Cartas al Director: Navidad en Etiopía


Teresa López Aznárez
Mekanissa, Etiopia
A veces en Navidad, cuando caminas por la calle, las luces no te dejan ver las estrellas. La ciudad parece inundada de un resplandor anaranjado que no deja resquicios a la noche. La Navidad, en Europa, es luz de bombillas que se encienden alternativamente. Aquí en Etiopía, la Navidad también es luz, pero luz solidaria. Hasta aquí no llegan bombillas, no llega la esperanza. Esperanza porque hay gente que piensa en los pobres, en los que huelen la tristeza, en los que se rascan las costras de la ignorancia. Esperanza también, porque Dios elige esta noche a un niño para hacerse presente entre nosotros. Una sonrisa de niño, y unas manos de niño que vienen a cambiar el mundo. La Navidad se concentra en ese niño que duerme sobre pajas, como duermen tantos niños de Mekanissa.
Nuestra Navidad, este año también es una niña, Yeshi, que vuelve al centro después de pasar dos meses en un orfanato-hospital de las Hermanas de la Madre Teresa. Yeshi lleva con nosotros casi un año. Cuando llegó, había perdido la risa. Tal vez se le olvidó al lado de su madre muerta, o tal vez se le agotó cuando se dio cuenta de que nadie la quería, de que tenía siete años, de que estaba sola, de que su vida no le importaba a nadie.
Yeshi vive con su tía, que se gana la vida mendigando y tiene tres hijos más que atender y que en lo último que piensa es en esa sobrina caída de no se sabe dónde. Cuando la llevé al centro de las Hermanas de la Madre Teresa, me dijeron que tenía un pulmón totalmente inutilizado por tuberculosis. La malnutrición y una insuficiencia cardiaca completaba el cuadro.
Yeshi ha pasado dos meses durmiendo en una cama para ella sola y comiendo cinco veces al día. Y sin embargo, siempre dice que quiere volver. Cuando vuelva tendrá el colchón de paja que le hemos comprado porque en su casa no cabe otra cama. Volverá a vivir en una pequeña chabola de barro y lámina en el techo. Volverá a tener que lavarse la ropa a mano todos los sábados. Dice que no le importa. Que ella no necesita un orfanato, porque ya tiene familia. Que somos nosotros.
Hoy le han puesto la última inyección. Una doctora que trabaja allí me ha contado que inmediatamente después ha metido su poca ropa en una bolsa de plástico para estar preparada, cuando la vayan a buscar. Además de la bolsa de plástico, se traerá un buen cargamento de medicinas que deberemos darle durante los próximos seis meses. Dicen que sus pulmones nunca se recuperarán del todo. Tal vez su sonrisa tampoco. Pero lo intentaremos.
Si a Belén la luz llegó de la mano de un niño hace dos mil años, a nosotros la luz este año nos la trae Yeshi, que después de mucho toser ha vuelto a sonreír . Que quiere luchar, ahora sí con todas las fuerzas, para que la desesperación no la alcance de nuevo. Que quiere vivir en un mundo con más luz, pero no de bombillas, sino de esperanza. En un mundo con luz de Navidad




