Flor de mayo... de plástico
Firma de opinión de la artista y catedrática de universidad, Marisa Vadillo

Córdoba
No sé si se han dado cuenta de uno de los aspectos más curiosos que se está dando últimamente a partir de la metamorfosis de nuestras ciudades en circos turísticos.
Es evidente la masificación de paseantes, la increíble subida de precios de absolutamente todo —desde un café hasta un helado—, de la pérdida de identidad cultural y patrimonial e, incluso, de la horrible tortura de las reservas para salir a tomar algo en cualquier sitio. Nuestro mundo se ha estructurado ahora en un calendario, cuando ni nuestras relaciones ni nuestro ocio, nunca, se han programado así: no somos un reloj suizo.
Sin embargo, hay un elemento más sutil que entiendo menos y es la tendencia en la mayoría de ciudades de decorar las fachadas de sus barrios más visitados o establecimientos con instalaciones de flores falsas. Normalmente, de plástico.
Ya es horrible que las ciudades hayan dado la espalda a la naturaleza, pero que la recreen con plástico es el colmo. Si, además, esto ocurre en Córdoba… apaga y vámonos porque las flores en nuestra ciudad son identidad, son patrimonio. Son símbolos de convivencia, de cuidado, de calma, de amor a la maceta… Son tu abuela, tu padre o tu tía Meli cuidándolas. Así que, en nuestra ciudad, el sustituir la vida por ‘plasticuchi’ pasa de ser un atentado estético a —claramente— ético.
Cualquier día sólo veremos en el campo a las vacas del Ale-hop, y nos quedaremos tan tranquilos.




