Fragilidad y frialdad
La opinión de Lola Fernández
20.04.26 Lola Fernández
Morón de la Frontera
Hoy me pongo romancera
de un lunes por la mañana
de un verano en primavera.
Que va dejando al aire
estas carnes blanquecinas
que buscan los rayos del sol
para volverlas morenas.
¡Ay Señor que desvarío!
Vuelvo al comentario mejor…
Así es la fragilidad y frialdad en algunos momentos de nuestros días, el ser humano acredita en un mismo momento sátiras y holocaustos, guerra y paz o paz y guerra, desapego emocional o vivir con los ojos cerrados.
Nos adaptamos y sobrevivimos a todo, a las más brutales adversidades, catástrofes y penurias y también a las banalidades para apartar de nuestras comodidades lo que del exterior del círculo privado haya, no nos vaya a hacer daño y así no queramos enterarnos de la crueldad que la vida misma nos ofrece.
Y en esa ensalada nos encontramos, no somos parte ni siquiera del primer plato y menos aún de un suculento segundo y atisbar el postre será solo eso, vislumbrar en la lejanía un final formidable de un banquete maravilloso.
Es como el picante, no puede estar en todos los platos, hay que tomarlo con moderación, no es temperamento, es un santiamén.
En algunos momentos nos volvemos tan insensibles a lo que pueda sufrir el otro que, somos como aquella persona que cada mañana se asoma al porche y ve en la lejanía un ataque nuclear; al día siguiente ve como mueren miles de inocentes en guerras comerciales con derecho a invasiones; al otro ve como cada vez están las despensas más vacías y los bolsillos de los políticos y sus secuaces más llenos y todo ello con mirada entre resignada e indiferente mientras saborea su café matutino.
Y así nos encontramos sin encontrarnos en estos días de este 2026, de este siglo cambalache donde los valores están mezclados y desordenados, igualando lo bueno y lo malo, decidido a sobresaltarnos.
Hay momentos en la vida que tenemos que tener el coraje para no mirar atrás, el coraje para no callarse, pero también el coraje para pedir perdón o irse de donde no nos quieren o saber valorarse o ponerle precio a nuestro tiempo y a nuestras esperanzas.
Pero a pesar de todo yo, como creo que ustedes también, aspiro a un mundo mejor. Por mis hijos y mis nietas, por supuesto. Con menos odio y con más amor. Con buen vino y buenos amigos. Y que, poco a poco, como la niebla, se vayan disipando los idiotas con sus idioteces y los odiadores con sus odios.
Un mundo donde la compasión sea la base de la política y la justicia no sea un privilegio de pocos, sino un suelo firme para todos.
Deberíamos preguntarnos, si vamos a seguir pagando un precio tan alto en conflictos que no buscan el bienestar de los ciudadanos sino la normalización del horror.
Eso también es riesgo y en esta fragilidad y frialdad buscar y saber quiénes somos y qué queremos.