Degusta Aragón entre montañas, copas y brasas
Viendo FITUR en el horizonte, te proponemos unas cuantas reflexiones sobre el futuro del Pirineo y, además, tres maneras muy aragonesas de vivir el invierno: nieve, el fuego de San Antón y el vino del Moncayo

Zaragoza
Ahora que el Pirineo vuelve a lucir un buen manto blanco y que FITUR está a la vuelta de la esquina, quizá sea un momento especialmente oportuno para hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué futuro les espera a nuestras montañas? Mientras disfrutamos de la nieve de hoy, los datos científicos obligan a pensar en el mañana.
El Pirineo ante el reto del cambio climático
Las cifras son contundentes. Según los estudios más recientes, el Pirineo central, a una altitud media de 1.800 metros, podría perder el 50 % de su manto de nieve hacia 2050. Por debajo de los 1.500 metros, la acumulación de nieve ya se ha reducido un 78 % en el último cuarto de siglo. Más de la mitad de los glaciares pirenaicos han desaparecido en apenas 30 años y la temperatura media ha aumentado 1,2 ºC en los últimos 50 años, un incremento un 30 % superior a la media mundial.
Todo ello se traduce en menos días esquiables, una cota de nieve cada vez más alta y una dependencia creciente de la nieve artificial, con los interrogantes ambientales y económicos que eso conlleva. Los datos proceden del informe El cambio climático en los Pirineos: impactos, vulnerabilidades y adaptación, coordinado por el Observatorio Pirenaico de Cambio Climático, en el que han participado expertos de España, Francia y Andorra.
La ciencia pone los números sobre la mesa. A partir de ahí, solo caben dos opciones: negar la evidencia o repensar el modelo turístico del Pirineo aragonés. Hablar de diversificación, de actividades ligadas a estaciones más templadas, de nuevos cultivos, de cambios en el paisaje y de una mirada a medio y largo plazo que entienda la montaña como un patrimonio común que merece ser protegido, incluso —o sobre todo— de nosotros mismos.
San Antón: fuego, comida y tradición por todo Aragón
Y si hay una celebración que define el invierno aragonés, esa es San Antón. Aunque la festividad es el 17 de enero, este fin de semana las hogueras se multiplican por barrios y pueblos de toda la comunidad. Una tradición de origen pagano vinculada a la purificación, al fuego y al homenaje a los animales, que con el tiempo se integró en el calendario cristiano bajo la figura de San Antonio Abad.
En Zaragoza habrá hogueras en barrios como Casablanca, Santa Isabel, El Rabal, Parque Venecia, Peñaflor, Monzalbarba o La Cartuja Baja. Pero la celebración se extiende por todo Aragón: en Ainzón se enciende una hoguera en cada barrio; en Fuendejalón se remata la noche con chocolate caliente; en Alagón, Quinto, Albarracín o Sariñena no faltan las brasas ni los embutidos.
Fraga mantiene la tradición del “Tocinet de San Antón”, Huesca capital vive la fiesta en el barrio de San Lorenzo y en localidades como Mirambel se hornean las coquetas, dulces rellenos de confitura de calabaza que ponen el broche final a una noche de fuego, comida compartida y comunidad.
Tradiciones que, como la montaña, hablan de identidad, de territorio y de la necesidad de cuidar aquello que nos ha traído hasta aquí.
San Valero con aroma a vino y trufa en el Moncayo
Mientras se debate el futuro, el presente también se celebra. El jueves 29 de enero, con motivo de San Valero, Bodegas Borsao propone una experiencia gourmet en la Sierra del Moncayo que combina vino aragonés y trufa negra.
La actividad, que se desarrollará de 11:00 a 13:30 horas, incluye visita a la bodega, cata de algunos de sus vinos más representativos y un maridaje muy especial con trufa negra de Vera del Moncayo (Tuber melanosporum). Una ocasión para explorar los paralelismos aromáticos entre vino y trufa: notas terrosas, mantequilla, café, caramelo, cuero y matices frutales.
La experiencia se completa con las historias y anécdotas de la familia Martínez de Vera, pioneros de la truficultura en la zona, y con las explicaciones de Jesús, truficultor y experto, que compartirá trucos, recetas y combinaciones culinarias. Un ejemplo más de cómo el enoturismo puede ser también una puerta de entrada al territorio y a sus productos.




