El accidente de Marmolejo de 1971: una tragedia ferroviaria que resurge en la memoria colectiva tras el siniestro de Adamuz


El reciente accidente ocurrido en Adamuz ha reabierto viejas heridas y ha traído a la memoria otros episodios trágicos de la historia ferroviaria en la provincia. Uno de ellos tuvo lugar en septiembre de 1971 en el término municipal de Marmolejo, cuando un tren talgo colisionó con un convoy de mercancías en la línea Madrid-Málaga, provocando una docena de víctimas mortales y numerosos heridos.
Más de cincuenta años después, este accidente ha sido rememorado públicamente por Monserrat Rayo, hija de Luis Rayo Olmo, sargento de la Guardia Civil destinado entonces en Marmolejo, quien dirigió y coordinó las labores de rescate en unas condiciones extremadamente precarias. Su testimonio, en esta casa, en una entrevista en SER Andújar, ha compartido recientemente el recuerdo colectivo de un suceso que, pese al paso del tiempo, dejó una huella imborrable en la población.
Un choque en plena noche y sin apenas medios
El accidente se produjo de madrugada, cuando el tren Talgo —considerado entonces la “alta velocidad” de la época— impactó contra un tren de mercancías que circulaba lentamente por un problema de coordinación ferroviaria. El choque, de enorme violencia, se escuchó a varios kilómetros de distancia, llegando incluso al núcleo urbano de Marmolejo. El estruendo alertó a vecinos de la localidad y de la aldea cercana de San Julián, que acudieron de inmediato al lugar del siniestro sin esperar a ser llamados.
En aquel momento, los recursos de emergencia eran prácticamente inexistentes. No había bomberos especializados, ni unidades de excarcelación, ni grúas capaces de estabilizar los vagones. La noche era cerrada y la única iluminación procedía de linternas. Los vehículos no podían acceder hasta el punto exacto del accidente, lo que obligó a realizar los rescates a mano, en un escenario de extrema peligrosidad debido a la inestabilidad de los vagones y a las chapas metálicas retorcidas y cortantes, así lo ha explicado Montserrat.
La respuesta de la Guardia Civil y los vecinos
Luis Rayo Olmo, como responsable del puesto de la Guardia Civil de Marmolejo, organizó un dispositivo de emergencia improvisado en el que participaron guardias civiles, vecinos y voluntarios. Con herramientas del campo, restos de vagones y la fuerza de las manos, se fabricaron camillas improvisadas para evacuar a heridos y fallecidos. Los coches particulares de los vecinos se convirtieron en ambulancias improvisadas para trasladar a los heridos primero a Andújar y, posteriormente, a hospitales de Madrid y otros centros según la gravedad de las lesiones.
Durante tres días y tres noches, el operativo trabajó sin descanso. Muchos de los participantes apenas comieron, no solo por la falta de tiempo, sino por la dureza de las escenas que presenciaban. Las esposas de los guardias civiles, al igual que otras mujeres del pueblo, preparaban comida que apenas podía ingerirse, en un ambiente marcado por el agotamiento físico y el impacto emocional. Como recuerda Monserrat, “No había apoyo psicológico ni medios de atención emocional como ahora; cada cual gestionaba el trauma como podía”.
Entre los episodios que más profundamente marcaron a la familia Rayo se encuentra el rescate de una mujer gravemente herida que había quedado desnuda tras el impacto. Ante el riesgo extremo del vagón, Luis Rayo decidió entrar solo para evitar que otros pusieran en peligro su vida. Utilizando papeles de periódico, cubrió el cuerpo de la mujer para preservar su dignidad antes de sacarla al exterior. Junto a ella, yacía sin vida el niño que viajaba a su lado, una imagen que, según relata su hija, acompañó a su padre durante el resto de su vida. “Para mi padre, el significado fue una marca humana importante; el escenario fue dantesco”, comenta Monserrat.
Meses después del accidente, el sargento recibió una carta de agradecimiento del prior del Monasterio de El Escorial, quien había investigado quién fue el guardia civil que rescató a una amiga suya con respeto y humanidad en medio del caos. Sin embargo, aunque se tramitó la concesión de la Medalla al Mérito de la Beneficencia, esta distinción nunca llegó a entregarse oficialmente, una circunstancia que dejó una profunda herida personal y profesional en quien consideraba el servicio a la comunidad como una vocación. Como recuerda Monserrat, “Él hubiera cambiado todas las medallas por esta; para él, el servicio a la comunidad estaba en su ADN”.


Un recuerdo imborrable
Monserrat Rayo recuerda con claridad el impacto que aquel suceso tuvo en su infancia. Tenía once años cuando vio salir a su padre junto al resto de guardias civiles y cuando lo vio regresar días después, exhausto y profundamente abatido. “No hablaba de lo que había visto, pero se le notaba en la mirada”, explica. En una época sin atención psicológica para los intervinientes, los traumas se asumían en silencio.
El accidente dejó una huella imborrable no solo en los profesionales que actuaron, sino también en los vecinos que colaboraron. Muchos de ellos eran padres de niños que, años después, han expresado su agradecimiento por haber recuperado la memoria de aquel episodio. Como relata Monserrat, “Aquello nos marcó a todos, éramos muy pequeños y vimos llegar a nuestros padres abatidos por lo que había pasado”.
Memoria, reconocimiento y reflexión
El recuerdo del accidente de Marmolejo ha cobrado nuevo sentido tras el reciente siniestro de Adamuz. Para Monserrat Rayo, mantener viva esta memoria es una forma de rendir homenaje a las víctimas, a los heridos y a quienes arriesgaron su vida para salvar a otros. También es una llamada a no mirar hacia otro lado ante el dolor y a investigar con rigor las causas de cada tragedia para evitar que se repitan. “Es importante ponerlo en paralelo con lo que ocurre ahora y recordar que estos miembros de la Guardia Civil, sanitarios y voluntarios, vivieron traumas que todavía impactan”, subraya.
Actualmente, Rayo está intentando que se revise el expediente de reconocimiento a su padre, con el objetivo de que se haga justicia simbólica y se reconozca oficialmente una labor que fue esencial para salvar vidas en uno de los episodios más duros vividos en la comarca.
Más de medio siglo después, el accidente ferroviario de 1971 en Marmolejo sigue siendo un recordatorio del valor de la solidaridad, del sacrificio silencioso y de la necesidad de preservar la memoria colectiva como herramienta para construir un futuro más seguro y humano.




