Música

Música gamberra para transmitir valores y cultura popular: los Titiriteros de Binéfar desgranan las claves de su éxito

Propuestas de los Titiriteros de Binéfar que transgreden lo políticamente correcto y que conservan el espíritu del 'tío divertido' que canta en las reuniones familiares

Titiriteros Binéfar en el carnaval de Zaragoza. Plaza Pilar. Febrero de 2022 / MARTA MARCO

Binéfar

En ocasiones, cuando los Titiriteros de Binéfar llegamos a un pueblo, tras aparcar la furgoneta junto al teatro y disponernos a descargar la utilería, se nos acerca un chaval y pregunta: ¿vais a tocar La Despelona? o ¿habéis traído los elefantes? o un padre que está esperando para comprar la entrada, nos espeta —como si fuera el más grande de los elogios— "no sabéis lo harto que estoy de vuestros discos, mi hija los escucha una y otra vez", o ya, menos irónico, comenta: “Vuestra música nos viene muy bien en los viajes”. Creo que en parte por eso hemos ido grabando discos uno tras otro, y debo reconocer que uno de ellos, Aquí te espero, está creado pensando en los viajes. Nuestra compañía ha publicado nueve discos y cuatro libros con músicas añadidas, en total casi dos centenares de canciones. La mayor parte de las cuales son de origen tradicional y unas pocas de creación propia. Hemos llevado a las tablas una treintena larga de espectáculos, todos ellos con música interpretada en directo. Disponemos de dos líneas de trabajo: una que se dedica a espectáculos de animación y pasacalles, que incluyen sobre todo canciones, juegos y bailes en los que la música tiene especial protagonismo y que ha dado lugar a los discos mencionados, y otra, que atiende propiamente a los espectáculos de títeres. A pesar de esta separación, yo mismo no sabría en algunas de nuestras propuestas deslindar la música de los títeres en temas como A mi burro, El señor don gato o La Tarara. No sé si el protagonismo principal lo tiene la melodía o el movimiento y la plástica de los muñecos, pues todo parece formar una unidad indisoluble.

Los Titiriteros de Binefar, en Las Armas. Zaragoza, celebrando el mes de la música / MARTA MARCO

Nuestra práctica teatral nos ha llevado a teorizar en diversos libros pero nunca había reflexionado sobre nuestra praxis musical así que me propongo a continuación desvelar lo que pudieran ser las claves en las que se apoya nuestro quehacer musical.

El tono gamberro

Nos gusta que nuestras propuestas traspasen lo que se considera políticamente correcto, que se muevan en el filo de lo poco apto, que transiten por ese terreno transgresor y escatológico que tradicionalmente ha cultivado la cultura popular más auténtica. Una cosa es la fiesta y el espectáculo que practicamos nosotros y otra la instrucción, la corrección y los buenos modales, eso que se llamaba urbanidad (de urbe), lo contrario a “pueblerino”; adjetivo del que nos honramos, y digo instrucción y no educación que me parece palabra que merece mucho respeto.

Utilidad

A la hora de afrontar un nuevo tema nos preguntamos, ¿y esta canción para qué será?, y respondemos: ésta para bailar, ésta otra para hacerse cosquillas, ésta para una fiesta, ésta para pensar, adivinar, dormir, etc. Solemos decir: el “para qué” antes del “cómo”. No nos gusta conformarnos con lo primero que se nos ocurre, ni nos parece buen argumento el “queda bien”. Tratamos de encontrar diversas utilidades. Por ejemplo, La coqueta de sucre, es un baile que oímos en la comarca aragonesa del Bajo Cinca, además de tener la utilidad evidente del baile, supone en nuestro caso una reivindicación de la lengua catalana en Aragón y a la vez la letra desarrolla piropos hermosos, frases agradables y estímulos positivos.

El concepto oculto

Buscamos que cada tema, tenga un concepto detrás. Que además de estar apoyado en un estilo de música ya sea tradicional, como el Señor don Gato o ska como la Chata Berenguela o africano como Congo, pepale, pípale, impresionista como Esta niña tiene sueño, gregoriano como Una cosa me he encontrado, o rap como Cabrin, cabrate. Ese concepto lo definimos antes de concretar el arreglo musical.

En nuestro primer disco (Juerga, 1995) registramos un juego de bodega que aprendimos en una pequeña población del Somontano oscense llamada Salas Altas, en aquellos encuentros-refrigerios que solían hacerse con los organizadores después de la función. Nos pareció un juego de relación bueno para dar a conocer. Durante su preparación pensamos que bien pudiera proceder de un sermón jocoso de las fiestas de locos medievales. A ese concepto oculto atendimos en la grabación pues queda evocado por la campanita y el contexto callejero de perros y burros. Dije “concepto oculto” porque los niños al escuchar la propuesta no tienen por qué percibirlo, pero ahí queda como un sustrato.

Otro ejemplo: en el tema Me voy al campo las formas de desplazarse que citamos son poco o nada contaminantes (andando, en bici, nadando, en burro, en globo, silbando). ¿Se da cuenta de esto quién lo oye o lo canta? probablemente no, pero está ahí dando sentido y sustancia.

El 'tío divertido'

Nos gusta que quien nos escucha piense que somos como ese tío de pueblo alegre y ocurrente. Parecernos al pariente chistoso. Tener la actitud de ese tío conocedor de múltiples juegos y canciones que canta en las veladas familiares, que recuerda los villancicos en Navidad, que conoce lo que hay que cantar en un excursión o cómo hay que jugar con un recién llegado a la fiesta. Esa es para nosotros la buena referencia, no el artista impostado de la tele o los grandes escenarios.

Lo colectivo mejor que lo individual

A menudo me he interrogado sobre lo que aportamos Los Titiriteros de Binéfar musicalmente hablando, cuál es nuestra identidad musical, si es que la tenemos; y he cobrado conciencia de la importancia que concedemos al juego y a los corros, y por contra, no nos gustan nada las coreografías individuales, esas que hace uno solo sin entrar en relación con nadie. Buscamos la relación con los que están al lado, con los que participan de la fiesta, el corro es paradigma, también las caricias, los juegos colectivos, las hileras, los juegos de relación, los abrazos, las cosquillas, las palmadas frente a frente.

No somos la tele

No siempre lo conseguimos, pero tratamos de diferenciarnos del mero entretenimiento, procuramos que el público sienta que asiste a algo irrepetible. Hemos encontrado pequeños trucos para conseguir este propósito. Tocamos al público (“Todo el mundo en esta fiesta”); sacamos grandes muñecos que se mueven sobre el auditorio (“Un elefante”); echamos agua (“¡Que llueva, que llueva!”); establecemos un diálogo con quien nos está escuchando (“Marta robó pan”). Al acabar las funciones nos gusta saludar al público, especialmente a quienes han estado jugando con nosotros, aceptando nuestras invitaciones al corro, a la hilera, al cosquilleo o al pellizco suave. Tratamos de encontrar y potenciar lo que nos diferencia de lo virtual, de lo cibernético. Subimos al escenario para trabajar, es nuestra manera de ganarnos el pan, pero intentamos que lo que hacemos no sea un mero producto de consumo, procuramos mantener ese rito social y festivo que consideramos necesario y que tiene que ver con el juego, con la celebración y con lo que nos procura identidad y nos conexiona.

Los Titiriteros de Binéfar en Las Armas. Zaragoza, interaccionando con el público / MARTA MARCO

Prohibido exhibirse

Creo haber explicado en qué consisten nuestros propósitos a la hora de subirnos al escenario para cantar, lo del teatro es harina de otro costal, le he dado el nombre a este escrito “Los Siete Secretos”, recordando un libro que leía de niño, voy ahora pues con el séptimo arcano, el que no sabría muy bien cómo explicar, pero lo intento… Tratamos de evitar esa actitud de “mira que bien lo hago”, esa impostación del cantante o el actor que reclama la atención, diciendo con la actitud y el gesto “fíjate en mí”. Es un empeño en que no te miren, que miren los muñecos, que jueguen con los elefantes, que canten las canciones, pero que no te miren, que se rían y jueguen.

En definitiva, en nuestras verbenas, bailes de familia o espectáculos de animación (de todas las maneras los llamamos), procuramos trasladar a la plaza, al auditorio, el centro de interés. Queremos ser como ese tío de pueblo, divertido y algo gamberro, que viene de vez en cuando a vernos y cuando llega apaga la tele y el teléfono móvil y nos hace jugar en grupo y su juego resulta útil y tiene retranca, y cuando se ha ido recordamos haber disfrutado y algo más que no sabríamos muy bien cómo definir y esperamos que vuelva.

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