La Navidad transforma las ciudades
La firma de opinión de José María Vázquez Teja, arquitecto técnico y máster en Ciudad y Urbanismo
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La Navidad transforma las ciudades. La firma de opinión de José María Vázquez Teja.
Córdoba
Las luces, los mercadillos y las atracciones infantiles crean una atmósfera festiva invitando al encuentro de la ciudadanía y al disfrute colectivo. Sin embargo, junto a esa imagen amable surge una pregunta seguramente incómoda: ¿Qué ocurre con nuestro espacio público durante estas fechas?
Está siendo habitual que plazas, calles y paseos —espacios que son de todos— se ocupen de forma intensiva por instalaciones privadas, atracciones de pago o eventos cerrados. Lugares que durante el resto del año permiten el tránsito libre se convierten, temporalmente, en espacios vallados, controlados y, en muchos casos, accesibles solo previo pago. El espacio público de ser derecho cotidiano pasa a ser escenario de negocio. ¿Y quién se hace con los beneficios? El ciudadano desde luego que no. ¿Y el gasto de mantenimiento limpieza y reposición quién lo asume y que reporta? Nuestros servicios públicos pasan a prestar servicios a empresas privadas sin saber exactamente cuál es el balance del posible retorno a la ciudad, a la ciudadanía. ¿Y los daños en nuestra infraestructura?
Esta transformación afecta a quienes no pueden o no quieren pagar por participar en la actividad navideña “oficial”. Familias con menos recursos, personas mayores o vecinos del barrio ven limitado su uso del espacio común, mientras el centro urbano se orienta casi exclusivamente al visitante de fuera u otros barrios y al rendimiento económico de no sabemos quién. Se genera empleo, no cabe duda, pero estos negocios y atracciones no son locales, incluso restan en el consumo local al que se le promete afluencia. La ciudad, entonces, deja de pensarse como un lugar para vivir y pasa a funcionar como un escaparate, emitiendo contaminación acústica, lumínica y muchos más residuos y deterioro urbano.
No se trata de rechazar la Navidad ni el turismo, ni acabar con la ilusión de niños y mayores. Ni de dirigir el verdadero sentido de estos días a otro cauce. Es reflexionar sobre sus límites y formas de que el espacio público siga siendo, incluso en fechas señaladas, un lugar de convivencia abierta, accesible y diversa. Celebrar no debería implicar excluir, ni convertir lo común en algo sujeto a pago.
Alcanzar así el verdadero espíritu navideño puede empezar por proteger y compartir las calles, plazas y espacios que son de la ciudadanía para que sigan siéndolo, incluso —o especialmente— en Navidad.

José María Vázquez
Experto en urbanismo.




