Entre retablos, conventos y mecenazgo: el Arahal del XVIII que aún perdura
Cómo la fe, la cultura y el patrocinio nobiliario y vecinal transformaron El Arahal en uno de los siglos más brillantes de su historia.

Plaza de la Corredera, antigua Plaza Nueva. Fotografía de A. Pereira

Arahal
Rafael Martín, cronista oficial de la Ciudad - COMENTARIO Nº 96

Rafael Martín - Comentario 96 - Entre retablos, conventos y mecenazgo- el Arahal del XVIII que aún perdura
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Para completar una visión general de El Arahal en el siglo XVIII, resulta oportuno concluir con una reflexión sobre aquellos ámbitos en los que la localidad experimentó un notable avance, claramente influída por la Ilustración, corriente filosófica que impregnó buena parte del pensamiento y la acción de este siglo.
La villa de El Arahal, integrada en el señorío del ducado de Osuna, se benefició del destacado papel que esta poderosa casa nobiliaria desempeñó en el apoyo a la cultura y a la religiosidad en la España del siglo XVIII, en un contexto marcado por las reformas borbónicas, la difusión de las ideas ilustradas y la persistencia de una profunda tradición católica. Como una de las grandes casas nobiliarias del reino, los duques de Osuna emplearon su poder económico, político y simbólico para ejercer un activo mecenazgo cultural y un sólido patrocinio religioso, reforzando así su prestigio social y su influencia territorial, con efectos visibles en sus villas y estados, entre ellos El Arahal.

Escudo de la Casa de Osuna

Escudo de la Casa de Osuna
A esta dinámica se sumó la actuación de la baja nobleza local y de determinados grupos acomodados de la villa, que, siguiendo la misma línea de mecenazgo promovida por la propia casa de Osuna, participaron activamente en la financiación de obras religiosas, en el embellecimiento de templos y capillas, en el sostenimiento del clero y en el impulso de iniciativas asistenciales y educativas. Este mecenazgo local contribuyó de manera decisiva a la configuración del paisaje urbano, artístico y social de El Arahal durante la centuria.
La vida religiosa alcanzó una especial relevancia, marcada por la influencia de destacadas personalidades y estamentos eclesiásticos, cuyas raíces se remontaban a siglos anteriores, pero que en el siglo XVIII alcanzaron su momento de mayor proyección. Ello se explica no solo por el elevado número de eclesiásticos que formaban parte de la sociedad arahalense, sino también por la notable influencia que ejercieron en los distintos ámbitos de la vida local. Asimismo, se consolidaron las órdenes conventuales establecidas en la villa desde los siglos XVI y XVII, que, apoyadas por este entramado de patronazgo nobiliario y vecinal, afianzaron el peso de la religiosidad como elemento vertebrador de la sociedad de El Arahal en plena centuria ilustrada.

La vida religiosa en el siglo XVIII

La vida religiosa en el siglo XVIII
Hay documentación fehaciente sobre este importante papel, por un lado un documento fechado a treinta de abril de mil setecientos seis sobre alistamiento de las personas nobles de Arahal, ante Juan de Morillas, escribano de Cabildo y principal contador, siendo corregidor Diego Vallehera y acalde por el estado de los hijosdalgo D. Pedro José Catalán de Bohórquez, en la que se relacionan un listado nominativo y por domiciliación de los mismos.
Asimismo los distintos catastros del siglo XVIII reflejan las características de la población arahalense, especialmente el catastro de Ensenada de 1756 y el posterior cotejo y comprobación del mismo en el año 1761 finalizado en 1763 y del que obtendremos los datos que aportamos en este comentario.
Según el cotejo realizado, la villa de El Arahal contaba en el año 1763 con 1.242 vecinos, lo que equivale a una población estimada de entre 5.600 y 6.200 habitantes. Esta cifra refleja un notable crecimiento demográfico en relación con el Catastro de Ensenada, elaborado unos años antes, ya que en ese periodo se registró un aumento de 142 vecinos, es decir, un crecimiento aproximado del 12 %.
El documento también ofrece información sobre la mortalidad de la población adulta desde la fecha del citado catastro. En total, se contabilizaron 196 vecinos fallecidos, lo que supone una tasa de mortalidad anual del 27,3 por mil. Este dato se sitúa ligeramente por debajo de la media habitual en la ciudad de Sevilla durante esas mismas fechas, que rondaba el 30 por mil.
Desde el punto de vista social, la nobleza mantenía una presencia estable en la villa. En este periodo se registran 54 vecinos pertenecientes a este estamento, lo que representaba un 4,8 % de la población total. Su número apenas varió desde comienzos de siglo, salvo la incorporación de cinco nuevos hidalgos que, como ya se ha señalado, siguieron la línea de mecenazgo impulsada por la Casa de Osuna. Familias como los Torres Mantilla, Thamarís, de Vega, Sancho Catalán, Roldán, Portillo, Suárez de Figueroa, Calderón, Laína y Pernía, Arias de Reina o Ramírez Barrionuevo, entre otras, desempeñaron un papel destacado en la vida religiosa y social de la villa.

Comprobación y cotejo del libro intitulado extracto de las Respuestas Generales respectivo a esta Vª del Arahal

Comprobación y cotejo del libro intitulado extracto de las Respuestas Generales respectivo a esta Vª del Arahal
Estos linajes colaboraron estrechamente con las instituciones religiosas locales, especialmente con el Hospital de la Santa Caridad y Misericordia, las hermandades y cofradías, los conventos y, de forma muy significativa, con el sostenimiento de las capellanías. Estas últimas, creadas mediante la donación de bienes o capital por parte de particulares o familias, garantizaban el mantenimiento de un capellán a cambio del cumplimiento de determinados oficios religiosos. Aunque su origen se remonta a la Edad Media, las capellanías alcanzaron su máximo desarrollo durante el Antiguo Régimen, especialmente en el siglo XVIII.
En El Arahal, este fenómeno se manifiesta de forma muy clara, con más de cien capellanías en manos de eclesiásticos locales y otro centenar gestionadas por clérigos de la comarca. Estas instituciones llegaron a controlar un elevado número de propiedades rústicas y urbanas, además de otros bienes vinculados a obras pías y fundaciones religiosas.
No solo los más de sesenta religiosos de la villa se beneficiaron de estas capellanías, sino también los conventos. En estos casos, la donación directa tuvo un papel fundamental. Así ocurrió, por ejemplo, con el convento de los Mínimos de Nuestra Señora de la Victoria, que en 1545 recibió una importante suma de dinero del IV Conde de Ureña y de su esposa, doña María de la Cueva. Dado que la mayor parte del término de El Arahal pertenecía al Duque de Osuna, estas inversiones se dirigieron principalmente a tierras situadas en otros términos municipales como Morón, Marchena o Carmona, mientras que en la villa se adquirieron sobre todo fincas urbanas. El convento llegó a contar con veintidós religiosos entre sacerdotes y legos.

D. Juan Téllez Girón. IV Conde de Ureña

D. Juan Téllez Girón. IV Conde de Ureña
Una situación similar vivió el Hospital de la Santa Caridad y Misericordia, que recibió una generosa donación de doña Ana María de la Fuente, vecina de El Coronil. La herencia, valorada en ocho mil ducados —cerca de cien mil reales—, permitió ampliar considerablemente el hospital, adquiriendo numerosas casas tanto a su alrededor hasta alcanzar prácticamente su extensión actual, como en otras zonas de la localidad y de la vecina Paradas, además de numerosas fincas rústicas en los términos de Marchena y Paradas.
Por su parte, el convento de las Reverendas Madres Dominicas se consolidó como otro importante centro religioso gracias a la donación de trescientas fanegas realizada por el hacendado Bartolomé Arias de Reina y su esposa doña Luisa, a lo que se sumaba la dote obligatoria que debían aportar las jóvenes que ingresaban en la comunidad. Según el Catastro de Ensenada, el convento llegó a albergar hasta treinta monjas de clausura, dieciséis de ellas con un notable patrimonio.
El convento de San Roque fue, en comparación, el que contó con menor volumen de bienes, aunque algunos de sus presbíteros gestionaron capellanías. Fundado en 1624 por la Congregación Franciscana de los Alcantarinos, seguidores de la reforma impulsada por San Pedro de Alcántara, llegó a contar en este periodo con veinticuatro religiosos.
A este amplio entramado religioso se sumaban las hermandades, que también poseían importantes bienes rústicos y urbanos. El cotejo del catastro de Ensenada recoge la existencia de catorce hermandades, entre ellas las de Jesús Nazareno, Consolación, Ánimas Benditas, Santísimo Sacramento, Nuestra Señora de la Aurora, Consolación de la Victoria, Rosario, San Sebastián, Vera Cruz, San Antonio, Santo Cristo de la Misericordia, San Pedro o el Santísimo Cristo de los Treinta y Tres Hermanos.
Todo ello explica que la población eclesiástica representase en torno al 16 % de los vecinos de la villa y controlase entre un 5 % y un 8 % de las tierras del término municipal —unas dos mil fanegas—, además de propiedades en municipios cercanos como Morón, Utrera, Marchena, Paradas o Carmona, y un importante número de inmuebles urbanos.
La mayoría de estas propiedades se explotaban en régimen de arrendamiento, tanto las fincas rústicas como las urbanas. En algunos casos concretos, como el hospital o los conventos, ciertas tierras eran trabajadas directamente por estas instituciones, empleando jornaleros asalariados y contando con animales y aperos de labranza. El resto de las tierras se arrendaban, siendo muy demandadas por los labradores, ya que los contratos solían ser de larga duración, a diferencia de los de las tierras del duque o de la nobleza, que generalmente se limitaban a tres o cuatro años.
Este sólido nivel económico favoreció un intenso mecenazgo, tanto por parte de la nobleza como del clero, que impulsó no solo la vida espiritual y cultural, sino también el desarrollo urbanístico de la villa. Según el Catastro de Ensenada, El Arahal contaba con dos maestros dedicados a la enseñanza infantil, una labor fundamental para combatir el elevado índice de analfabetismo de la época. A ello se sumó la creación de capellanías destinadas a la enseñanza de Teología, Gramática, Filosofía y Retórica en los conventos de los Mínimos de la Victoria y de los Franciscanos de San Roque.
Gracias a esta formación, numerosos arahalenses pudieron asumir responsabilidades relevantes, incluso fuera de la villa, participando en la evangelización del Nuevo Mundo. Destacan figuras como el jesuita Bartolomé de Monroy a finales del siglo XVII, así como los frailes Juan de Toro, Pedro de Humanes o Alonso Bommas, ejemplo del alto nivel de formación religiosa alcanzado en El Arahal.
Este impulso cultural tuvo también reflejo en el urbanismo. A mediados del siglo XVIII, El Arahal contaba con cuarenta y nueve calles y más de ochocientas casas. Se abrieron nuevas vías, se reorganizó el trazado urbano y se modificaron los nombres de muchas calles, adaptándolos a nuevas realidades y devociones. Ya figuran en el callejero arahalense nuevas calles como la de Pacho, Veracruz, Mercadillo, Lorio, Cruz, San Pedro o Miraflores, amén de cambios en las nomenclaturas apareciendo las calles San Sebastián, Colmena, Plaza de la Corredera, María Beltrán, Atahonas, Pilar o Matheo Ruiz.

Plaza de la Corredera, antigua Plaza Nueva. Fotografía de A. Pereira

Plaza de la Corredera, antigua Plaza Nueva. Fotografía de A. Pereira
El desarrollo urbanístico trajo consigo un notable florecimiento artístico. El florecimiento artístico fue igualmente notable. Trabajaron en la villa destacados pintores, arquitectos y artesanos. Las iglesias se enriquecieron con pinturas murales, retablos dorados, órganos, piezas de orfebrería y obras llegadas desde América, testimonio de la conexión de El Arahal con el mundo atlántico.
En este período, la villa se convirtió en centro de atracción de las figuras más relevantes de los diferentes campos artísticos:
El campo de la pintura, coincidieron en Arahal en este período grandes figuras comarcales como la de Estanislao Caro, autor de las pinturas murales de la iglesia de Ntra. Sra. del Rosario en 1755 o el sevillano Juan de Espinal, que trabajó en la iglesia del Santo Cristo, decorando con pinturas murales la techumbre del presbiterio y camarín del Cristo o la magnífica obra titulada Alegoría de la muerte, vinculada al simbolismo del Árbol de la vida, documentada en 1723, ubicada en el convento de San Roque.
A ello se sumaron otrass valiosas obras de orfebrería procedentes de América, como el copón de Pedro Valenzuela, una obra de estilo rococó, donado por una arahalense José Fernández y realizado en Guatemala, en 1755, que lo regaló al convento de San Roque.
En el campo arquitectónico, igualmente la villa de El Arahal fue escenario de encuentro de reconocidos alarifes, como el caso de la presencia de los Ruiz Florindo, una familia de Fuentes de Andalucía que trabajó por toda la comarca y que dejaron su sello igualmente en nuestra localidad, reflejada en las portadas de muchas de las casas señoriales distribuidas por el casco urbano, como la portada de la casa del marqués de la Peña de los Enamorados u otras otras religiosas, como la terminación de la iglesia del Santo Cristo o la obra de la iglesia de la Veracruz o ya a finales de siglo la de Lucas Cintora y Fernando Rosales, directores de la obra de la parroquia de Santa María Magdalena que se iniciaron en 1784 y concluyeron en 1800.

Plaza-Antonio-Ramos-(años-50-60)

Plaza-Antonio-Ramos-(años-50-60)
O también en el campo de la carpintería, con la presencia de verdaderos retablistas que también trabajan en esta villa. En este caso son los Tomás Guisado, la familia que trabaja a lo largo de la segunda mitad de siglo, en el retablo mayor de la iglesia de San Roque, obra de Tomás Guisado, el viejo o la del retablo mayor de la iglesia del Santo Cristo, obra de su hijo, Tomás Guisado el joven; también otra familia, la de Vitorino Casau que interviene en el coro de la parroquia o en el retablo de Ntra. Sra. de los Dolores del Santo Cristo, en la que colaboraron también sus hijos Francisco, Vicente y Bruno. También destacó el arahalense Miguel Carreño, autor del dorado del retablo del Santo Cristo.

Retablo de la iglesia del Santo Cristo. Fotografía de A. Pereira - Arahal_1925

Retablo de la iglesia del Santo Cristo. Fotografía de A. Pereira - Arahal_1925
Por último, el arte musical también dejó su huella en este siglo. La villa de El Arahal pudo disfrutar del órgano parroquial, obra de Francisco Pérez de Valladolid que ocupaba el cargo de Maestro mayor de fábricas del arzobispado de Sevilla y del ya mencionado Victorino Casaus, que fue inaugurado el treinta y uno de mayo de mil setecientos sesenta y uno.
Todo este proceso convierte al siglo XVIII en una de las etapas de mayor esplendor cultural, artístico y urbanístico de la historia de El Arahal. Un siglo en el que la Iglesia, la nobleza y la sociedad local supieron conjugar tradición y modernidad, bajo el decisivo impulso del ducado de Osuna y, en especial, del IX duque, don Pedro de Alcántara Téllez-Girón.
Un legado que aún hoy sigue formando parte de la identidad histórica y cultural de la villa.

Sonia Camacho
Sonia Camacho es directora de Bética de Comunicación y fundadora de Estudio 530. Comunicadora andaluza...




