Luis Rabanaque: "Vibré en el pabellón, pero en cuanto llegué a casa volví a ver el partido que dejé grabado"
El actor zaragozano, perdón, de Torrero, sigue el baloncesto femenino y sueña con la Final Six en la que participará el equipo anfitrión

Zaragoza
Luis Rabanaque ha vivido la noche de ayer en el Príncipe Felipe con esa mezcla de nervios, orgullo y felicidad que solo entiende quien siente unos colores como parte de su biografía. Actor, torrerano y zaragocista militante —de los que llevan el escudo cosido a la memoria familiar—, ha celebrado el triunfo del Basket Zaragoza femenino, que le da acceso a la Final Six que se disputará en abril en Zaragoza, "como si fuera una obra largamente ensayada que, por fin, ha salido redonda ante un teatro lleno".
Llegó ayer al pabellón con la emoción contenida, consciente de que estaba ante una de esas citas que quedan grabadas. Más de 9.000 personas han llenado las gradas en un partido de pago, un récord que ha convertido la noche en algo más que un encuentro deportivo. Luis animó, sufrió en los momentos de tensión y acabó abrazado a los suyos, incrédulo y feliz. Al regresar a casa, todavía con la adrenalina corriendo por las venas, ha hecho lo que siempre hace en las grandes ocasiones: ha vuelto a ver el partido entero. Como un actor que repasa el estreno, ha querido revivir cada jugada, cada defensa, cada triple que ha hecho temblar el pabellón.
Ha dormido poco. No por preocupación, sino por esa euforia serena que dejan las noches especiales. Ha confesado que la sensación ha sido muy parecida a la de un estreno teatral: satisfacción plena y la cabeza repasando escenas hasta el amanecer. Y es que para él no ha sido solo una victoria; ha sido la confirmación de que el proyecto ha echado raíces profundas en la ciudad.
Su afición no ha nacido ayer. Viene de lejos, de cuando era un crío y recorría pabellones para ver al Helios en la antigua cancha de la Caja. Ha crecido respirando deporte en Torrero, el barrio donde empezó a latir el fútbol zaragozano. No será casualidad que su padre trabajara años después en las obras de La Romareda. Ese vínculo con el balón, primero el de cuero y después el naranja, ha marcado su vida. Ha seguido al equipo masculino durante años, pero el femenino le ha atrapado de una forma especial desde que el club apostó con firmeza por devolver la élite a Zaragoza.
Ha sido de los que han confiado antes de que llegaran las multitudes. Ha sacado abonos y entradas para las grandes citas incluso cuando el horizonte era incierto, convencido de que la mejor manera de apoyar era estar. Ha viajado a Praga con su hija, después de que ella hubiera estado en Estambul animando a las jugadoras. La pasión se ha convertido así en una saga familiar, en un ritual compartido que ha tejido recuerdos imborrables.
Luis se ha aprendido las trayectorias de cada jugadora, ha seguido rumores de fichajes y ha defendido el proyecto en cada conversación. Pero, sobre todo, ha disfrutado. Ayer, en el Príncipe Felipe, sintió que todo ese recorrido tenía sentido: la grada entregada, el equipo compitiendo entre los mejores de Europa y una ciudad que ha respondido. Para él, más allá de títulos y estadísticas, la victoria ha sido comprobar que el sueño ya se estaba viviendo.
A partir de ahora, "el resultado da igual, solo hay que disfrutar de lo que venga."




