Fútbol

El Sporting tira de épica para rescatar un punto memorable

Por tercera vez esta temporada, los rojiblancos sacan petróleo del tiempo añadido y consiguen un empate impensable contra el Zaragoza (2-2) gracias a una acción de pillería y reflejos de Insua

Jugadores y técnicos del Sporting se lanzan sobre Pablo Insua en la celebración del gol del empate contra el Zaragoza. / LaLiga

Gijón

No puede ser casualidad: tres goles en el tiempo de descuento para cambiar radicalmente otros tantos marcadores. Pasó ante el Burgos, volvió a ocurrir ante el Tenerife y sucedió este sábado contra el Zaragoza. Esta vez para empatar, pero no siempre hay que ganar un partido para montarse una fiesta y este empate (heroico, inimaginable unos minutos antes) se festejó en El Molinón si cabe con más furia y entusiasmo que los anteriores. En la grada y en el campo, con jugadores y técnicos (incluso algún recogepelotas) formando una piña como si se hubiera ganado una final. No fue el caso, pero sí el reflejo del espíritu incansable de un equipo que incluso en tardes menos afortunadas en lo futbolístico, nunca ceja en el empeño. Fue clave el fallo del portero Poussin, pero Insua tenía que estar ahí para aprovecharlo y dinamitar el guion previsto, los ánimos de unos y otros, la clasificación y crónicas como esta. Bienvenido sea

En lo que va de temporada, el Sporting ha ganado partidos en El Molinón de todos los colores y tipologías. Hubo victorias holgadas, claro que sí. Pero a este equipo se le da bien la épica, aguantar hasta el último minuto. Y eso no parece casualidad, parece más bien fruto de esa insistencia de un Sporting que, más o menos fino con el balón, en voluntad nunca cede.

Todo cambia en el último minuto, con el gol de Insua, atentísimo para robarle la cartera a un despistado Poussin, que no le vio a su espalda cuando se dispuso a sacar de puerta. Pero el partido había empezado a alterarse justo diez minutos antes, cuando otro fallo en la salida del Zaragoza derivó en el primer gol rojiblanco: Cote, un puñal sin piedad desde que había entrado en la banda izquierda, sacó un centro que Gaspar tocó de espaldas y que Campuzano empujó para poner la primera piedra del milagro.

Hubo reacción porque primero hubo un partido que estuvo por debajo del nivel mostrado en los anteriores en casa. Quizás el castigo de perder 0-2 era demasiado severo, pero tampoco se podía decir que fuera injusto. Porque pretendiendo ser el de siempre, el equipo gijonés fue diferente. No en el inicio del que partido, en el que apostó por el estilo recurrente en casa (y últimamente también fuera): vertical, con continuo desborde de Hassan, con un mediocampo que miraba siempre hacia adelante. Pero esta vez no salió también. El equipo confundió la intensidad con el desorden, la alegría con el caos. Y en ese inicio explosivo, antes de que el centro del campo (especialmente Roque Mesa) empezara a perder fuelle, le volvió a faltar puntería al Sporting, con otro mano a mano de Djuka, que lo había hecho todo bien tras recibir un gran pase del canario (el desmarque, el control con el pecho) pero que volvió a estrellarse contra un muro, esta vez de apellido Poussin.

Ese inicio fulgurante del Sporting se fue diluyendo con el paso de los minutos. Y en un momento clave llegó el mazazo: justo antes del descanso, una pérdida de Roque Mesa, un desajuste total de la defensa y un compañero de apellido del jugador rojiblanco (Maikel) que marcaba un gol que ponía la tarde cuesta arriba.

Tuvo el Sporting una doble ocasión clarísima para empatar, pero no parecía el día: un larguero de Hassan y, en el rechace, un disparo de Nacho Méndez que sacó Jair sobre la línea del área pequeña. A renglón seguido caía el segundo gol aragonés, con un centro de Fran Gámez que Iván Azón empujaba al anticiparse a Enol Coto.

Y cuando la tarde parecía vista para sentencia, el Sporting volvió a hacer buena la letra del himno: la fe, aquí, no decae. Y este año, menos aún. Primero con el gol de Campuzano, surgido del alma no tan secreta que empleó Ramírez para cambiar el guion del partido: el puñal de Cote por la izquierda. La asistencia era una bicoca, que inteligentemente Gaspar mejoró cediendo de espaldas al delantero catalán.

Y diez minutos después, ya en el 97, con la acción que lo revolucionó todo: el fallo del portero del Zaragoza, la picardía y el temple de Insua, el robo de cartera, la definición perfecta y la locura en El Molinón. La fiesta se asemejaba a haber ganado un título. Uno honorífico sí se lo está ganando el Sporting: el de equipo más persistente. Su fe sigue moviendo montañas y empujando al equipo hacia arriba.

David González

David González

Vinculado a SER Gijón desde 1998. Director de SER Deportivos Gijón y voz de los partidos del Sporting...

 
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