Morir de amor para seguir bailando
El bailaor granadino Manuel Liñán emociona al Falla con Muerta de amor, una obra intensa donde el flamenco y la copla hablan del deseo, la fragilidad y la soledad

Muerta de Amor / Teatro Chapí

Cádiz
Dice la letra de 'Cualquiera', la canción hecha rumba con la que se cierra 'Muerta de amor', que es mejor que te quiera cualquiera que volver a casa y solo encuentres la nada y la tristeza. De eso habla este espectáculo de Manuel Liñán. Amar es un camino de espinas rojo como un clavel. Es una pasión que esclaviza, tan efímera y frágil como una torre de arena. Es una vereda tan dolorosa como las grandes coplas vienen narrando desde hace mucho tiempo. Pero es mejor sentir dolor, sufrir, agotarse, desesperarse que amar y no haber sido amado. La muerte, que es el final de todo, comienza con algo tan angustioso como sentir que vives sin querer ni ser querido.
Manuel Liñán, tras arrasar en la Bienal de Sevilla o el Festival de Jerez, y recorrerse medio mundo, acudía al Teatro Falla en medio de una gran expectación con prácticamente el aforo completo. En Cádiz aún quedaban los ecos de ese Viva! que revolucionó la ciudad con la belleza exuberante de las batas de cola. Aquella vez el escenario era un estallido de color, teatralidad y libertad. En Muerta de amor, sin embargo, el camino es otro. Aquí la espectacularidad no está en el vestuario sino en los cuerpos de sus bailaores, en sus voces, en la calidad de sus músicos, en el arrebato que producen las coplas. Lo demás es apenas vestuario negro, una pared, unos micrófonos que dan mucho juego, una silla rosa y unos músicos situados en uno de los laterales del escenario.
La magia aquí está en la presencia magnética de un grupo de bailaores que cantan, bailan y respiran el escenario con una intensidad que atraviesa al espectador desde el primer compás. ¿Cómo se puede cantar y bailar de esa manera?", se pregunta uno mientras no puede dejar de mirar y escuchar a ese elenco extraordinario formado por Alberto Sellés, Juan Tomás de la Molía, Miguel Heredia, José Ángel Capel, David Acero y Ángel Reyes. Los seis tienen su momento para desarrollar un personaje, un punto de vista sobre el amor, una oportunidad de lucimiento de sus extraordinarios talentos. Muy aplaudido Miguel Heredia, quien se creció, si es que se puede ser más grande en todos los sentidos, frente a los problemas que le dio en algún momento su micrófono.
Muerta de amor es un viaje por las muchas formas del amor: el deseo que desarma, la pasión que hiere, la ternura que salva, la soledad que duele cuando nadie espera al otro lado de la puerta. Ese universo emocional se sostiene sobre un repertorio de coplas que forman parte de la memoria sentimental de varias generaciones: Esclava de tu amor, El clavel, Me muero, A que no te vas, la colombiana Oye mi voz o la inolvidable Torre de arena. Canciones que Mara Rey no canta, sino que vive. Su presencia sobre el escenario no es solo musical: es teatral, visceral, profundamente flamenca.
La música en directo completa un entramado sonoro elegante y poderoso, donde el cante de Juan de la María se entrelaza con la guitarra de Francisco Vinuesa, los instrumentos de Víctor Guadiana, con momentos al violín maravillosos, y la percusión de Javier Teruel, creando un paisaje musical que sostiene cada coreografía con precisión y belleza.
Y ahí está Liñán. En esa mezcla de técnica deslumbrante y verdad. Desde el taconeo más intenso, al más simple giro de la mano. La obra avanza entre encuentros, pérdidas, abrazos y despedidas, como si el escenario fuera el relato de todas las historias de amor posibles. Y ahí está ese grito desesperado del que habla la rumba final. La importancia de ser amado. Por cualquiera. Cádiz no es cualquiera, pero Manuel Liñán sabe ya que cuando viene aquí el público muere de amor con él. Al cruzar las Puertas de Tierra sabe de sobra que nunca le esperará la nada y la tristeza.

Pedro Espinosa
En Radio Cádiz desde 2001. Director de contenidos de la veterana emisora gaditana. Autor del podcast...




