La disciplina
La opinión de Andrés Recio
10.03.26 Andrés Recio
Morón de la Frontera
En España ya no existe la política. Al menos aquella entendida —desde la Antigua Grecia— como una actividad con plena proyección benefactora sobre la ciudadanía y el Estado. Lo que sí hay en España son unas “sectas” denominadas partidos políticos que exigen plena sumisión de sus acólitos y el sacrificio de toda convicción honrada y honesta previa. De tal manera que, habiendo enterrado ya por completo la bandera de la vergüenza, defendemos al ladrón de nuestro partido con el argumento de que no es “tan ladrón” como el del partido contrario; aliviamos —cuando no justificamos— al violador de nuestro grupo porque sus formas no fueron tan babosas como las del violador de enfrente; o hablamos de unas guerras con un prurito y un afán sospechosos, mientras obviamos otras con un olvido maligno empapado de enconadas y cobardes ideologías, etcétera, etcétera.
Contaba en una entrevista el socialista Eduardo Madina que durante un tiempo se había sentido en su partido como un guiñol, como un ente que formase parte de una serie de Netflix donde un día tenía que defender que algo era blanco y al siguiente, por disciplina de partido, debía manifestar que el níveo marfil se había transmutado en nigérrimo ébano por arte de birlibirloque. También oímos decir a Pablo Iglesias —una vez que abandonó la vicepresidencia del gobierno—:"ahora que no tengo responsabilidades políticas puedo decir la verdad". Pero tampoco la dijo. O Abascal, ese “heredero” del Cid Campeador (¡ya quisiera él!), que llegó hasta aquí vegetando desde los 21 años a la sombra del erario público para ahora abstenerse en votaciones donde se dirimían cuestiones como el aumento del salario mínimo interprofesional o el ingreso mínimo vital.
Estamos ante congregaciones de Rinconetes y Cortadillos que rigen en España como potentes oligarquías putrefactas. Nidos de simplistas, de encasilladores de oficio y casposos mentales, de abrazafarolas con carguillos que, a día de hoy, solo tienen cabida posible en partidos políticos, o sea, en sectas. Como diría Clarín en sus invectivas contra el clero de finales del siglo XIX: "entran en las órdenes como entrarían en la administración: para ganarse la vida y, de paso, hacer carrera, sólo aspiran a dejar su clase y llegar a la de los señoritos poniéndose la sotana que tiene categoría de levita". Y ahí estamos, en una rutina estancada y maloliente de señoritos fraudulentos y estereotipados, apegados al sillón por pura subsistencia personal, así, como la verde y aquietada hiedra hace con el muro. Por los siglos de los siglos...