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Primavera

La opinión de Andrés Recio

14.04.26 Andrés Recio

14.04.26 Andrés Recio

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Morón de la Frontera

La primavera nos aturde desde su atril con su portentosa escala cromática de sonidos naturales: zumbidos de abejas en el monte, cricrís del grillo en la huerta, en la vega rebuzno del rucho y balidos de blanca oveja, quiquiriquíes de amanecida, silabeo de culebra en el lindazo, volanderos gorjeos de cogollos, croar enamorado en el charco. La primavera parece pretender lo que todo ser humano busca desde sus primeros balbuceos hasta la muerte: amor, estética y memoria. Y se brinda. Y se ofrece. Y se abre, amorosa, sensual, como una majestuosa alcancía llena de gozos, de rebrotes y recuerdos que de repente se quiebra, rompiéndose suave, como océano añil que a cielo abierto vibra preñado de estelas.

Las mansas auras de la alameda, los frescores enramados sobre el arroyo, los plácidos y rojizos atardeceres. Qué excelso oficio el de la primavera: diseñar vestidos, regalar perfumes, peinar los trigos. La primera estación de los romanos, la estación agrícola, la primera para ver —la “prima” “vera”—. Y esos tus ojos, los del mirar profundo, sólo los abre la conciencia original, la no contaminada; la verdadera. Escribió Borges: "La miel de la añoranza no nos deleita, y quisiéramos ver las cosas en una primicial floración". Y cualquier reino de añoranza abdica en la primavera. Corrientes magnéticas, pleamares y plenilunios, marca el planeta sus leyes naturales, las genuinas leyes bajo tu batuta experta, delicada, pinturera.

La estación de Flora nos obliga a reconocer que no sabemos nada, que no somos casi nada ¡Qué más regalo, Dios mío! ¡Qué más regalo! Los chopos, enchulados; el río, por bulerías; los montes, “verde que te quiero verde”; las cabras, enloquecidas; los campesinos, buscando plegarias; tus ramas, brazos de niña; tus hojas, besos de sol; tu arroyo, por alegrías; tu esquilmo, insurgente nácar; tus cepas, flor de vendimia. Y yo, entregado a ti y a la suerte de ser contigo, de venir de tu vientre adonde nunca me perdí, y quedarme ahí, con tus chopos y en tu río, en brazos de tus ramas, con tus cabras y campesinos, con tus hojas, en tu arroyo, con tus cepas y en tu esquilmo.

 

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