Veintisiete años
El subdirector de Diario de Sevilla, Carlos Navarro Antolín, homenajea a Fernando, el maquinista sevillano que ha fallecido en el accidente trágico de Barcelona
Carlos Navarro Antolín: Veintisiete años
Veintisiete no es edad para morirse porque casi no se ha empezado a vivir. Nadie debe morir en el trabajo, que debe ser fuente de bienestar. Ningún viajero debe morir en un tren. Sabemos que moriremos, somos finitos, aunque algunos viven en la ilusoria convicción de ser inmortales. Necesitamos certezas para desenvolvernos en este mundo. Amanece, trabajamos, cumplimos con las obligaciones domésticas y nos ilusionamos con el fin de semana. La felicidad, que se basa en el equilibrio, está siempre en el orden y en la sencillez. Fernando se fue de Sevilla para ganarse la vida, ese futuro que permite desarrollar planes, cumplir ilusiones y, sobre todo, sentirse realizado mediante el servicio a la sociedad. Pero se quedó en el tren donde desarrollaba las prácticas como maquinista.
El invierno de su vida llegó en enero, la metáfora ha sido cruel. Su ciudad conocía esta mañana la confirmación de la fatalidad cuando, ironías del destino, caía una lluvia fina sobre Sevilla, adoquines mojados por lágrimas, por la existencia arrebatada a un joven de los nuestros, de su hermandad, de su peña futbolística, a un joven con una vida arraigada en la tierra que le vio nacer.
Lloramos y meditamos. Necesitamos entender, encontrar explicaciones y, cómo no, la paz necesaria para recuperar esas certezas. Hay demasiado ruido, probablemente necesario. Y parece que el debate público estuviera a punto de estallar como en los garrotazos del lienzo de Goya.
Necesitamos la luz de la primavera que nos saque de este invierno de fatalidades, una vez enterrados nuestros muertos y honrados como se merecen. Investiguen las causas de las tragedias, la de Córdoba y la de Barcelona; especulen, debatan, confronten teorías y obtengan conclusiones, pero que acaben estos días y recuperemos la certeza y la serenidad sobre la base de la justicia y la memoria.
Necesitamos coger aire para seguir, creer que nadie se muere en su trabajo con solo 27 años. Toca asumir el dolor, ese que siempre estamos rehuyendo porque, en el fondo, somos frágiles. Lloran los cielos de la ciudad la muerte de uno de los suyos. Descanse en paz Fernando, con nombre de patrón, de santo, de rey bueno. Veintisiete años no es edad para morirse.