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Calles con historia: cómo el siglo XVIII dibujó el mapa del Arahal actual

Un recorrido por el urbanismo, las costumbres y la vida cotidiana que dieron forma al pueblo que aún habitamos

Arahal

Rafael Martín, cronista oficial de la Ciudad - COMENTARIO Nº 98

COMENTARIO Nº 98 EL URBANISMO EN EL ARAHAL DEL SIGLO XVIII

COMENTARIO Nº 98 EL URBANISMO EN EL ARAHAL DEL SIGLO XVIII

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En este nuevo comentario vamos a completar un amplio recorrido por la historia local de la villa de El Arahal durante el siglo XVIII, deteniéndonos hoy en un aspecto clave para entender su evolución: el urbanismo.

En el siglo XVIII, El Arahal seguía formando parte del señorío del Duque de Osuna, dentro del sistema del Antiguo Régimen. Esta vinculación señorial se remontaba a la segunda mitad del siglo XV, concretamente al año 1477, cuando la casa de los Téllez-Girón, condes de Ureña y más tarde duques de Osuna, adquirió la jurisdicción sobre El Arahal y otros lugares de la campiña sevillana, como Morón, de la que dependió administrativamente hasta que en 1554 obtuvo el título de villa.

Los primeros vecinos de El Arahal, unos 290 vasallos, se asentaron en la zona más elevada del lugar, un suave promontorio sobre la llanura, en torno a la iglesia parroquial de Santa María Magdalena y la ermita del Santo Cristo, junto al nacimiento del arroyo del Matadero. Este espacio, conocido entonces como la calle de la Fuente —posteriormente calle Pilar y Plaza Vieja—, era un importante cruce de caminos y punto de parada para el ganado, con abrevaderos que daban sentido al topónimo árabe Árahal. Hoy corresponde a la Plaza Vieja, la plaza del Santo Cristo y calles como Mina, Mogrollos, Consolación, Misericordia, Marchena o Pilar.

Desde este núcleo inicial comenzó la expansión urbana a lo largo del siglo XVI. El crecimiento demográfico fue notable, superándose el millar de vecinos hacia 1570. Esta expansión tuvo una clara orientación espiritual y territorial, ya que el caserío fue avanzando desde el centro hacia las distintas ermitas de la villa: al sur, hacia San Juan de Letrán —actual iglesia de la Veracruz—; al este, hacia San Roque; al suroeste, hacia Madre de Dios del Campo; y al sureste, hacia la ermita de la Victoria, antes dedicada a San Sebastián. De este modo se configuró un entramado urbano de carácter rural, compuesto por unas treinta y ocho calles de notable extensión.

A finales del siglo XVI se produjo una nueva ampliación, vinculada al aumento de población, como reflejan los documentos relacionados con la ampliación de la ermita del Santo Cristo. En este momento aparecen nuevas calles, como Duque, Puerta de Osuna o Puerta de Utrera.

El siglo XVII supuso un segundo impulso urbanístico. Desde sus primeras décadas se documentan nuevas calles y viviendas en El Arahal. Calles como Pacho, Huerta, Óleo —más tarde Lorio—, San Roque, Cruz, San Pedro, Segura o Miraflores se incorporan al entramado urbano. A finales de este siglo, la villa contaba con cuarenta y nueve calles, tras la desaparición de algunas y la división de otras, como la antigua calle San Juan, que dio lugar a Veracruz y Mercadillo de la Iglesia.

Salvo el núcleo primitivo, con calles estrechas y sinuosas adaptadas al relieve, la mayor parte de las vías surgidas en estas ampliaciones carecían de empedrado y eran de tierra apisonada. En invierno se convertían en auténticos barrizales y en verano levantaban nubes de polvo. No existía alcantarillado ni red de abastecimiento de agua, por lo que los vecinos dependían de pozos y fuentes situadas en puntos estratégicos de la localidad.

Durante el siglo XVIII, pese a las reformas ilustradas impulsadas por la monarquía borbónica, El Arahal no experimentó una planificación urbana racional. Su condición de señorío limitó la intervención directa del Estado, por lo que el urbanismo continuó siendo el resultado de una evolución histórica prolongada, con profundas raíces bajomedievales.

Al encontrarse en un territorio llano, propio de la campiña sevillana, las calles eran generalmente más amplias y menos sinuosas que en los núcleos serranos, lo que facilitaba la circulación de personas, animales y productos agrícolas. El viario conectaba directamente el núcleo urbano con los caminos rurales y las tierras de labor, reflejando la estrecha relación entre la villa y su entorno agrícola. De ahí la denominación de calles como Sevilla, Marchena, Morón, Puerta de Osuna o Puerta de Utrera.

Este crecimiento urbano vino acompañado de importantes reformas en viviendas pertenecientes a la nobleza local. En El Arahal trabajaron algunos de los mejores maestros alarifes de la comarca, como los Ruiz Florindo, de Fuentes de Andalucía, o grandes maestros de obras como Pedro Manuel Godoy, de Osuna, junto a oficiales locales como Luis Limones. Supervisaron estas obras el maestro alarife de la villa, don Bartolomé Martín, y otros como Pedro Suárez Pacheco, Martín Garrido o Manuel Cortés, además de arquitectos sevillanos de primer nivel como Ambrosio de Figueroa, Fernando Rosales o Lucas Cíntora.

De este período datan destacadas fachadas señoriales, como la de la calle Misericordia, perteneciente a los marqueses de la Peña de los Enamorados, las de las calles Iglesias y Veracruz, la antigua portada del palacio de los Torres en la calle Matheo Ruiz o la existente en Pozo Dulce, entre otras.

Fotografía de Guía Artística de Arahal

Esta imagen muestra una de las fachadas del siglo XVIII, representativa de la arquitectura señorial andaluza, concretamente de Arahal. Es una portada barroca en piedra, ricamente labrada que presenta decoración escultórica con molduras, relieves y un escudo heráldico en la parte superior, símbolo de poder y linaje. Su composición es simétrica, con puerta principal situada en el eje central y sobre ella se dispone un balcón, lo que aporta equilibrio al conjunto, con barandilla de hierro. Refleja igualmente un contraste de materiales, el de la portada de piedra tallada frente al muro encalado que denota cierta sobriedad ornamental del conjunto. Este tipo de fachada no solo cumplía una función residencial, sino también simbólica, mostrando el estatus social y económico de sus propietarios. Posiblemente esta casa era propiedad de Francisco de Torres Mantilla

Estas casas aparecen recogidas en el primer censo del siglo XVIII, el llamado censo de nobles, que menciona cuarenta y nueve caballeros hidalgos y sus domicilios, situados principalmente en calles céntricas como Mercadillo, Veracruz, Corredera, Duque, Madre de Dios, Segura —actual General Marina—, Doña Luisa, Pozo Dulce, Portillo, San Sebastián o Sevilla. La modificación del Catastro de Ensenada, elaborado entre 1759 y 1761 y publicado en 1763, confirmó estos datos y ofrece una valiosa información sobre el urbanismo de la villa.

El núcleo central seguía organizado en torno a la iglesia parroquial y la ermita del Santo Cristo, en la Plaza Vieja, donde también se ubicaba aún el edificio del cabildo municipal. Esta plaza era el principal espacio cívico y religioso de la villa, aunque a lo largo del siglo se fue desplazando hacia la plaza Nueva.

Las casas de esta zona solían ser viviendas de mayor tamaño y calidad constructiva, que integraban frecuentemente dependencias agrícolas —corrales, almacenes o cuadras—, lo que pone de manifiesto la falta de separación entre espacio residencial y espacio de trabajo, característica de las sociedades rurales del siglo XVIII. Razón por la que la superficie de las mismas era bastante extensa, llegando a ocupar entre doscientos y trescientos metros cuadrados un 35% de ellas y más de trescientos, un 21%. Se observa que en la zona céntrica calles como María Luisa, la Laguna, Consolación, Matheo Ruiz, Portillo, Serranos, Veracruz, Mercadillo, Corredera, Álvaro de Paz, Plaza Vieja, entre otras no eran precisamente las que mayor número de casas tenían.

Lo habitual eran casas entre cien y doscientos metros cuadrados, dado que también en ellas existían los corrales y cuadras para los animales de tiro, especialmente las jumentas que era muy habitual, entre los jornaleros, aunque, como en el caso de los cerca de setenta arrieros que había en la villa, las casas eran incluso más amplias por mayor amplitud de sus cuadras.

En las zonas más exteriores del casco urbano, la superficie de las casas en muchos casos no llegaban a los cien metros cuadrados.

Según la corrección y modificación del Catastro de Ensenada, El Arahal contaba entonces con cincuenta calles y 847 casas, distribuidas de forma muy irregular. Algunas calles céntricas tenían apenas entre tres y seis viviendas, mientras que otras, como Membrilla, alcanzaban las setenta y una casas y concentraban entre trescientos y cuatrocientos habitantes. Otras calles muy pobladas eran Madre de Dios, Puerta de Osuna, Miraflores o San Pedro.

Foto del archivo de Alfonso Pereira.

El casco urbano albergaba también numerosas asesorias: tiendas, atahonas, zapaterías, carpinterías, mesones, hornos, herrerías, tabernas y bodegas, junto a cuarenta y tres lagares y treinta y cinco almazaras, de ellas sólo seis se encontraban fuera del casco urbano, entre los cortijos y haciendas, como la la de la Mata o la de las Monjas y el resto se encontraban situadas tanto en los límites del núcleo urbano como en su interior.

Antiguo molino del siglo XVIII. Archivo fotográfico de A. Pereira

La jerarquización social del Antiguo Régimen se reflejaba claramente en la localización y tamaño de las viviendas. Las casas del centro urbano, especialmente en torno a la Plaza de la Corredera, que por primera vez aparece con su nombre actual , eran más amplias y de mejor calidad constructiva, integrando corrales, almacenes y cuadras, lo que evidencia , como indicamos antes, la escasa separación entre espacio residencial y productivo.

La arquitectura doméstica respondía al modelo tradicional de la campiña sevillana: casas encaladas, de una o dos plantas, con fachadas sobrias y un patio central que articulaba la vida doméstica y laboral. La planta superior, conocida como soberao, se destinaba al almacenamiento de grano.

Foto de Guía Artística de Arahal

Junto a ella, el tipo de casa de jornalero, una vivienda tradicional y humilde de arquitectura sencilla, de una sola planta, sin elementos decorativos elaborados, lo que sugiere un uso funcional más que estético, de fachada blanca, puertas y ventanas simples, que refuerzan la idea de una vivienda modesta y con una total integración en la calle, al dar directamente a la misma. En conjunto, este tipo de construcción nos transmite austeridad, funcionalidad y tradición, asociadas a una vivienda popular de clase trabajadora

Foto de guía artística de Arahal

En El Arahal era muy elevada la proporción de población arrendataria. La propiedad se concentraba en manos de la Iglesia y las élites locales, mientras que gran parte de jornaleros, artesanos y pequeños comerciantes accedían a la vivienda mediante alquiler. Los precios eran bajos, entre 16 y 200 reales anuales, y los solares se arrendaban a largo plazo para fomentar la edificación, una práctica habitual que favoreció el crecimiento urbano de la villa.

Estos arrendamientos que permitieron el crecimiento urbano de muchas villas, entre ellas, aseguraban rentas fijas a instituciones religiosas y élites sociales y generaron una dependencia estructural del alquiler, especialmente entre las clases populares.

En definitiva, el desarrollo urbano de El Arahal entre los siglos XVI y XVIII fue el resultado de un crecimiento progresivo, condicionado por factores demográficos, económicos, religiosos y sociales propios del Antiguo Régimen. Un urbanismo orgánico, sin planificación racional, pero profundamente adaptado a las necesidades de una comunidad agrícola.

La trama urbana, la distribución de las viviendas y el predominio del arrendamiento reflejan una sociedad fuertemente jerarquizada, cuya huella aún es visible en el paisaje urbano actual de El Arahal.

Hasta aquí nuestro comentario de hoy.Gracias por acompañarnos una vez más en Arahal al día. Les habló Rafael Martín. Muy buenos días.

Sonia Camacho

Sonia Camacho

Sonia Camacho es directora de Bética de Comunicación y fundadora de Estudio 530. Comunicadora andaluza...

 

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