Redes Sociales: Prohibir para no regular

Redes Sociales: Prohibir para no regular
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Sevilla
La decisión anunciada por el Gobierno de España de prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años es, posiblemente, algo inevitable. Pero también va a ser muy difícil si no imposible de aplicar. Y, sobre todo, es la constatación de un gran fracaso. Inevitable, porque la realidad es alarmante, con datos conocidos, medidos y documentados. Uno de cada cinco menores sufre ciberacoso en redes y más de un tercio está expuesto a contenidos dañinos.
En Andalucía, los estudios avisan: nuestros niños y adolescentes se exponen incluso a un mayor peligro, por la menor cultura digital ligada a las condiciones socioeconómicas de muchas familias. Difícil de aplicar, porque serán precisamente las mismas plataformas que hoy amparan —y a veces incluso incentivan— el odio, la discriminación o un estado de ansiedad colectivo, las que tendrán que garantizar que ningún menor accede a ellas.
Además, a diferencia de otros ejemplos que se suelen poner sobre la mesa, como el alcohol o el tabaco, también prohibidos a menores, las redes sociales no son un producto. Son espacios. No se consumen: se habitan. En ellos se define nuestra identidad, nuestras relaciones y nuestra forma de estar en el mundo. Esta prohibición también es el reconocimiento de que durante demasiado tiempo ni la sociedad, ni las familias, ni las administraciones han sido capaces de poner pie en pared. Nadie ha marcado límites reales a las plataformas, que han ido siempre un paso por delante.
Frente a esa impotencia, la política opta ahora por una solución simple y de último recurso: si no podemos controlar lo que ocurre dentro, cerramos la puerta de entrada. La experiencia de otros países que han ensayado iniciativas similares no nos dan todavía demasiadas pistas sobre el éxito de esta medida.
En realidad, solo tendrá sentido si va acompañada de compromiso social, de responsabilidad familiar y de una estrategia pública de fondo, que refuerce la educación digital, la protección de la salud mental y la exigencia real a las plataformas de un algoritmo menos opaco y más humano.




