Huesos que cuentan una historia de hace casi 5.000 años
Un yacimiento funerario calcolítico cerca de Muel revela cómo vivieron y murieron estas comunidades en el eje del Huerva
Entrevista Marina Bretos
Zaragoza
Investigadores del yacimiento de la Paridera de la Dehesa, situado cerca de Muel, han compartido recientemente con los vecinos los resultados preliminares de sus trabajos arqueológicos. El enclave ha sido identificado como un enterramiento colectivo calcolítico, utilizado entre el 2.850 y el 2.000 antes de Cristo, y se ha convertido en una de las ventanas más valiosas para comprender a las comunidades que habitaron el valle medio del Ebro hace casi cinco milenios.
La investigadora Marina Bretos, integrante del grupo de referencia P3A —Primeros Pobladores y Patrimonio Arqueológico del Valle del Ebro— de la Universidad de Zaragoza, ha explicado que el yacimiento corresponde exclusivamente a un espacio funerario. No se ha tratado de una acumulación puntual por violencia o catástrofe, sino de un enterramiento colectivo y acumulativo, utilizado durante varios siglos. A lo largo de generaciones, la comunidad ha ido depositando allí a sus muertos, conformando un osario con restos desplazados y mezclados.
El estudio antropológico ha permitido identificar un número mínimo de unas cincuenta personas, a partir sobre todo de los cráneos, que han sido los huesos mejor conservados. El análisis ha aportado datos sobre edad, sexo, estatura y patologías. Se ha documentado un perfil demográfico coherente con un cementerio comunitario, con presencia de individuos infantiles, adultos y de mediana edad, aunque sin apenas personas muy ancianas, lo que apunta a una esperanza de vida sensiblemente menor que la actual.
Los huesos han ofrecido también información sobre la salud y las condiciones de vida. Se han detectado infecciones graves, como el caso de una mujer de unos cuarenta años con una patología bucal muy avanzada, así como signos de estrés nutricional en la infancia, visibles en marcas óseas que indican periodos de escasez alimentaria. Además, han aparecido traumatismos, como la fractura de un peroné, que amplían el conocimiento sobre los riesgos y accidentes que afrontaba esta población.
En cuanto a la dieta, la movilidad y los vínculos familiares, los investigadores han señalado que los próximos análisis genéticos e isotópicos serán clave. Estos estudios permitirán reconstruir relaciones de parentesco, conocer el origen biológico de los individuos y determinar qué comían o si algunas personas procedían de otros territorios. Aunque la antropología física ya ha sugerido posibles rasgos heredados, será el ADN el que aporte respuestas definitivas.
El carácter colectivo del enterramiento ha ofrecido pistas sobre las creencias del Calcolítico. La ausencia de individualización y jerarquías marcadas ha reflejado una concepción comunitaria de la muerte, muy distinta a la actual. Para facilitar el trabajo diario, algunos individuos han recibido apodos informales, como la conocida “Mujer de Rojo”, llamada así por unas manchas que inicialmente se interpretaron como restos rituales de ocre.
Aunque no se ha definido como el yacimiento más importante del valle medio del Ebro, los investigadores han subrayado su carácter excepcional. La concentración de restos humanos ha permitido escuchar, en palabras de Bretos, a unos muertos que todavía tienen mucho que contar.