Huelva ante el espejo de su fragilidad
Urge mejorar y ampliar los protocolos de seguridad que no han sido suficientes para evitar esta tragedia

Huelva
Ayer se cumplió un mes de una herida que aún no se cierra. El accidente ferroviario de Adamuz llegó sin aviso y nos dejó a todos con una sensación de flaqueza e indefensión que sólo conocen quienes han mirado de frente a la tragedia. Cuarenta y seis ausencias irreparables. Veintiocho onubenses, llenos de proyectos e ilusión, fallecieron junto a las vías de un tren Alvia con destino a Huelva que, hasta hace apenas dos días, no había recuperado la normalidad en su circulación con Madrid.
La vida es, en ocasiones, un campo de minas, sostiene el cineasta Óliver Laxe en Sirat, la película que representará a España en los Oscar. Uno sale del cine tocado. La vida misma. Somos una escuadra hacia la muerte, escribió el dramaturgo Alfonso Sastre. Lo injusto, lo más cruel, es que nunca estamos prevenidos cuando la tragedia llega a destiempo. Adamuz nos ha colocado a todos frente a una evidencia incómoda: somos frágiles. Lo sabíamos, pero lo olvidamos entre rutinas, horarios y trayectos; en la confianza que depositamos en los actos más cotidianos, como la compra de un simple billete de tren. Una confianza que es necesario restablecer.
Urge mejorar y ampliar los protocolos de seguridad que —como ha reconocido el presidente Pedro Sánchez— no han sido suficientes para evitar esta tragedia. Urge recomponer la confianza de los onubenses en un tren que, desde hace muchos años, parece haberles dado la espalda, entre averías, demoras y un trazado entre Huelva y Sevilla que requiere casi dos horas para cubrir apenas 90 kilómetros. El trazado de la línea sigue siendo el mismo que se diseñó en el siglo XVIII.
Desde el primer momento, la investigación ha señalado a la fractura de la vía como causa del accidente. Huelva, que sabe de pérdidas, silencios y duelos, despidió a las víctimas con una misa funeral presidida por los reyes Felipe VI y Letizia. Una ceremonia en la que la voz de Liliana Saenz dejó palabras que ya forman parte de nuestra memoria compartida. No hay oratoria capaz de mitigar una ausencia, pero sí existe un lenguaje —el del cuidado, el del reconocimiento— que sostiene a las familias cuando todo se viene abajo.
Ahora, la búsqueda de la verdad no es un asunto ajeno ni abstracto: es una obligación de todos.




