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Torrente y los espejos

La opinión de Andrés Recio

24.03.26 Andrés Recio

24.03.26 Andrés Recio

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Morón de la Frontera

Sobre la palabra “esperpento”, en su segunda acepción, nos dice el Diccionario de Autoridades que es una “Concepción literaria creada por Ramón M.ª del Valle-Inclán hacia 1920, en la que se deforma la realidad acentuando sus rasgos grotescos”. Esta idea de Valle-Inclán tiene su origen en una atracción que se hizo popular en el Madrid de principios del siglo XX y que consistía en ir a mirarse en una serie de lunas cóncavas colocadas en una tienda de venta de espejos sita en el Callejón del Gato y que deformaban la imagen de las personas que se reflejaban en ellas. Fueron los espejos ubicados en ese callejón —pasaje transitado casi a diario por don Ramón en sus constantes periplos al Teatro Español para asistir a ensayos o puestas en escena de sus obras— los que le inspiraron al dramaturgo gallego la “metáfora”, la simiente creativa que evolucionó hacia esa visión deformada de la realidad propia del “esperpento”, la que convierte el triunfo en farsa y lo prestigioso en burlesco. “Luces de Bohemia”, escrita en 1924 por el autor gallego, es —junto a “El Ruedo Ibérico”— la obra cumbre y paradigma de esta técnica literaria.

La película "Torrente, presidente", de Santiago segura está —según el meneo que se percibe en los mentideros patrios— levantando ampollas de todo tipo, también risas y, por supuesto, esos odios y rencillas entre bandos y sus bandidos tan carpetovetónicos todos ellos: los odios, los bandos y los bandidos. Y la película es precisamente eso: la puesta en escena de un vodevil grotesco llamado España que subsiste acribillado de facciones y (re)partido en fracciones. Pero Santiago Segura es mucho más listo de lo que parece. Bastaba con retrotraerse a antecedentes como el del “esperpento” valleinclanesco en literatura, a sus técnicas de distorsión y exageración de los prototipos para entender, de inmediato, que el cine es su laboratorio de "espejos deformantes" y críticos. Es un maestro consumado en eso, lo sabe y lo explota porque conoce bien los entresijos del alma española, sus miserias, el espíritu de un pueblo cainita que da a luz políticos fantoches hijos directos de la cábala y los enredos.

La Democracia española permite por igual (y de momento) hacer películas como la de "Torrente, presidente" y mantener a representantes públicos esperpénticos, de un doble fondo maniqueo y oportunista, que cogen de los mismos preceptos constitucionales los ropajes que los disfrazan con una cierta decencia que a la más mínima ocasión derrapa o descarrila. En “Torrente, presidente” se mezclan, tras los espejos del humor y de la sátira más descarnada, lo trágico y lo ridículo, con reflejos cáusticos y mordaces sobre una país marcado por la corrupción y la falta de cultura y que nos ofrece una imagen de posos a la vez divertidos y amargos. Se utiliza un lenguaje coloquial y desgarrado, a veces vulgar, en escenas que se dan en antros, tabernas, tugurios, barrios desangelados… Todo eso, exactamente, hizo Valle-Inclán mediante su “esperpento” y —aun salvando las distancias que queramos salvar— de eso es usufructuario Santiago Segura, heredero de técnicas, de prototipos, de país y de público.

 

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