Cuando el orgullo descarrila
La firma de Antonio Mariscal en Hoy por Hoy Jerez

Jerez de la Frontera
Llevamos ya años acumulando incidencias en los ferrocarriles. Retrasos, averías, trenes detenidos en mitad de la nada. Lo que antes era una excepción hoy se ha convertido en rutina. Y eso debería preocuparnos, porque el tren fue durante hasta hace poco un orgullo patrio: un símbolo de modernidad, de cohesión, de servicio público fiable. Viajar en tren significaba confianza absoluta, garantía de llegada en tiempo y forma.
El accidente de Adamuz no lo podemos ver como un hecho aislado ni como una fatalidad inevitable. Llega después de años de señales, de avisos, de la sensación creciente de que la excelencia ferroviaria se ha cambiado por el parche de latón. Si esto se queda en minutos de silencio y en comunicados de prensa, habremos aprendido cero patatero, porque cada familia que hoy está llorando a los que se han ido, necesitan saber que su dolor no fue “mala suerte”. Que alguien decidió prioridades, presupuestos, ritmos… y falló.
No podrán devolvernos a quienes ya se han ido. Pero sí podemos exigir que como mínimo que nadie más se suba a un tren en España con la sensación de que, en este país la seguridad es una segunda opción. Debe haber responsabilidades reales, para que no descarrile también nuestra dignidad como ciudadanos.




