Manuel Guedán escribe la novela sobre la meritocracia y el mundo del trabajo
El escritor publica 'Los sueños asequibles de Josefina Jarama', una novela picaresca sobre el mundo del trabajo y la España de las últimas décadas que pasa hasta por la Ruta del Bakalao
El escritor Manuel Guedán / Clara Garrido
Entre las muchas cosas que trajo el 15M se encuentra la ruptura de un relato que sostentaba el éxito en la meritocracia. Fue ésta la gran losa de una generación, los llamados millennial, que veían frustrados todos sus intentos de lograr ese ascensor social que funcionaba desde la Transición. Uno de los libros que mejor refleje esa ruptura y ese despertar es Los sueños asequibles de Josefina Jarama, novela del editor, escritor y profesor de literatura, Manuel Guedán, publicada por Alfaguara.
Guedán escribe para divertirse, en una vuelta de tuerca a la novela picaresca, de gran tradición en nuestra literatura, pero con una mujer al frente que recorre un pueblo industrial de Alicante, la Ruta del Bakalao o un pueblo comunista en plena eclosión del ladrillo. Y es que Guedán también escribe para otra cosa: para intentar entender la diferencia generacional en la España de hoy y de las últimas década, lo que nos lleva de nuevo a esa cultura del esfuerzo.
De dónde surge la idea de hacer una novela sobre el mundo del trabajo que explica la España reciente y encima con la picaresca como género
Me apetecía hacer una novela picaresca y tenía una imagen en la cabeza que era lo que para mi representa mejor la imagen de un trabajo. Es esa anécdota de cuando trillo estaba pasando revista a las tropas de varios países y grito Viva Honduras, cuando estaba delante del batallón de El Salvador. Todos gritaron ¡Viva Honduras! a pesar de equivocarse. Eso explica la metáfora del trabajador, que es un salvadoreño que grita ¡Viva Honduras!, porque el jefe grita ¡Viva Honduras!. Me apetecía trabajar a aparar de eso, de alguien que se ve obligado no a dar la razón a los jefes, sino a imitar la personalidad de sus jefes. Eso le pasa a Josefina, que se va adaptando a ellos, que encima tiene la doble subalternidad, es mujer y es trabajadora. De ahí la picaresca y el molde de El Lazarillo, pero sí quería cambiar el molde por una pícara mujer. Eso vino de otra anécdota con una amiga que me dijo que solo había tenido jefes y becarias. Me di cuenta de que tenía que ir en esa dirección. Quería explorar el mundo laboral, en concreto la relación con los jefes y una pícara.
¿Hay un cambio generacional en la relación con los jefes y con el trabajo?
Decirle no al jefe por un lado es muy bonito y muy heroico. Yo lo recomiendo si te lo puedes permitir porque yo siempre que lo he hecho ha acabado en despido. Es verdad, que quizá tenemos menos complejos. Se ha roto algo, incluso para la gente de izquierda, en la dignidad del trabajo. Yo me creé en una cultura donde trabajar es lo más digno que puede hacer una persona, para mi generación, el trabajo es una esclavitud y hay que lidiar con eso en la medida en que se pueda. Ahora poder decir no es un lujo que no siempre te puedes permitir.
Eso entronca con la cultura del esfuerzo, la meritocracia, ¿es un país que exige esto solo cuando le interesa porque luego vemos a políticos dando contratos a sus hermanos?
Hay una cierta esquizofrenia en eso. Yo pienso en los votantes liberales que se habrán sentido huérfanos al ver que Albert Rivera lo echaban por falta de productividad. Todos hemos vivido orfandades de líderes de los que esperábamos unas cosas y no otras. Los mayores abanderados de la meritocracia en España, tengo la sensación de que cuando se rasca se ve una posición de privilegio o una herencia, que acaban explicando el por qué de ciertos éxitos. Hay una cierta esquizofrenia que me gustaría que se reconciliara poco a poco. Claro que la meritocracia existe, pero estamos hablando de un uno por ciento, no es una norma o un patrón con el que funcionar.
Hay una descentralización de la novela, que va de Alicante, al sur, a Madrid, ¿Por qué este recorrido?
Soy de Alicante, mi familia es de ahí y he pasado parte de mi infancia. Yo pertenezco al alicante costero, pero me interesaba más la parte interior. Nada es más interior que el interior de una provincia que tiene costa. Nadie va ahí, nadie visita esa parte industrial donde se hacen zapatos, turrones y juguetes, el ámbito que retrato en la novela. De ahí el desplazamiento. Quería mostrare el mundo del juguete que se vuelve más perverso cuando se trata de captar a un público más infantil. Luego quizá Valencia estuvo placara por la movida madrileña, pero estuvo la Ruta del Bakalao, que me da nostalgia no haberla vivido. Luego la parte de la baca y el boom, me gustaba explorarlo con el recurso del pez fuera del agua, que está muy bien en la comedia. Me gusta poner a este personaje tan estajanovista en la Ruta del Bacalao, paraíso hedonista, y luego un banco en un pueblo comunista. Madrid funciona más como quimera que como realidad.
El humor es muy importante con la novela, ¿eso estuvo desde el principio?
Hay algo personal, en mi anterior novela caí en lo dramático, pensando que cuando más drama más verdad. Me lo hizo ver un amigo y quise revertirlo. Mis lecturas más gozosas han sido las cómicas. Eso me llevaba a El Lazarillo, que es un género que es muy nuestro y es muy fácil para retratar España. Hay una cierta sátira, pero no diría que la novela llega a se runa sátira completa. No se enemista uno con los personajes, hay una mirada tierna, que está en la génesis de la comedia española, que viene de El Quijote. Los antagonistas de Josefina, estos jefes, yo quería verlos de otra manera. Incluso a la propia Josefina, que nada tiene que ver conmigo.
Hay un rechazo generacional a la ideología de los padres, ¿le ha pasado también a la izquierda actual?
Muchas veces se ha explicado mucho el caso del padre autoritario y el hijo rebelde y transgresor. Esa lógica me cansaba un poco. Hablando con un amigo, que era sueco, que tiene una lógica ideológica diferente, decía que habían vivido el rebrote de los hippies. Todos habían tenido padres hippies y él quería casarse con una policía y a sus padres les parecía el horro. Me quedé con aquello y pensé en invertir esa lógica, con una madre eminentemente comunista y una hija que no entiende en absoluto ese afán revolucionario, pero que un poco lo envidia. Le acompleja no tener sus pensamientos idealistas. Josefina es justo lo contrario a un Peter Pan, quiere crecer cuanto antes, trabajar cuanto antes, pero con ese complejo hacia su madre.
Como editor llevas tiempo trazando el relato de la España reciente, algo que también está en esta novela, ¿es una manera de llenar algo que falta en la literatura y el ensayo?
Yo nací en el 85 y el 15M me pilló fuera pero llegué a los últimos días. Después la aparición de Podemos y luego nos dimos cuentas de que tampoco había tanto para repartir, pero unas cartas sí se repartieron. Yo había pedido una beca para estudiar fuera y la rechacé. Decidí quedarme en España porque vi que las cosas se estaban movimiento. Estuve en lo que pude y quería vivirlo y entenderlo. Generacionalmente me pilló un momento de agitación del país y de sensación de pertenencia y que merecía la pena. Eso trasladado al impulso creativo o editorial ha estado siempre ahí. Soy de una generación que se dio cuenta de que cayó el telón y empezó a ver las tramoyas y quiero entenderlas. También que la primera vez que viví fuera vi La Ley del deseo, de Almodóvar y me entró una nostalgia tremenda de España y me di cuenta de que yo era muy español. Y eso va a estar presente en todo lo que escriba.
Pepa Blanes
Es jefa de Cultura de la Cadena SER. Licenciada...Es jefa de Cultura de la Cadena SER. Licenciada en Periodismo por la UCM y Máster en Análisis Sociocultural y de Género, dirige el programa de cine y series El Cine en la SER. Es autora de 'Abre los ojos, películas y series para entender el mundo'.