Colosos de secano
La opinión de Andrés Recio

Morón de la Frontera
Aprieta la sed. Las hojas se encogen como el cuerpo de los ancianos. La aceitunas, acobardadas, se aferran a sus rabillos implorando, exhaustas, la descarga de las nubes, como el suicida que se arrepintió en el último instante y permanece colgado del cable del puente esperando un rescate desesperado e incierto. Y uno se pregunta de qué pasta estarán hechos los olivos de secano. Tras permanecer varios meses bajo un sol mordiente, atosigante, luchan ya a finales de septiembre como ese corredor maratoniano, casi sin fuerzas, y al que le quedan todavía quince kilómetros para la meta, pero que no cejará en su empeño de alzar los brazos tras miles de dudas y sufrimientos.
El labrador de secano se adapta al medio con la sabiduría de un viejo filósofo, con la tenacidad de un consumado estoico: primero remueve la tierra con hierros de honda labor que permitan luego dar polvo el resto del año (sí, las aceitunas de secano se crían dándole polvo) con escardillas, azadas, gomas, arados, rastrones…, tapando grietas que son como puñaladas por las que se evaporan los exiguos jugos abrigados desde la lejana primavera, arropando troncones, emparejando cuchillos...
Es una lucha firme, decidida, de arrugas contra terrones, de esfuerzo y sudor contra aridez, de mandíbula tensa y mirada ceñuda contra amaneceres que ya tardan en vestirse de gris. Sin trampa ni cartón, es una pelea contra una ausencia de agua que el labrador de secano sabe que se prolongará durante meses, y, que ya en su última fase de septiembre, hace que las miradas se vuelvan hacia el cielo. "¡El hueso se hizo, la pulpa la tiene...!", pero falta ese postrero impulso de la lluvia que consumará el milagro una vez más, fortaleciendo el hueso, dando definitivo cuerpo a la pulpa, otorgando una tersa redondez de luna verde a las hijas de unos sedientos olivos que a estas alturas ya no sabe uno de qué pasta estarán hechos.




