importante. Amina cumple este año la mayoría de edad y ya ha tenido que elegir si quiere o no quedarse en su casa de acogida como adulta independiente. "¿Y ahora qué?". "Ahora no va a cambiar nada. Me quedo aquí, obviamente", contesta Amina.

 
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