El Señor de la Misericordia volvió a unir a todo un pueblo
Una rogativa del siglo XXI que ya vive en la memoria de Arahal

Fotografía de Nerea Bravo / Nerea Bravo

Arahal
Rafael Martín Martín, cronista oficial de la Ciudad - COMENTARIO Nº102

Rafael Martín Martín - COMENTARIO Nº 102 - EL VIACRUCIS DEL SEÑOR DE LA MISERICORDIA
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El comentario de hoy se centra en un acto inolvidable para el pueblo de Arahal: El Viacrucis extraordinario del Señor de la Misericordia, el Señor de Arahal.
El Viacrucis celebrado en la citada localidad, el pasado día catorce de febrero, ha quedado inscrito en la memoria del pueblo como una jornada que difícilmente podrá separarse del recuerdo colectivo. Bajo el título El Viacrucis del Señor de la Misericordia: Una rogativa del siglo XXI, el acto se desarrolló con la sobriedad y la hondura propias de las manifestaciones de fe que nacen de la tradición y de la historia compartida.
Eran las dieciséis y treinta horas, cuando el Señor de Arahal se alzó majestuosamente. Los porteadores quebraron el paso y Jesús salió a la plaza del Santo Cristo y fue mas luz, la luz. La imagen del Cristo dirigió su mirada hacia su pueblo, generando una sensación de encuentro, que muchos interpretaron como un gesto cargado de historia y significado espiritual.

Dial Europa

Dial Europa
En Arahal, el tiempo pareció abrir un puente entre siglos. Un recorrido con un profundo significado histórico, cuarenta y seis calles, muchas de ellas alejadas de los itinerarios habituales del culto externo. Evocaba el eco de los campos que fueron testigos de rogativas y plegarias, cuando la tierra negaba su fruto o acechaba la amenaza de las epidemias y el pueblo buscaba en su mirada el refugio que la vida le negaba. El recorrido se convirtió en una evocación silenciosa del pasado, en un regreso simbólico a aquellos momentos en los que la comunidad encontraba en la fe un refugio común frente a las adversidades.
Delante del Señor, una larga caravana de hermanos y hermanas, de vecinos y vecinas avanzaba con cirios que se fueron encendiendo y arropado detrás con una ingente multitud, entre la que se encontraba un magnífico coro, que dotó a esta celebración de una profundidad espiritual y musical sobresaliente. Con un repertorio cuidadosamente seleccionado y una ejecución impecable, el coro elevó los cantos litúrgicos a una categoría artística y devocional.
El número de participantes era significativo, reflejo del arraigo que la devoción al Señor de la Misericordia mantiene en la comunidad. Avanzaban con lentitud, en orden, con las manos firmes sosteniendo la luz de sus cirios, que fue iluminando suavemente el recorrido y parecía trazar un hilo de oración entre la imagen.
Esta procesión de luces fue un acto de recogimiento colectivo, austero y profundo. Cada cirio encendido representaba la fe personal de cada una de las personas participantes, y la suma de todas esas luces conformaba un río silencioso de espiritualidad que acompañaba al Señor durante todo su trayecto. Sus miradas, solemnes y centradas en la imagen, reforzaban la dimensión íntima y comunitaria de la jornada, haciendo visible el vínculo que une al pueblo con su Cristo a lo largo de los siglos.

Momento del recorrido. Fotografía de Fernando Gallardo. / Fernando Gallardo

Momento del recorrido. Fotografía de Fernando Gallardo. / Fernando Gallardo
El Viacrucis actual ha supuesto, por tanto, una recreación simbólica de aquellas prácticas penitenciales y suplicantes que formaron parte esencial de la religiosidad popular de Arahal. La instalación de azulejos conmemorativos, representando cada una de las estaciones del recorrido, constituye un elemento patrimonial de gran valor histórico y cultural. Estos testimonios materiales quedarán como referencia permanente de esta celebración, permitiendo que futuras generaciones conozcan no solo el itinerario seguido, sino también el significado espiritual y social que tuvo esta manifestación colectiva de fe. En ellos quedarán fijado no sólo el recuerdo de un recorrido, sino la huella espiritual de un pueblo que ha sabido transmitir su devoción a lo largo de los siglos.


Junto a esta caravana de hermanos y hermanas y de vecinos y vecinas, otro de los elementos que dotó al Viacrucis de un significado especialmente profundo fue la participación de los porteadores y porteadoras de las andas. Más de doscientas personas se ofrecieron para portar la imagen del Señor, configurando un gesto colectivo que reflejó con claridad la dimensión popular de la devoción. A lo largo del recorrido, los relevos se sucedieron con naturalidad y respeto, permitiendo que numerosos fieles pudieran participar de forma directa en el acompañamiento del Cristo.
Cada uno de ellos expresó su fe desde el silencio, desde el esfuerzo compartido y desde la responsabilidad de sostener, no solo el peso material de las andas, sino también el significado espiritual que representan. En sus rostros se adivinaba el recogimiento propio de quienes viven ese momento como una experiencia íntima. Sus miradas, dirigidas con frecuencia hacia la imagen, reflejaban una espiritualidad serena y profunda que acompañó al Señor durante todo el trayecto, convirtiendo su caminar en un acto de oración compartida.


Este acompañamiento espiritual se vio igualmente enriquecido por la presencia, por primera vez junto al Señor, de la Banda de Música de Mairena del Alcor. Sus interpretaciones musicales contribuyeron a reforzar el clima de solemnidad y recogimiento que marcó toda la jornada.
La banda supo adaptar su repertorio al carácter penitencial del Viacrucis, ofreciendo interpretaciones cargadas de sensibilidad y respeto que ayudaron a subrayar la intensidad emocional de numerosos momentos del recorrido. Cada composición se integró con naturalidad en el ritmo del cortejo, aportando una dimensión sonora que acompañaba la oración silenciosa del pueblo.
La seriedad, el equilibrio y la profundidad expresiva de sus interpretaciones permitieron que la música se convirtiera en un elemento más de la vivencia espiritual colectiva. Lejos de interrumpir el recogimiento, sus sones parecían envolver el caminar del Señor, guiando el paso de las andas y acompañando el sentimiento de los devotos que lo seguían.
La conjunción entre el esfuerzo de los porteadores, el silencio respetuoso del pueblo y la música solemne de la banda conformó una imagen de extraordinaria armonía espiritual que definió la esencia de este Viacrucis extraordinario.
Durante aproximadamente seis horas, el pueblo caminó junto al Señor envuelto en un recogimiento que se convirtió en la forma más elocuente de oración. No fue un silencio vacío, sino lleno de intención y de sentimiento compartido, en el que cada paso parecía marcar el ritmo de una plegaria colectiva. El tiempo, medido en horas, se percibió breve para quienes participaron desde la emoción y la contemplación.
Desde hace quinientos veinticinco años, el pueblo ha encontrado en el Señor de la Misericordia una referencia espiritual constante. Su presencia ha acompañado a generaciones enteras, ofreciendo consuelo en los momentos difíciles y esperanza ante las incertidumbres de cada época.
Lo vivido durante este viacrucis forma ya parte de la memoria colectiva, de esa historia íntima que se transmite de generación en generación y que mantiene viva la identidad espiritual de un pueblo que sigue encontrando en su Señor la fuerza para levantarse y continuar caminando.
A lo largo del recorrido se vivieron escenas que reflejaron con especial claridad la relación íntima entre el Señor y su pueblo.
La memoria detenida ante la residencia
Hubo también momentos en los que el tiempo pareció detenerse de forma especialmente intensa, como el vivido al paso del Señor ante la residencia de las Hermanas Franciscanas del Rebaño de María, comunidad que durante un siglo desarrolló su labor en el antiguo Hospital de la Santa Caridad y Misericordia.
Allí, la escena adquirió un carácter profundamente humano y conmovedor.
En la puerta de la residencia aguardaban los ancianos, acompañados por las hermanas. Sentados, serenos, algunos con las manos entrelazadas, otros sosteniendo discretamente un rosario, esperaban la llegada del Señor con la emoción que solo concede la memoria vivida. No era una espera cualquiera. Era el reencuentro con una presencia que durante décadas formó parte de su vida cotidiana.

Un momento del recorrido: El Santo Cristo en la Residencia “Madre Encarnación“ Fotografía de Fernando Gallardo / Fernando Gallardo

Un momento del recorrido: El Santo Cristo en la Residencia “Madre Encarnación“ Fotografía de Fernando Gallardo / Fernando Gallardo
Cuando la imagen se aproximó, muchas miradas se elevaron lentamente hacia Él. Algunas se humedecieron. Otras permanecieron fijas, como si quisieran retener aquel instante para siempre. Las manos se abrieron en un gesto espontáneo, sencillo, profundamente sincero, como quien recibe a alguien que nunca dejó de estar cerca.
Durante cien años, las hermanas dedicaron su vida al cuidado del enfermo, del necesitado, de quienes afrontaban sus últimos días en el hospital, y también al acompañamiento de la infancia, enseñando a leer, a escribir y a rezar a generaciones enteras. Entre aquellos muros, el Señor de la Misericordia fue presencia constante, silenciosa, cercana. Apenas lo separaban de los enfermos unos tabiques que dejaban pasar, sin ruido, esa forma invisible del consuelo que nace de la fe.
El paso del Viacrucis devolvió, aunque solo fuera por unos instantes, aquella cercanía antigua. En el rostro de algunos de los ancianos se adivinaba el recuerdo de los días en los que lo sentían compañero en el dolor, en la enfermedad o en la soledad. Y en la mirada de las religiosas se percibía la serenidad de quienes han dedicado su vida a prolongar, con sus manos, la misericordia que representa la imagen.
Fue un momento breve en el tiempo, pero inmenso en significado. Un encuentro entre la historia asistencial del pueblo y su devoción más arraigada. Un instante en el que la fe se hizo memoria viva.
Las calles abiertas al paso del Señor
En muchas de las calles por las que la imagen nunca había pasado, los vecinos se volcaron con una entrega silenciosa pero profundamente expresiva.
Las puertas de numerosas viviendas permanecieron abiertas mientras el Señor avanzaba, como si cada hogar quisiera ofrecer su interior para recibir su bendición. Aquellos umbrales abiertos no eran solo un gesto simbólico, sino la manifestación sencilla y sincera de un pueblo que deseaba compartir con la imagen lo más íntimo de su vida cotidiana. Desde las andas, el Cristo parecía asomarse a esas casas que lo aguardaban con respeto y emoción, en un encuentro breve pero cargado de significado.
En muchos puntos del recorrido, las manos de los vecinos se alzaban para ofrecer ramos de flores que eran depositados junto a la imagen. Cada ramo llevaba consigo una historia, una promesa, un agradecimiento o una súplica silenciosa. El continuo ofrecimiento de flores fue tiñendo el caminar del Señor de un lenguaje sencillo y universal, el lenguaje del afecto profundo y de la devoción transmitida de generación en generación.
Aquellas calles, que hasta ahora no habían visto pasar al Cristo, se convirtieron en escenario de una acogida espontánea y emocionada. El paso del Señor parecía sellar un vínculo nuevo con esos rincones del pueblo, integrándolos en la historia devocional compartida y permitiendo que sus vecinos sintieran de manera directa la cercanía de quien, para muchos, representa el consuelo en los momentos más difíciles.

Paso la calle Huertas. Fotografía de Fernando Gallardo / Fernando Gallardo

Paso la calle Huertas. Fotografía de Fernando Gallardo / Fernando Gallardo
Los templos de Arahal se abrieron igualmente para recibir la visita de su Señor, siendo recibido por las distintas Juntas de Gobierno de las Hermandades de la localidad.

El Señor de Arahal ante las iglesias de San Roque y Veracruz

El Señor de Arahal ante las iglesias de San Roque y Veracruz

El Señor de Arahal ante las iglesias de San Roque y Veracruz

El Señor de Arahal ante las iglesias de San Roque y Veracruz
El cortejo continuó su caminar con la sobriedad que marcó toda la jornada, mientras el silencio seguía siendo la expresión más fiel del sentimiento colectivo.
La entrada en la capilla puso el broche final al Viacrucis. El himno, entonado por los devotos que llenaban el templo, se convirtió en una manifestación serena de gratitud y pertenencia, en la expresión coral de un pueblo que quiso despedir la jornada con una sola voz.

Entrada del Santo Cristo en su capilla. Fotografía de Fernando Gallardo / Fernando Gallardo

Entrada del Santo Cristo en su capilla. Fotografía de Fernando Gallardo / Fernando Gallardo
Desde hace quinientos veinticinco años, el pueblo ha encontrado en el Señor de la Misericordia una referencia espiritual constante. Su presencia ha acompañado a generaciones enteras, ofreciendo consuelo en los momentos difíciles y esperanza ante las incertidumbres de cada época.
Lo vivido durante este Viacrucis no debe entenderse únicamente como un acontecimiento puntual, sino como la continuidad de una tradición que sigue formando parte esencial de la identidad colectiva de Arahal, de esa historia íntima que se transmite de generación en generación y que mantiene viva la identidad espiritual de un pueblo que sigue encontrando en su Señor la fuerza para levantarse y continuar caminando.
Y cuando las puertas de la capilla se cerraron y el eco del himno se fue apagando lentamente entre los muros del templo, no concluyó realmente el Viacrucis. Quedó suspendido en el aire, prendido en la cera consumida de los cirios, en el leve perfume de las flores ofrecidas y en la memoria emocionada de quienes caminaron tras las andas.

El Señor en su capilla. Fotografía de Nerea Bravo / Nerea Bravo

El Señor en su capilla. Fotografía de Nerea Bravo / Nerea Bravo
El Señor regresó a su altar, pero su paso quedó sembrado en las calles, en los balcones abiertos, en los hogares que lo recibieron como se recibe a quien forma parte de la propia vida. Arahal volvió a su pulso cotidiano, aunque con la certeza íntima de haber vivido uno de esos momentos en los que el tiempo parece inclinarse ante la fe de un pueblo.
Quizás dentro de muchos años, cuando las generaciones futuras recorran esas mismas calles y contemplen los azulejos que recuerdan cada estación, no solo verán un itinerario fijado en la cerámica, sino el rastro invisible de una jornada en la que un pueblo entero caminó unido por la misma esperanza. Porque la verdadera huella de aquel Viacrucis no quedó solamente en la piedra ni en el recuerdo escrito, sino en el corazón colectivo de Arahal, donde la devoción al Señor de la Misericordia continúa latiendo con la serenidad profunda de lo que nunca desaparece.
Y así, mientras exista un cirio dispuesto a encenderse, una mirada que se eleve hacia su imagen o una oración que nazca en el silencio, el Señor seguirá caminando junto a su pueblo, recordándole que la fe, cuando se comparte, es también camino, memoria y destino.

Sonia Camacho
Sonia Camacho es directora de Bética de Comunicación y fundadora de Estudio 530. Comunicadora andaluza...




