El papel del clero de El Arahal en la evangelización del nuevo mundo

Misioneros franciscanos

Arahal
Rafael Martín Martín - Cronista oficial de la ciudad de Arahal. El comentario de hoy, gira en torno al papel del clero de El Arahal en la evangelización del nuevo mundo, como un nuevo reconocimiento a la labor espiritual de las congregaciones que se establecieron en nuestro pueblo, y en particular a los franciscanos descalzos del convento de San Roque con motivo del aniversario del cuarto centenario de su llegada a nuestro pueblo.
La vida religiosa y monástica en la localidad de El Arahal durante los siglos XVI al XVIII fue una parte integral de la vida de la población, marcando profundamente el espíritu de religiosidad de la villa. Las instituciones religiosas desempeñaron un papel fundamental en la vida espiritual y comunitaria de los habitantes de Arahal.
La parroquia Santa María Magdalena fue un centro de culto y devoción para la comunidad, sirviendo como lugar de encuentro para celebración de misas, sacramentos y festividades religiosas. La ermita del Santo Cristo de la Misericordia también desempeñó un papel importante como lugar de oración y peregrinación, donde los fieles acudían en busca de consuelo y protección divina.
En el siglo XVI se erigió el Convento de la Victoria, habitado por los franciscanos mínimos, quienes se dedicaban a la vida contemplativa y al servicio espiritual de la comunidad. Su presencia en Arahal contribuyó al florecimiento de la vida monástica y al fomento de la devoción religiosa entre los habitantes.
En el siglo XVII se sumaron nuevas instituciones religiosas, como el Convento de los Franciscanos descalzos en la ermita de San Roque, las ermitas de la Veracruz, Madre de Dios del Campo y San Antonio, así como la capilla de las Monjas, donde las dominicas llevaban a cabo una vida monástica y su labor espiritual.
Estas instituciones no sólo proporcionaron un refugio espiritual para los fieles, sino que también desempeñaron un papel importante en la educación, la asistencia social y la difusión de la fe cristiana en la comunidad. Su legado perdura en la memoria colectiva de la villa, recordando la importancia de la vida religiosa y monástica en la historia y la identidad de la localidad.
Fueron éstos los centros religiosos de la villa del Arahal durante estos siglos, a cuyo frente figuraban un número elevado de religiosos. Gabriel de Aranda habla de seis beneficiados, cincuenta sacerdotes y más de treinta capellanes de todas las órdenes, en una villa que podría tener en tono a los cinco mil habitantes a lo largo del siglo XVII.
Un número que, según el catastro de Ensenada de 1749 era igualmente muy numeroso con setenta y cinco entre clérigos y hermanas dominicas distribuidos entre los tres conventos y veinte y nueve presbíteros en la localidad
Este elevado número de religiosos dejaron una huella imborrable en sus actuaciones, desempeñando un papel crucial en el proceso de evangelización y en la difusión de la fe católica en la comunidad.
La labor de la iglesia y del clero fue fundamental en la consolidación y expansión del cristianismo no sólo en la comarca, sino sobre todo en el Nuevo Mundo.
Junto al papel de dirección de la vicaría parroquial, las comunidades religiosas no sólo se dedicaron a la celebración de la práctica religiosa, sino también se involucraron en actividades de carácter social y educativo, como así se refleja testimonialmente en el enorme papel que jugaron los franciscanos mínimos del convento de la Victoria.
Este convento se fundó en el año 1546, tras el mecenazgo del IV Conde de Ureña. A lo largo de los siglos XVII y XVIII instituyeron distintas cátedras para completar la formación de los ciudadanos, tales como la de latinidad, de filosofía, de arte, de gramática, y de teología , financiadas por la propia institución o bien por personas de la alta sociedad arahalense.

Fachada de la Iglesia de la Victoria. Convento de los franciscanos mínimos

Fachada de la Iglesia de la Victoria. Convento de los franciscanos mínimos
Por sus aulas pasaron un gran número de jóvenes que adquirieron una amplia formación y que les llevó en un amplio número de casos a acceder a la clerecía y a su implicación en la evangelización. Aquí se formaron Sebastián de Monroy bajo la tutela del maestro D. Pedro de Zarate, y bajo la dirección espiritual de su confesor, el cura y beneficiado de Santa María Magdalena D. Antonio de Luna Magallanes, que ejercía el título de Vicario de la parroquia. También Monroy mantuvo continuos contactos con los franciscanos del convento de San Roque, conocidos también como dieguinos, alcantarinos o franciscanos descalzos. Tras una visita de hermanos jesuitas a Arahal como misioneros, Monroy queda atraído por la religiosidad de esos hermanos y se unió a la citada congregación.
También se formaron en el convento de la Victoria otros personajes relevantes, hijos de Arahal, que jugaron un importante papel en la evangelización en el Nuevo Mundo y en Filipinas, en las primeras décadas del siglo XVIII, como el Padre Fray Juan de Toro o el Padre Fray Pedro Humanes, de la congregación de los dominicos y otros hermanos de la orden franciscana que, aunque no se formaron en ese convento, sí tuvieron una amplia formación en el seno de la congregación alcantarina, como el padre Juan del Arahal, conocido como el beato Juan de Prado, que, aunque natural de un pueblo de León, ejerció durante muchos años de su vida en el convento de San Roque, ocupando el cargo de guardián del citado convento o el del padre Fray Alonso Bommas, natural de Arahal, predicador y misionero, ambos ejercieron a lo largo del siglo XVII.
Fueron, pues, varias congregaciones las que acogieron a estos hijos del Arahal: la de los franciscanos, la de los jesuitas y la de los dominicos.

Convento de San Pablo el Real de Sevilla.

Convento de San Pablo el Real de Sevilla.
Una vez recibida la formación especialmente en este convento de los mínimos de Arahal, la completaban en los centros de estas congregaciones, así, en el caso de los dominicos Fray Juan de Toro y Fray Pedro de Humanes ingresaron en el convento de San Pablo el Real de Sevilla, una institución creada en el año 1248 por Fernando III que jugó un importante papel en el proceso de evangelización del nuevo mundo, dado que este fue un centro de noviciado y de formación para los dominicos misioneros que iban a evangelizar a América y Filipina; desde aquí partieron ambos a su labor evangelizadora. El Padre Monroy, tras ser admitido en la compañía de Jesús en el noviciado en el año 1672 y tras ser ordenado sacerdote en la cuaresma del año 1673, entró a formar parte de la compañía, uniéndose a la congregación de los jesuitas para preparar con antelación su labor misionera al Nuevo Mundo. En el caso de los franciscanos, la amplia formación y la experiencia en la vida monacal de Fray Juan del Arahal le hizo ocupar cargos de relevancia dentro de la congregación como provincial en Andalucía, volcado en la formación de religiosos en el gobierno de la Orden y Fray Alonso Bommas fue discípulo de Fray Juan del Arahal y recibió una intensa formación y preparación para la vida misionera.
Afrontaron todos un reto, no sin antes atravesar una serie de dificultades de gran calado, una de ellas la documentación necesaria para embarcar, que suponía un trámite de cierta complejidad, unido a ello todo lo relacionado con el embarque y la duración del viaje, que solía durar de tres a cuatro meses.

Puerto de Indias de Sevilla.

Puerto de Indias de Sevilla.
Todos ellos llevaron una intensa vida en las misiones y en algunos casos fueron verdaderos mártires, tras el intenso trabajo que desempeñaron, como misioneros, tanto en el Nuevo Mundo, como en Filipinas o incluso en Marruecos. En esta última, fue fray Juan del Arahal quien, en sus últimos años, se fue a Marrakeck, donde partió en 1630, al conocer el aislamiento y abandono de los cautivos cristianos en esta ciudad marroquí, encontrando la muerte, al ser martirizado a manos de los nativos de esa ciudad.
Fray Alonso Bommas, emparentado con D. Juan de Balbuena y Bommas, beneficiado y cura propio de la iglesia de Santa María Magdalena, que ocupó también el cargo de mayordomo de la Hermandad de la Misericordia, así como otros cargos en los dos últimos decenios del sigo XVII. Fray Alonso fue discípulo de Fray Juan de Arahal, padre predicador, sacerdote, que marchó para América, en concreto para la zona de Méjico, aunque después marchó a la isla que su mentor había deseado ir, a la isla de Guadalupe, donde ejerció su misión.
El jesuita Fray Sebastián de Monroy marchó desde Cádiz, ciudad desde donde partió para Indias el día diez de julio del año 1673 llegando a Veracruz y después a la ciudad de Méjico el 5 de octubre. Allí se instaló en el Colegio de los Apóstoles S. Pedro y S. Pablo, que era la casa principal que tenía la Compañía en Nueva España, para desde allí viajar hasta las islas Marianas, en Filipinas, archipiélago que había colonizado Miguel de Legazpi, a mediados del siglo XVI, tras haber sido en un primer momento conquistado por Magallanes, en el año 1521. Él era conocedor de la situación de las islas Marianas, llamadas antes de los ladrones, encontrándose allí con una situación desalentadora, tras su salida en el año 1674. Aquí ejerció su apostolado durante tres años, siendo asesinado a manos de un indígena, llamado Cher, en una de las islas, llamada Orote.
El dominico Fray Juan de Toro, era un personaje de la alta clase social arahalense. Su familia estuvo muy vinculada a la Hermandad de la Santa Caridad y Misericordia, formaba parte del censo de los hijosdalgos de la villa del Arahal de principios del siglo XVIII. Su hermano Diego de Toro ocupó puestos de responsabilidad en la citada Hermandad. El se formó en el convento de los mínimos de la Victoria.
Su vida giró siempre en torno a la religiosidad, ocupando puestos de relevancia en la orden dominica a la que pertenecía. Completó su formación en el Convento de San Pablo el Real de Sevilla. Fue colegial de Almagro y Lector de Filosofía en su propio convento. Estuvo primero en Méjico, cuando contaba 29 años explicando Teología en San Jacinto de Méjico y después en el colegio de Santo Tomás de la ciudad de Manila, en Filipinas. Allí en el año 1715 fue comisario y procurador general de la provincia del citado archipiélago, llegando a reunir a 32 sacerdotes y 3 legos de la orden, de diferentes puntos geográficos de España, para su incorporación como misioneros. Se conserva el expediente de información y licencia tanto de él como de los sacerdotes y legos que consiguió reunir. Volvió de nuevo a Méjico donde fue Vicario de San Jacinto, que desempeño durante veintiún años, muriendo en el año 1744, a los 75 años de edad, en el hospicio de esta ciudad mejicana.
Otro dominico arahalense fue el Padre Fray Pedro Humanes, también vinculado tanto él como su familia a la Hermandad de la Misericordia; al igual que el anterior, se formó, como anteriormente se ha comentado en el convento de San Pablo de Sevilla. Se incorporó a Méjico siendo simple acólito, recibiendo el subdiaconado y el diaconado y desde allí marchó a Filipinas, donde alcanzó el Presbiteriado. Aquí fue destinado a la provincia de Cagayán, asignado a Tuguegaráo, que era su cabecera, muriendo en Oguig en 1698.

Misioneros franciscanos

Misioneros franciscanos
Estos son algunos ejemplos de los muchos misioneros arahalenses que dejaron su tierra natal para llevar el mensaje de la fe a tierras lejanas. Fueron verdaderos ejemplos de sacrificio, devoción y altruismo. Al abandonar su estatus social y confort en su pueblo, demostraron un compromiso inquebrantable con su fe y con el servicio a los demás.
Su valentía y determinación los llevaron a superar obstáculos y adversidades, enfrentándose a nuevas culturas, idiomas y condiciones de vida con humildad y resiliencia.
A través de su trabajo incansable, estos misioneros dejaron una huella imborrable en las comunidades a las que sirvieron, compartiendo el mensaje de amor, esperanza y redención. Su labor inspiró a muchas personas en Arahal y su comarca, mostrando el verdadero significado de la misericordia y la religiosidad.
Su legado, que hay que darlo a conocer, sigue vivo en la memoria colectiva de la ciudad, recordándonos la importancia de vivir en una vida de servicio y entrega a los demás. Su ejemplo continúa siendo una fuente de inspiración y una llamada a seguir sus pasos en la búsqueda del bien común y la justicia social.
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