Sobre libros y hojas
La opinión de Andrés Recio

Morón de la Frontera
En abril rebosan, felizmente, las ferias de libros. Los libros tienen hojas; como los árboles, regalándonos así su primera gran metáfora. Hojas abarrotadas de días y de noches, de signos y de lunas, de calidez y de escarcha. Hojas entre las que se pueden oír los bramidos de vientos gélidos de la estepa rusa, u otros que barriesen las cubiertas de desvencijados y mohosos buques repletos de aventureros; o esas brisas caribeñas, suaves y cálidas, perfumadas de pieles mulatas tiranizadas por cínicas dictaduras de asesina rúbrica negra y de impoluta camisa blanca. Los libros se componen de hojas en las que, al igual que en las del verde y nudoso olivo, quedó, en forma de mágico símbolo, impregnado el polvo arrancado a las calzadas por estridentes carretas romanas que trajeron administradores y "publicani", Derecho, aventureros y palabras.
Hojas holladas por legiones de César, asaltadas por grupúsculos de bárbaros visigóticos de Ataulfo, conquistadas por huestes de requemados magrebíes comandados por Táriq. Hojas que se yerguen y se esponjan al compás de amores eternos y de desagravios, de guerra y de paz, de virtudes y de espanto. Hojas numeradas de memorias y de olvido, de polifonías y de solista, de obsesiones, deseos, continente y contenido, de amistad, de muerte y de vida. Hojas de la parra primigenia de las vergüenzas, del manzano del pecado, de las tablas de fuego y de la venganza entre hermanos. Hojas de cerezo, puntiagudas o lanceoladas, finas como estiletes asesinos; hojas de descubrimientos, de conquistas, de travesías y semblanzas. Hojas del muérdago de la Vieja Europa, de especias asiáticas, de hambruna y de belleza africanas...
Hojas irrigadas por arterias de tinta florecida: suaves, serenas, luminosas, auxiliadoras; llenas de monstruos y de fantasmas terribles, de ensueños y de océanos que mugen, de olores, de columnas dóricas, de panteras, vendavales y rocíos; de miserables y de traidores, de virtuosos y sencillos. Abril, de libros y hojas generosas que entre tus dedos renuevan tus aires, protegiéndote de pandemias de necios, de embaucadores, de tercas soledades. Hojas descorchadas que escancian añejos vinos de la historia y de los sueños. Hojas que salvan condenando, que liberando matan. Y ahí, incluso la muerte vive en extasiado enredo. Todo cabalga libre sobre tus hojas de monte, de ribera o de explanada; de mares encrespados, de honda tierra adentro, de blanca luna en calma.




