Más que etiquetas
La firma de José Luis Baños en Hoy por Hoy Jerez

Jerez de la Frontera
Cuando acepté el voluntariado en la fundación de jóvenes con síndrome de Down y discapacidad intelectual, confieso que fui con miedo. No al trabajo, ni al esfuerzo, sino a lo desconocido. Mi cabeza, traicionera, no paraba de poner etiquetas antes de cruzar la puerta: «Buenos, pero frágiles», «Simpáticos, pero dependientes», «Con limitaciones». Ahora lo veo y me avergüenzo. Pero, en aquel momento, las etiquetas me parecían escudos para no sentirme perdido.
El primer día conocí a Miriam, que me preguntó si me gustaba el fútbol antes de decir su nombre. A Antonio, que no paró hasta enseñarme cada paso de baile que había aprendido esa semana, orgulloso como quien muestra su mejor actuación en un gran escenario. A María, que soñaba con ser chef y ya tenía un cuaderno lleno de recetas inventadas. Me di cuenta de algo: no había espacio para etiquetas ahí. Había espacio para risas, sueños, metas y, sobre todo, para personas.
Pasaron varias semanas y algo cambió en mí. Entendí que no eran ellos quienes necesitaban ayuda; era yo quien necesitaba aprender a mirar sin juicios. Descubrí que las etiquetas son como vendas que nos ponemos en los ojos, cómodas para no ver lo incómodo, lo diferente, pero también lo maravilloso.
Un día, María me preparó una pizza. «Prueba esto y dime si soy buena chef», dijo, con una sonrisa ilusionada. La probé, y supe que esa chica no solo sería chef, sino la mejor. Antonio me enseñó a bailar sin miedo al ridículo, y Miriam me convenció de que animar al equipo contrario era una forma de demostrar nobleza. Me enseñaron más de la vida que cualquier libro.




