Matarile imperial
El Paso Cambiado de Julián Granado

Morón de la Frontera
En tiempos del Imperio Romano, al que tanto debemos para bien o para mal, se inventó una fórmula sucesoria que demostraría su utilidad a lo largo de una buena ristra de malos emperadores: el tiranicidio. Veamos: alguien, por parentesco, traición o turbias añagazas, llegaba a la cúspide de un poder, ya desgastado por siglos de decadencia. Pues bien, más pronto que tarde el susodicho empezaba a dar muestras de una personal singularidad mental y moral por la que pasaría a la historia: bien nombraba senador a su caballo; bien decretaba el exterminio de grupos, como los cristianos, que no le gustaban; bien hacía incendiar Roma mientras se tocaba la lira. Este invitará a suicidarse a todo el que no bese por donde pisa; aquel, por capricho, arruinará las arcas en una guerra desastrosa; otro mandará combatir la enésima peste tomando vitriolo… En fin una forma de gobierno por decreto testicular, que obligará a poner en marcha el complot de turno, para defender al Estado mediante el puñal, el veneno o el guardaespaldas comprado. Así, lo que parecía una indignidad, como el magnicidio, sería en verdad un remedio heroico. Inventado por Bruto para deshacerse de Julio César, lo heredarían luego las turbulentas monarquías medievales. Y durante la Edad Moderna, y aun la Contemporánea hasta el siglo XX, el atentado anarquista, o iluminado o ultrarreligioso se consagraría como la forma más expeditiva de relevar a caudillos, zares o dictadores a los que se les habían subido a la cabeza los humos de autócrata. Con la ventaja añadida de que, si no por las buenas, por el miedo sí que se lograban convertir los últimos años del déspota en una tortura de cerdo esperando su San Martín. Sin saber nunca, después de varias tentativas fallidas, de qué sombra o esquina le vendría el degüello que lo mandase de una vez al infierno, para descanso de la Humanidad. Y si no, que se lo pregunten a Hitler, Calígula, Rasputín y tantos otros a los que dieron regio matarile.
Y aquí finaliza, por hoy, mi clase de historia útil para los tiempos que corren. El que tenga oídos, que oiga.




