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Ocio y cultura

La música, alma invisible de la Semana Santa

Directores de bandas de Arahal y Morón analizan la evolución, los retos actuales y el papel esencial de la música cofrade, entre la tradición y la innovación

Banda Municipal de Música de Morón Semana Santa 2025 (Hermandad de la Soledad de Morón)

La Semana Santa es una experiencia que trasciende lo visual. Más allá de los pasos, las imágenes y el fervor popular, existe un elemento que vertebra todo el cortejo y le da sentido: la música. Las marchas procesionales no solo acompañan, sino que marcan el ritmo, generan emoción y construyen una identidad sonora que forma parte inseparable de la memoria colectiva.

En estos días, las bandas viven su momento culminante tras un año entero de trabajo. Ensayos constantes, preparación técnica y organización interna confluyen en una semana donde cada detalle cuenta. Francisco Ayllón, director de la Banda Municipal de Morón, explica que la música “da unidad y forma al conjunto”, adaptándose siempre al estilo y a la idea que cada hermandad quiere transmitir en la calle.

Esa responsabilidad ha crecido con el paso del tiempo. Según Paco Nogales, director de la agrupación de Nuestro Padre Jesús de la Fuensanta de Morón, el sector ha experimentado una notable profesionalización. “El público es cada vez más exigente y hoy en día hay muchos músicos formados dentro de este mundo”, señala. Esta evolución ha llevado a un aumento en la complejidad de las composiciones, exigiendo a los intérpretes un mayor nivel técnico y preparación continua.

Sin embargo, este avance también ha generado un intenso debate entre tradición y modernidad. Mientras algunos directores valoran la riqueza de las nuevas marchas, otros muestran cierta nostalgia por las composiciones clásicas, más directas y emocionales. Ayllón apunta a una visión equilibrada: “Hay marchas antiguas muy buenas y otras que no lo son tanto; lo mismo ocurre con las nuevas”. La clave, coinciden, está en la calidad y en la adecuación al contexto.

La elección del repertorio se presenta como una de las tareas más complejas. No solo depende del nivel de la banda, sino también de factores como la idiosincrasia de cada hermandad, el recorrido o incluso el momento concreto de la procesión. David Rodríguez, director de la agrupación musical Santa María Magdalena de Arahal, destaca que cada actuación es única: “Influye si la calle es larga o estrecha, si es de día o de noche, o el tipo de marcha que ayuda más al costalero”. Además, en su caso, la interpretación en la calle tiene un componente espontáneo, adaptándose al desarrollo de la estación de penitencia.

Otro aspecto fundamental es el proceso de montaje de nuevas marchas. Aunque técnicamente pueden aprenderse en poco tiempo, su verdadera interpretación requiere maduración. “Una marcha puede montarse en una hora, pero necesita tiempo para que los músicos la entiendan y la sientan”, explican. Es en la calle, acompañando al paso, donde la música adquiere su verdadero significado y conecta con el público.

A todo ello se suma la dimensión humana de las bandas. Los directores no solo gestionan lo musical, sino también el esfuerzo físico y emocional de decenas —en algunos casos más de un centenar— de músicos. Saber cuándo exigir y cuándo dar descanso, motivar y mantener la cohesión del grupo resulta tan importante como la ejecución técnica. “A veces hay que dar una palmada en la espalda más que exigir”, reconocen.

En este contexto, también surge la figura del asesor musical dentro de algunas hermandades, aunque su papel genera opiniones diversas. Para muchos, la decisión final sobre el repertorio es el resultado de un equilibrio entre múltiples voces: capataces, costaleros, responsables de la cofradía e incluso peticiones personales ligadas a la devoción popular.

Sobre esta cuestión profundiza José Manuel Bernal, director de la Banda de Música de Arahal, quien ofrece una visión crítica y realista. Según explica, más que un asesor único, existe una suma de influencias donde “hay muchos asesores, la mayoría con más conocimiento de su hermandad que musical”. Bernal destaca que las decisiones suelen responder a un consenso donde pesan tanto las emociones como las tradiciones, incluyendo peticiones concretas de los propios miembros de la cofradía.

El director también aborda con contundencia el debate sobre la innovación musical. A su juicio, no existen realmente notas nuevas, sino combinaciones diferentes de elementos ya conocidos. Bernal sitúa el origen de muchos cambios en la influencia de estilos externos, como las marchas de Moros y Cristianos o las bandas sonoras, que han derivado en composiciones más espectaculares pero, en ocasiones, alejadas del carácter tradicional. “Se ha puesto muchas veces la música por delante de la imagen”, advierte, señalando incluso similitudes con melodías populares de otros géneros.

Pese a estas críticas, reconoce que la música cumple su función principal: emocionar al público y acompañar el sentimiento cofrade, especialmente para quienes viven la Semana Santa desde la devoción más que desde el análisis musical.

En definitiva, la música procesional se consolida como uno de los pilares esenciales de la Semana Santa. Detrás de cada marcha hay un trabajo silencioso, constante y minucioso que se hace visible —y audible— en las calles. Un esfuerzo colectivo que merece ser valorado por quienes disfrutan del paso de las cofradías, recordando que, para comprender plenamente esta tradición, no basta con mirar: es imprescindible escuchar.