Tradiciones
Firma de opinión de Teresa Velasco, profesora de la Universidad Loyola

Córdoba
No hace falta ser católico ni español para sentirse embriagado por la espiritualidad y la belleza de la Semana Santa en nuestro país. Es una experiencia en la que participan todos los sentidos; el olor a azahar y a incienso, la música que te envuelve, la belleza de los pasos, de las imágenes; la emoción, compartida unas veces con cientos de personas con las que prácticamente con las que te diluyes en la masa y otras veces en rincones solitarios en los que sientes que es un espéctaculo íntimo solo para tí. Cada hermandad, cada ciudad tiene su ritmo, su personalidad, su esencia: su tradición. Unas avanzan corriendo como una estampida, otras se deslizan sobre ruedas y otras nos sobrecogen al imaginar el esfuerzo de los costaleros en cada levantá. Cada tradición tiene su encanto y su sentido, y es admirable el esfuerzo por conservarlas y por preservar nuestras raíces para darle sentido al futuro. Pero las tradiciones se van actualizando, siempre.
Si vemos fotografías de la Semana Santa de hace unas décadas, muchas veces no reconocemos ni siquiera las imágenes. Se mantiene la esencia, pero adaptada a los tiempos. Por eso no tiene sentido que algunas hermandades sigan excluyendo a las mujeres, como todavía ocurre en nuestra propia provincia, amparándose en la tradición. Las tradiciones cambian y se adaptan a los tiempos, como esas mismas hermandades estarán haciendo en otras muchas cuestiones, porque seguro que a nadie se le ocurre, por ejemplo, que las marchas que toquen las bandas tengan que ser las originales de la época de la fundación de la hermandad. Si hasta el padrenuestro ha cambiado en los últimos años, ya va siendo hora de que se cambien estatutos y se dejen definitivamente atrás discriminaciones trasnochadas




